29 septiembre 2020

Lágrimas de hielo

Despertarse en el campo de concentración y
exterminio de Gando era como renacer un nuevo día, no eran la seis de la mañana
cuando entraban en tromba los falangistas y los “Cabos de vara” gritando “¡diana!,
¡diana!, ¡arriba hijos de puta!.

Ernesto Pestano vivía cada día el milagro de seguir
vivo, cada madrugada venía la “Brigada” a llevarse hombres del campo para
desaparecerlos, incluso en su mismo barracón, los sacaban de las camas, les
ataban las manos a la espalda con hilo de pitera y los sacaban a la explanada,
para formados y entre golpes ir subiéndolo a los camiones cedidos por los terratenientes
agrícolas canarios e ingleses.

Una noche lo subieron levantarse, colocarse firme
entre las nauseabundas literas, pero cuando se lo iban a llevar desde el fondo
del pasillo se escuchó la voz atronadora del criminal tabaquero Eufemiano
Fuentes, que borracho gritó:

-Dejen a ese hijo de puta, vengan rápido carajo, que
traigo a las cuatro hijas de Ramón Trujillo, ya me las follé con el hijo del
Conde, ahora quiero que las joda la soldadesca mientras yo miro-

El muchacho afiliado a la Federación Obrera vio a
las cuatro niñas, la más pequeña de unos nueve años, la mayor de apenas quince,
observó como las arrastraban al bar de oficiales, entre las carcajadas de la
tropa fascista, los llantos y alaridos de terror de las chiquillas.

Los trabajos forzados bajo la atenta mirada de los sicarios,
los traidores con las varas y los falanges comenzaban a la salida del sol, para
continuar hasta la noche, a mediodía repartían un caldo casi líquido apestoso,
con escasos trozos de verdura y algún garbanzo en el fondo del caldero gigante
con moscas verdes flotando en su superficie, las colas de los hombres
desnutridos, temblando de frío aunque fuera verano, recibiendo los golpes de
los traidores en la cabeza, las piernas o la espalda, golpes secos que llegaban
en el momento menos esperado, golpes terribles que destrozaban el cuerpo y el
alma, gritos que atravesaban los tímpanos llegando al cerebro, hundiendo
cualquier posibilidad de rebelión, aún menos de evasión.

Llegaban rendidos a los barracones, apenas podían
hablar entre los compañeros, estaba vigilados permanente por los fascistas, la
mínima infracción era castigada con la muerte, fue testigo la madrugada del 29
de marzo del 37 de cómo se llevaban a cuatro de “Los cinco de San Lorenzo”, el
alcalde comunista, Juan Santana Vega, el secretario municipal, Antonio Ramírez
Graña, el jefe de la policía municipal, Manuel Hernández Toledo y el
sindicalista Francisco González Santana, el barracón enteró se levantó para
despedirlos, todos los abrazaban, todos lloraban en la despedida final,
Francisco pedía por sus tres hijos, “ayúdenlos por favor, que no se mueran de
hambre”.

Los sicarios fascistas cortaron ese acto de
fraternidad a golpes con las varas de acebuche y las pingas de buey, los
hombres corriendo a sus literas, los cuatro quedaron atado en la fría
explanada, llovía copiosamente y el viento helado traspasaba los debilitados
cuerpos dispuestos al fusilamiento a las cuatro de la tarde en el campo de tiro
de La Isleta.

Ernesto se acostó boca abajo no podía parar de
llorar, lágrimas frías, casi congeladas que parecían rajar sus mejillas, afuera
el sonido del motor del camión de “los Betancores” y los insultos de los
falangistas, algún culatazo en las cabezas de los reos, voces conocidas de la
sanguinaria oligarquía isleña, las risas de los Del Castillo, de los Rosales,
de Francisco Rubio que conocía a varios de los que iban a ser fusilados por las
huelgas en sus haciendas de Firgas. El olor de la venganza, del odio, de la
revancha, del genocidio, contra quienes habían defendido la legitimidad democrática
ante de ser acribillados a balazos.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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