28 septiembre 2020

La semilla libertaria en el vientre

En el imperioso atardecer brillaban los últimos
rayos solares del 27 de julio de 1936. Los guardias de azul armados con
pistolas  y máuser bajaron la ladera
hacia el barranco de La Milagrosa. Junto a la solitaria y vieja casita de
tejado estaba Matilde Amador, sabía que venían a buscar a su hijo Demetrio
Acosta, el muchacho había escapado la noche anterior subiendo hacia la cumbre
de la isla redonda a pie, la única esperanza para evitar su inmediato asesinato
a manos de las “brigadas del amanecer” integradas por falangistas y miembros de
Acción Ciudadana. La mujer era consciente de lo que iba a suceder, le dio su
alimento a las cabras y gallinas más temprano que nunca, dejando abierta la
puerta del corral soltó a “Capitán”, el perro de presa canario del chiquillo.

Estaba preparada para el dolor ilimitado de la tortura, la muerte inminente. El grupo de fascistas llegó al pie de la casa, el
perro comenzó a ladrarles y varios falangistas cargaron las armas, la mujer se
puso delante, tranquilizó al pobre animal poco acostumbrado a ver tanta gente
en el solitario pago.

–¿Dónde coño está tu hijo vieja puta? -dijo Juan del Castillo, uno de los jefecillos de Falange-

La mujer se quedó en silencio, solo los miraba, sus
ojos enrojecidos de dolor parecían pedir silencio, que se fueran de una vez,
que la dejaran en la tranquilidad de su pequeño mundo. Era consciente de que
Demetrio no había hecho nada, solo que participó meses antes del golpe de
estado como miembro de la CNT en varias huelgas de la aparcería en Los Giles y Castillo
del Romeral, era consciente de que el muchacho de tan solo 19 años no había
cometido ningún delito, que aquella gente venía a matarlo, que iban a
torturarla para que dijera en qué lugar podría estar escondido lo que tanto
amaba, el hijo que tuvo con Tomás Acosta con el que solo estuvo casada cuatro
meses, hasta que llegó la noticia de que se había hundido un barco pesquero
entre Fuerteventura y la costa del Sahara. 
Se quedó viuda casi sin disfrutar del
amor de su vida, pero dentro quedó aquella semilla pequeñita y rebelde, la que
heredó las ideas libertarias del pescador rojinegro.

El cabecilla requeté Barber le pidió explicaciones
de nuevo ante su silencio, Matilde no dijo nada, fue golpeada salvajemente
cuando el jefe Samsó dio la orden, la tiraron sobre el techo del alpendre después
de dispararle al perro en la cabeza, las cabras corrían despavoridas, los
hombres no dejaban de pegarle patadas y culatazos.

-¿Dónde está el chiquillo puta vieja? –gritaba el
capitán Soria de Telde, que se había sumado a última hora a la brigada.

Matilde ya no respondía, yacía junto al perro
ensangrentado en el suelo embarrado, los ojos abiertos parecían seguir mirando
a la banda de asesinos vestidos de azul, mientras a la misma hora, en el
preciso instante en que su madre expiró, Demetrio se refugiaba en una cueva junto
al abismo de los acantilados de Tamadaba, hacía mucho frio, no podía dejar de
pensar en ella, en que quizá hubiera sido mejor entregarse para que la dejaran
en paz, pero sabía que cuando lo detuvieran los hubieran matado a los dos, que
no había salida de aquel laberinto insular, solo escapar o tomar las armas, pero
las armas solo tenían un dueño, los mismos amos de las ocho islas, los que
siempre habían estado explotando, saqueando, matando de hambre, violando en sus
arcaicos derechos de pernada a las mujeres más lindas de su pueblo.

Los fascistas quemaron la humilde casa con Matilde
dentro, se llevaron varias cabras, “para un asadero esta noche”, decía entre
risas y tragos de ron de caña el falangista Jiménez, el fuego parecía
tranquilizar el ambiente, la lluvia no dejaba de caer y la niebla comenzó a
ocupar aquellos trocitos perdidos de tiempo.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Mujeres lavando ropa saludando puño en alto en España 1935
Síguenos y comparte:
error11
Tweet 20
fb-share-icon20