29 septiembre 2020

La tumba del viento

La dulce
fragancia de las flores en el barranco de Chanica entraba por las grietas del
techo de cañas y barro de la “Casa de los lagartos”, en ese instante Luis Ramos
y Margarita Ramírez se asomaban por la pequeña ventanita y veían el universo de
colores entre el bosque de acebuches, las formas del viento en la abundante
vegetación y los rayos de sol violando la profundidad de la selva termófila.

Al caer la
tarde el canto de los pájaros inundaba aquella paz alterada, las aves buscaban
hueco entre las ramas para pasar la noche, entonaban una especie de
sincronizado himno al descanso, a la seguridad, a la paz del espacio sagrado.

A esas
horas de oscuridad salían de la vivienda bajo el estanque de barro, antes Luis,
subía a una pequeña loma por si se veían luces subiendo desde San Lorenzo o
bajando desde San José del Álamo, luego regresaba a buscar a Margarita y le decía
que saliera “que no había peligro”.

Juntos
recorrían siempre el mismo sendero hasta la subida de La Milagrosa, un
ejercicio necesario después de tantas horas encerrados en un recinto tan
reducido, donde apenas podían moverse, abrazados, apretados uno contra el otro
en las frías noches de invierno, asados de calor en los tres veranos
consecutivos desde julio del 36.

Luego
reposaban unos minutos en la misma piedra gigante desde donde se divisaba el
antiguo valle de Atamanrraset, luces pequeñitas de hogares donde seguramente en
ese momento había familias que tenían la suerte de no ser perseguidos por sus
ideas, se las imaginaban cocinando algún potaje de berros o jaramagos, los
chiquillos jugando en el patio, una radio encendida escuchando alguna música
que venía de más allá del mar, las noticias de la dictadura fascista, la voz
del criminal que había ordenado asesinar a miles de canarios en pocos meses, el
general Franco hablando de la inminente victoria de la “Santa Cruzada”.

Casi al
amanecer se repetía el mismo ritual, comían algo de pan duro que le traía Justo
“El caminero”, amasaban gofio del manantial de “Aceite y vinagre”, comían
despacio mirando el agua del estanque, el revoloteo de las garzas reales que
comenzaban a despertar, el canto de la fochas llamando a sus crías, entraban al
diminuto habitáculo, calzaban la puerta por dentro con los troncos de eucalipto,
colocaban la hierba seca en la ventana y se metían en la zanja con el colchón
de paja, tapando la parte superior con la vieja puerta de tea.

En la
oscuridad, les venía el sueño, a veces hacían el amor, otras veces venía la pesadilla, los pasos de las botas
militares, el aullido de los perros de azul en busca de sangre, siempre era lo
mismo, no tenían reloj y calculaban el tiempo por los latidos de sus corazones,
por la temperatura de sus frágiles cuerpos unidos por el silencio de lo eterno.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Pintura Oskar Kokoschka, «La novia del viento».
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