25 octubre 2020

Las entrañas ancestrales del misterio

Mientras se arrastraba con la pierna ametrallada, Ambrosio Ruano, recordaba el momento preciso de la detención en la casa de
Dolores. El dolor no lo dejaba pensar y el torniquete en el muslo le hacía muy
difícil mover los dedos de los pies, no sabía dónde estaba, solo que cerca del
barranco de Tenoya, en medio de una vegetación frondosa, transición con laurisilva,
el piso de vegetación canario donde el agua y la humedad inundan las hojas y el
barro de la tierra colorada.

Logró desatarse y lanzarse del camión en marcha horas
antes, en aquella curva después del cruce de Cardones, los fascistas le dispararon
cuando se abalanzó barranco abajo en plena oscuridad, en ese instante notó como
las balas le atravesaban él fémur, un fuego que le quemaba toda la pierna desde
los dedos a las ingles.

Un grupo de falanges partieron tras el al instante,
disparaban a cada sombra que se movía, parecía una guerra pero perseguían a un hombre
solo y herido, el atronador ruido de los máusers que despertó a todo el pueblo tenoyero,
a los escasos vecinos que habitaban la barranquera por donde corría el agua de
la Fuente Agria de Teror.

Por un rato dejó de escuchar los disparos, parecía
haber despistado a los perseguidores, se recostó bajo los tiles, vio a un búho chico
mirándolo a pocos metros, la madrugada comenzaba a inundar aquel paraje
legendario, el canto de las lechuzas blancas, que parecían brujas volando en
silencio, impresionaba al joven Ruano, el olor a tierra mojada, a estiércol ancestral,
los restos de la antigua Selva Doramas, el luchador indígena, guerrillero de la
resistencia contra la brutal invasión castellana.

Le vinieron a la mente muchos momentos de su vida,
el cariño de su madre, la muerte de su padre de tuberculosis con seis añitos,
el primer día de colegio con Don Manuel, el buen maestro anarquista que le
mostró lo importante que era respetar la naturaleza, aprender del vuelo de los
cernícalos, el universo que había en los ojos de cualquier ser vivo. Todo se le
venía a la mente en medio del inmenso dolor de la pierna destrozada, la sangre
negra seguía saliendo mojando el barro ancestral.

Siguió rectando cuesta arriba hasta encontrar un
pequeño agujero, parecía una madriguera de conejos que su cuerpo flaco y
pequeño pudo atravesar, introduciéndose en una cueva que se agrandó al
traspasar el estrecho espacio, una oscuridad total pero notaba que estaba en un
lugar con los techos altos. Allí se quedó quieto, se apretó más la venda, puso
la pierna en alto para evitar desangrarse y se quedó dormido, seguían
escuchándose los disparos de aquellos enloquecidos criminales sedientos de
sangre.

Al amanecer un hilo de luz entró por la minúscula
rendija que despertó al pobre Ambrosio, alucinado vio que estaba en otro mundo,
pensó que estaba muerto, que había hecho un viaje en el tiempo. Al fondo de la
caverna había un camastro de piedra con pieles de cabra, en el suelo de arena
roja varios recipientes de barro intactos, algunos con cereales dentro casi
fosilizados, en la pared varios garrotes colocados ordenadamente por tamaños,
en un rincón varios restos humanos, huesos de cinco cuerpos, al observarlos
eran de una mujer con pelo largo y rubio en el cráneo, collares de caracoles en
su cuello, pulseras de huesos, restos de las vestimentas, tres niños de varias
edades y uno vestigios de alguien mucho más alto. El perseguido observó que
eran de un hombre, quizá una pareja con sus chiquillos escondidos de la
persecución de las tropas de los llamados “conquistadores”, que vinieron del
otro lado a esclavizar y asesinar a un pueblo libre, quedarse con sus tierras y
destruir una cultura originaria, la que habitaba las Islas Canarias hacía más
de tres mil años.

El muchacho evadido encontró el lugar ideal para
refugiarse mientras más de cien fascistas lo buscaban por toda la zona, desde
Tenoya hasta Arucas, Firgas, Moya, Teror, Bañaderos, sin encontrar rastro del
militante de la CNT, el libertario que estaba en todas las huelgas agrícolas,
odiado por terratenientes y poderosos.

Siguió andando apoyado en uno de los garrotes hacia
el interior de la gruta que cada vez se hacía de mayor tamaño, más restos
humanos, parecía un refugio de los últimos momentos de la guerra de
resistencia, gente que prefirió morir de hambre antes que entregarse a los
hombres de las armaduras, los caballos, las cruces y las espadas.

De repente miró hacia el techo que se abría en una
especie de cúpula por donde entraba luz de otros agujeros similares al de la
entrada, un lugar desconocido, jamás pisado desde hacía cientos de años,
encontró un manantial donde pudo lavarse las heridas, refrescarse, beber un
agua con un sabor y un frescor asombroso.

Se tumbó relajado en aquel remanso de paz y volvió a
dormirse, soñó con hombres y mujeres cubiertos de pieles alzados contra los
invasores, con un mundo imaginario donde todo se repartía, donde no existía la
propiedad privada y el mejor momento del día era acariciar a los hijos antes de
dormirse.

Entró en un sueño profundo, sintió el mismo placer
de cuando era casi un bebé de dos años, los momentos en que su mamá Luisa, embarazada
de su hermana Candelaria, le acariciaba el pelo en la cunita construida con
cajitas de tomates.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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