2 diciembre 2020

La visita a ninguna parte

El
coche iba a llegando a las afueras de Camas en Sevilla, Sergi, Silvia
y sus niñas Laia y Esther, decidieron parar en una gasolinera para
comer algo y descansar, en el aparcamiento dos hombres les increparon
por llevar matricula de Barcelona:

-Putos
polacos de mierda, váyanse pa su tierra pishas hijos de puta- dijo
el más gordo con una gorra de la selección española.

Las chiquillas atemorizadas se abrazaron a las piernas de su madre y Sergi solo los miró
un segundo, no dijo nada, incluso les quitó la vista diciendo a su
mujer que “subieran al coche” que “se iban”, que “no
querían problemas”, en ese momento el otro hombre se le acercó y
lo zarandeó empujándolo contra un camión cargado de cerdos vivos.

Le
hizo una brecha profunda en la frente, mientras el otro tipo comenzó a darle
puñetazos y cabezazos sin que el muchacho pudiera defenderse al
estar conmocionado por el fuerte golpe en la cabeza, Silvia gritaba
pidiendo ayuda, desde el bar con un letrero de Pepsi Cola se asomaron
varios paisanos con botellas de cerveza en la mano, se limitaron a
mirar, alguna sonrisa y comentarios jocosos sobre Silvia que les
pedía ayuda:

-Tiene
buenas tetas la puta polaca- gritó entre risas uno de los hombres
con una cicatriz en la parte inferior del ojo derecho.

Sergi
estaba en el suelo recibiendo patadas en todo su cuerpo, sobre todo
en la barriga, la cara y la entrepierna, pidiendo que “por favor lo
dejaran, que no les había hecho nada”:

-¡Arriba
España cabrón separatista! -¡Mátalo ya hostias!- dijo el obeso
conductor sudoroso del camión de cerdos, asomado a una ventana de la
pequeña terraza del bar de carretera con un cubata en la mano.

Silvia
le tapaba los ojos a las niñas, no paraba de gritar que “lo
dejaran por favor”, que “dejaran de pegarle”, pero los hombres
seguían dándole golpes y ya el chico nacido en Terrassa estaba sin
conocimiento, en posición fetal, como tratando de evitar más
golpes, más patadas, más puñetazos en cada centímetro de su
cuerpo.

Varios
de los clientes del restaurante se acercaron e hicieron un corro
alrededor del cuerpo de Sergi:

-Está
muerto cabrones, lo habéis matao cojone- dijo el operario de la
gasolinera.

Varios
de los hombres rodearon a Silvia, le quitaron a las niñas, la
muchacha chillaba, uno la agarró por los brazos, mientras otro le
hacía tocamientos en el pecho y las nalgas, otro le rompió el
vestido dejándola en sujetador, a las niñas las encerraron en la
parte trasera del coche.

-¿Nos
la follamos y luego desaparecemos los cuatro cuerpos?- comentó con sorna
uno vestido con ropajes militares que utilizaba para trabajar las
tierras y cazar.

Sergi
comenzó a moverse y arrastrarse hacia el coche dejando un reguero de
sangre, Silvia se soltó medio desnuda y trató de ayudarle a
levantarse, todos los hombres se quedaron parados, ninguno hizo nada,
solo el de la gasolinera dijo que “los dejaran marcharse”.

Un jeep de la Guardia Civil salió de la trasera del bar, venía de una
carretera de tierra entre olivos, pararon y se unieron a la turba y
su espantosa juerga:

-Son
polacos, son polacos- dijo un señor mayor con un mono manchado de
grasa con aspecto de mecánico.

Los
policías no hicieron nada, observaron como Silvia ayudaba a subir en
el asiento delantero a Sergi, poniéndose al volante, dándole al
contacto, intentando poner en marcha el pequeño Autobianchi, tras
varios intentos sonó el motor, los hombres irrumpieron en carcajadas
junto a los guardias:

-Corre
puta, vete pa Polonia, que aquí semos hombres de verdad y te podemos
dar por culo guarra- exclamó un joven con bigote, muy alto, con una
camiseta de la olimpiada de Moscú 1980, celebradas un año antes de
aquel intento de visita a la familia de Silvia en Albaida de
Aljarafe.

Jamás
llegaron a su destino, regresaron a Peratallada tras una parada en un
pequeño centro médico de Castilblanco de los Arroyos, las niñas
no hablaron en todo el camino.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Pintura de Estefanía Hernández Guerra «Miedo, si, miedo»
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