30 septiembre 2020

Las brujas del pinar

El
velatorio de la vieja comenzó cuando lavaron el cadáver en su misma cama con la
palangana y el jabón de barro, olía al perfume que se ponía su madre cuando era
joven, los años en que lo agarraba y zarandeaba jugando en el viejo patio de
los bisabuelos, siempre bajo la sombra del inmenso drago allá en el barrio más
lejano de Tacoronte, con el Teide nevado de fondo y el olor de las uvas maduras
en la inmensas tierras de cultivo, bajo la cuesta que venía del pinar frondoso,
donde algunas noches se veían las brujas sentadas en el antiguo tagoror (1), dispuestas a volar hasta La Habana
en un minuto o desvanecerse en la niebla que subía del atlántico y del misterio.

Martín
dejaba pasar los años desde que se había quedado solo, todos habían muerto, la
casa antes refugio de encuentros familiares, el lagar de vino, los asaderos de
costillas, el dulce sabor de aquella tierra volcánica en cada vaso, en el
sonido de los timples y chácaras de los parientes gomeros hacía presagiar que
era imposible la infelicidad, que la tristeza no formaba parte de aquellas
vidas libres entre plataneras y zafras, con el aire frío de la gran montaña
sagrada, la sima del mundo para los antiguos canarios, el lugar donde los
antepasados subían al paraíso de los sueños.

Desde
la soledad el viejo ceramista no podía obviar los recuerdos terribles, cuando
todo se vino abajo, el cielo se derrumbó aquel verano del 36, en que hombres de
azul, de verde, de marrón, crueles y duros, implacables, criminales, inundaron
cada callejuela, los callejones donde vivían los humildes que luchaban por un
mundo mejor, contra las cadenas impuestas desde tiempos ancestrales, cuando los
primeros barcos se avistaron desde los riscos de Taganana, agazapados en la
selva veían llegar a los hombres de hierro, seres infernales que violaban,
secuestraban, quemaban los bosques y decían que conquistaban un nuevo territorio
para un lejano poder de espadas y cruces.

Nada
era comparable al genocidio indígena, pero si, en aquellos años 30 todo fue
igual, quizá peor, porque acabaron con las vidas de lo mejor del pueblo de la
isla verde, anarquistas, comunistas, socialistas, republicanos, gente de bien,
que solo pretendían construir un mundo mejor, asesinadas, arrojadas en agujeros
volcánicos, en lugares indefinidos del territorio insular, donde el terror no
se escuchaba o era silenciado por terratenientes y curas. El mar, aquella
gigantesca balsa azul que acogía a los hombres y mujeres atados de pies y
manos, tirados vivos a las profundidades dentro de sacos, un abismo repleto de
huesos carcomidos por el salitre, zapatos, alpargatas, camisas blancas y
vestidos negros, enlutados, enredados entre las algas y el viaje eterno,
silencioso, lento pero seguro de las ballenas.

Todo
fue tan rápido, pensaba Martín, casi no tuvo tiempo de disfrutar de aquellos bellos
años, del olor a mosto, al perfume de las muchachas con las faldas remangadas, los
pies en el arroyo, aquellos insinuantes muslos morenos antes de sentarse a
disfrutar del picante sancocho. No sabía que la muerte lo esperaba agazapada en
la otra esquina del verano, llegaba a dudar si estaba vivo o muerto, quizá
nunca había nacido, todo había sido un sueño terrible, una pesadilla de pupilas abiertas al filo del horizonte infinito.

(1) En bereber significa «recinto circular de piedra» o «lugar de reunión». Era el lugar cercano al poblado guanche donde se reunían los ancianos o dirigentes de la comunidad para tomar decisiones que afectaban a su pueblo. Estas reuniones podían tener carácter religioso o cultural.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Fascistas en la isla de La Gomera después del golpe de estado de 1936
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