28 noviembre 2020

La venas rotas de mi ciudad esperando al gallo del alba

«Mientras la ciudad aún a las cuatro esté encendida y haya un lugar que te distraiga por ahí, un humilde lugar, un pequeño lugar…»
 
Silvio Rodríguez – Canción de la columna juvenil del centenario
 
Una anciana en las
calles de mi ciudad con maletas y un trocito de papel que dice, “Tengo hambre”. A los
pocos metros tirado en el sucio suelo, un señor mayor, de unos 80 años, con un
perro de mirada triste, junto a un cartel de las fiestas de San Juan, sucio,
temblando de frio, rodeado de bolsas con todas sus pertenencias, como si aquel
rincón de una capital embravecida de consumo, especulación y políticos ladrones
fuera su hogar. Una residencia en la tierra miserable, desahuciada, al borde del
solsticio de un abismo inminente, cruel y provocado por los que ostentan el
poder corrupto, los mismos delincuentes que nos quieren hacer creer que vivimos
en una democracia, que no es más que un nido de mafiosos entre el glamur, la
encrucijada de un municipio devastado, al que promocionan como ciudad Europea
de la ultra periferia.
 
Esa lúgubre urbe
isleña, colonial, parte de un estado que debería garantizar el bienestar y la
libertad de la ciudadanía, pero que sin embargo expropia, expulsa de sus casas
a familias enteras, condena al desempleo a más de 6 millones de personas,
obliga a los jóvenes a partir de su tierra, a exiliarse en el camino de la
explotación a manos de los mercaderes de la Europa de la troika y el Facio.
 
La perspectiva
insular de un régimen del sobre que conduce al suicidio por razones económicas
a miles de almas desgarradas, seres inocentes sin esperanza que cada día se
cuelgan de una pérfida soga, se tiran de un puente siniestro o se cortan las
venas mirando al infinito, como si eligieran la salida menos dolorosa a una
situación social insostenible, mientras ven como sus hijos pasan hambre y
desconsuelo, machacados por un estado de las cosas insufrible de pobreza,
hambre y miseria.
 
Otros camorristas
de la Cosa Nostra de guante blanco, destruyen una sanidad que cada día, por ley,
regalan a su propia mafia familiar, arrasando por una educación pública cercenada,
destruida, para que cuatro curas pederastas se adueñen del futuro y la mente limpia
de millones de niños y niñas de corazón puro.
 
Los diarios y las
nauseabundas televisiones hablan de un Fiscal General del Estado que brama, que
exige indignado a un juez que excarcele de forma inmediata a un banquero, un
tipejo que se apropio de millones de euros, que robó los ahorros de cientos de
miles de ciudadanos, que negocio con la gusanera mafiosa de Miami a precio de
oro, que compró, que malgastó el dinero de todos para enriquecerse.
 
Un delincuente
financiero más de los muchos que ya forman parte de nuestra asquerosa
cotidianeidad, muy amigo de un ex presidente con las manos manchadas de sangre,
fiel defensor de las invasiones y genocidios del imperio, respaldado por el
partido del gobierno y otros esquineros de los prostíbulos del poder. Un
personaje de bigote hitleriano que movió los hilos, el cielo y la tierra, para
sacar del trullo a su colega de andanzas y latrocinios.
 
Dejo de pensar por
un instante mientras recorro las calles desoladas, me veo reflejado en las
miradas de buenas personas desesperadas que pasan a mi lado, sin trabajo, sin
futuro, sin nada. Que esperan sin saber lo que vendrá, que contemplan atónitos
a donde nos lleva la casta ladrona que ostenta el poder, que nos arrastra al
sendero de la inminente esclavitud, a unas cadenas que ya nos están colocando
en nuestros cuellos, como hicieron los negreros del violento pasado, solo que
ahora van disfrazados de buenas intenciones, recortes, reformas y destrucción
de los derechos que tantos años nos costaron conquistar.
 
La ciudad resiste a
pesar de todo la insolencia de los mafiosos del coche oficial, los abusos de
poder, los robos y las prebendas.
 
Por instantes
parece que sigue siendo patrimonio del pueblo y de las esquinas a veces estalla,
aparece sin más, en la soledad de la tarde, una brizna de esperanza.
 
Seguiremos sin
entregar nuestros corazones.
 

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