27 septiembre 2020

La tierna fragancia de la insurgencia

A Chano


La
policía armada corría despavorida por el laberinto de calles de La Isleta, la
gente desde las azoteas les tiraba lavadoras viejas a los “putos grises”,
neveras inservibles y has bidones de amianto o aceite y agua hirviendo. Los
esbirros uniformados le lanzaban piedras sacaban sacadas del asfalto a pico y
pala, si alguien estaba a punto de ser detenido se abría una puerta:

-Pasa
mi niño, aquí estarás a salvo de esta manada de cabrones asesinos.

También
las mujeres daban paños mojados en agua y manzanilla para quitar la ceguera
de los gases lacrimógenos.

Por
varias semanas el barrio de Las Palmas, el que siempre huele a mar, estuvo
liberado, tenía su propio “gobierno” en cada barricada, en el fuego reparador,
en los voladores “esrabonados” que eran lanzados contra estos “hijos de puta”
al servicio del gobierno colonial español. Fuegos artificiales que salían de
los peculiares cañones de tuberías de hierro contra los criminales fascistas, los
perros de presa del genocida Ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa.

En
cada esquina de la humilde población se respiraba revolución, insurgencia, ese
aroma a fuego y perfume de mujeres libertarias, sudor heroico y sangre obrera
en cada esquina.

Si andabas las piedras formaban parte del suelo, casi no quedaba asfalto y las aceras
estaban destrozadas, los antidisturbios no se atrevían a entrar, el barrio era
un hervidero de asambleas, reuniones en las calles y plazas, pintadas,
consignas, brisa insurgente.

El
gobierno del falangista Suárez, comenzó a fletar aviones de policías sicarios, expertos en todo tipo
de movilizaciones en cada rincón de España, poco a poco fueron recuperando lo
perdido y se fueron internando en cada rincón de aquel pequeño reducto revolucionario,
detenciones masivas, torturas, maltrato, hasta lograr esa “normalidad” que
siempre buscan los estados terroristas.

Luego
llegaron los acuerdos sindicales, las negociaciones a espalda de los
trabajadores, cediendo de parte y parte, jubilaciones a los 55 años cobrando el
ciento por ciento, para a los pocos años ir bajando progresivamente, hasta quedar
con un sueldo de supervivencia.

Ese
pequeño foco de esperanza, de estallido, tan necesario demostró que aún era
posible recuperar todos los derechos robados, el primen gran estallido después
de una dictadura sanguinaria que asesinó a más de 5.000 canarios a partir del golpe de estado del 36.

Todavía
si recorres las calles de La Isleta se percibe esa energía de lucha, aunque actualmente en las
elecciones siga ganando la mafia, esa sensación rebelde que impregna otras
ciudades del mundo como Santiago de Chile, Buenos Aires o La Habana. La calidez
de lo posible, dentro de esta inmensa prisión neoliberal que llaman sociedad
humana.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Foto huelga flota congeladora de ANACEF. 1988. La Isleta

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