27 septiembre 2020

Las cenizas del holocausto

Matías
Moreno, “El calandro”, por su piernas demasiado flacas, repartía el pan cada
mañana casa por casa en los barrios de San Juan, San Roque y San José, recorría
entre casas terreras y caminos angostos, laberintos infranqueables, muchos
kilómetros desde las cuatro de la madrugada, cuando lo recogía caliente de la
panadería de El Risco de San Nicolás, el moreno caminador, siempre con el
cigarro en los labios, fue testigo directo entre el 24 de julio de 1936 y el 25
de diciembre de 1944 de todo tipo de atrocidades y crímenes fascistas.

A
esas horas las conocidas como “Brigadas del amanecer” iban casa por casa
sacando hombres y mujeres para desaparecerlos, coches negros conducidos por
falangistas, camiones propiedad del Conde la Vega, Bonny, los Betancores, los
Melianes, los Ascanio, la tabaquera de Eufemiano y otros terratenientes
canarios, ingleses y peninsulares, colaboradores del golpe de estado junto a la
Iglesia Católica, junto a sectores mayoritarios del ejercito, la guardia civil
y de asalto, que protagonizaron el segundo genocidio mayor de la historia de
Canarias, después de la mal llamada “Conquista” sobre el pueblo indígena.

El
pobre Matías veía y callaba, no tenía ninguna vinculación política, ni sindical, lo paraban los falanges cuando bajaban las callejuelas con los
detenidos atados con las manos a la espalda, alguna mujer, que si era
joven y guapa era violada por la soldadesca o reservada para cualquiera de los
mandos o caciques, que tenían ya reservados sus espacios en lo centros de
detención, en las fincas más remotas de la oligarquía para los masivos abusos
sexuales.

El
repartidor de pan de apenas 22 años era analfabeto, desde muy niño heredó la
profesión de sus abuelos y padres, el reparto del condumio en las casas donde
se podía pagar, aunque también por su inmensa humanidad le daba a las familias
que no tenían nada, que sobrevivían en la miseria de unas islas donde el
caciquismo generaba las peores hambrunas con todo tipo de saqueos, la
explotación laboral, el trabajo en jornadas interminables de 15 a 20 horas
diarias por unas pocas pesetas, algunos céntimos, demasiado poco para poder
vivir dignamente, para alimentar a las familias repletas de chiquillos y
chiquillas con el estómago vacío.

Matías
era consciente que en los pocos años de la República todo estaba mejorando, se
notaba en el ambienta la ilusión, la esperanza de la gente en aquellos tiempos
de movilizaciones obreras, de banderas enarboladas en las calles y plazas, el
espacio liberado que hablaba el diputado comunista fusilado, Eduardo Suárez,
cuando daba los mítines en La Isleta a las mujeres tabaqueras.

Todo
aquello se fue a pique como un barco ametrallado, el repartidor de pan lo vio
todo, observaba atónito con el saco al hombro, como de repente aquel mundo de
colores se hundió en un mar de sangre y crímenes. Cada madrugada escuchaba los
gritos y alaridos de las esposas cuando se llevaban a los maridos, los llantos
de los bebés cuando sentían los golpes a sus padres, cuando los amarraban para
llevárselos para siempre a un destino desconocido: A los pozos, a las simas y
chimeneas volcánicas, a las fosas comunes, a las cunetas de las nuevas
carreteras en Las Alcaravaneras bajos los cimientos de los lujosos chales de la
nueva Ciudad Jardín, a las fincas privadas del Conde, de la Marquesa de la
ciudad norteña de la piedra de cantería, a tantos lugares del terror que sería
interminable señalarlos, donde enterraron y arrojaron vivos a más de cinco mil
canarios.

El
panadero se fue haciendo viejo, todo lo tenía en su mente, los ojos tristes de
los detenidos, las mujeres republicanas atadas, con el pecho al aire, con los
vestidos rotos bajando los barrios hacia los camiones rodeadas de aquellos
criminales sin escrúpulos, vestidos de azul y correajes, armados hasta los dientes,
los ojos enrojecidos de odio de los verdugos, los golpes salvajes con la pinga
de buey, con las afiladas varas de acebuche sobre aquellos cuerpos fragiles,
tanto dolor que era imposible retenerlo, asimilarlo, olvidarlos, por eso nunca
contó lo que vio, solo en nuestro largo encuentro en el hospital de La Garita ya
medio entubado, sufriendo el brutal cáncer de pulmón.

-Demasiado
“Mecánico Blanco”
(1) Tejera. –Me
decía tosiendo, lloroso, mientras la cinta de la grabadora se inundaba de
datos, nombres e indescifrables miserias humanas.

Aquella
tarde lluviosa de febrero de 1992 se fue para siempre, en la fría habitación de
hospital, junto a su hija Sarito Pino, al nietillo Demetrio Trujillo, testigos
mudos del drama mayor, el vigía de la muerte, el guardador de secretos
inconfesables a la vera de una ciudad dormida, cómplice del dolor y la masacre
jamás contada, jamás imaginada por quienes no conocen la verdadera maldad, las
cenizas del holocausto.

(1) Marca de tabaco canario.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Varios camiones a las puertas de la Audiencia de Sevilla cargan detenidos 
para trasladarlos a la Prisión Provincial o a lugares de fusilamiento
 tras el golpe de estado fascista de 1936.
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