27 septiembre 2020

La sonrisa petrificada

Carlos
Delgado se despertó en la celda de la prisión de Barranco Seco, todavía no había
salido el sol, era imposible saber la hora, quizá las cuatro, las cinco, decenas
de siglos antes de amanecer, varios compañeros de encierro estaban amontonados
sobre sus piernas que tenía paralizadas, dormidas porque la sangre no fluía, la
circulación interrumpida por la masiva presencia, la masificación en un espacio
para cuatro donde había treinta presos, en su mayoría comunes, los políticos
eran pocos, en transición para las cárceles de la península, el Penal de El
Puerto de Santa María, La Modelo en Barcelona, Ventas en Madrid, cualquier
destino alejado de la isla de Gran Canaria, de los años de lucha clandestina
veinte años después del genocidio fascista.

Miraba
al techo, pensaba en Magüisa, la pobre no se sabía que había sido de ella desde
la noche en que los detuvieron en el chalé abandonado de Tafira Alta, los
golpes de la Policía Armada, los porrazos en su cabeza, la imagen de la
muchacha arrastrada y semi desnuda metiéndola a patadas y puñetazos en el jeep
de los grises.

Le
vino a la mente las noches de amor en la cueva del fin del mundo en Tamadaba,
cuando se iban de acampada y se encontraban con los camaradas de la célula,
fingían un asadero ante la tenue hoguera, asaban chorizos argentinos, bebían
ron Guajiro y hablaban de las próximas acciones, de la importancia de lanzar
los panfletos en el momento justo que la UD Las Palmas marcará un gol ante el Real
Zaragoza, la estrategia de colocarse varios en la “grada curva”, otro grupo
reducido en “la naciente”, dos en preferencia cerca del palco donde estaba el
criminal fascista Eufemiano Fuentes, el presidente del Cabildo Matías Vega
Guerra, el jefe falangista de acción social Francisco Rubio Guerra, la siniestra
familia Rosales de Arucas, el conde de la Vega Grande, junto a otros miembros
de la oligarquía que presenciaban cada partido en un Estadio Insular abarrotado
de público.

Los
besos de Magüisa le rozaban los labios si cerraba los ojos entre los ronquidos
de los presos, la primera vez, su primera vez, cuando el frío de la Cueva del
Zapatero, mas allá de la Fuente del Reventón, los hizo pegarse para calentarse
con el calor de sus cuerpos, como ella temblaba, como su corazón parecía salírsele
del pecho, la piel, los pechos de la muchacha en su estómago, besos
apasionados, lenguas reconocidas, saliva, el olor de la magia, mientras se
escuchaban los truenos en las montañas de La Aldea de San Nicolás, la sensación
mágica de dos cuerpos enredados, fundidos en la seguridad de un lecho de
pinocha, alejados de la represión, de las detenciones, de las torturas, de la
persecución, del miedo a ser desaparecidos como ya habían hecho con cinco mil
compañeros y camaradas desde el golpe de estado fascista del 36.

Amaneció
y los carceleros golpearon las puertas, había que levantarse y formar en el
pasillo para el recuento, Carlos tenía una leve sonrisa inidentificable, clandestina,
insurgente, que solo podía compartir con su interior, sabía que esa mañana se
lo llevarían, que el barco tardaría días en llegar a la costa peninsular para
ingresar en la cárcel condenado a cadena perpetua, siguió sonriendo, nadie lo
veía, nadie lo sabía era su más íntimo secreto.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Presos del franquismo en el Penal del Puerto de Santa María
Síguenos y comparte:
error11
Tweet 20
fb-share-icon20