6 diciembre 2020

Las libertarias manos de Lucía en las manos de Juan

El concierto comenzaba, el Festival de
San Juan, que cada año, desde principios de los 80, se celebraba en la Plaza de
Santa Ana, esta vez con Carlos Cano como actuación estelar, allí se encontraron
por casualidad junto a la vendedora de turrones. 
En un principio Juan Herrera no
se lo creía, parecía una visión, pero era ella, aquella mujer que tanto amó, mucho
más vieja, con un vestido negro, pero manteniendo esa belleza que se lleva en
algo que va más allá de la piel.

Se miraron cuando sonaba “María la portuguesa”, la
voz de la Andalucía más obrera amenizaba un encuentro mágico, algo que no
pensaban jamás que podría suceder, pero allí se vieron cerquita de la casa del
obispo, donde el remanso dejaba colar las oraciones de un pueblo destruido por
el terror.

Lucía Rivero lo miró leve, casi esbozó apenas una
sonrisa, los ojos de una vejez prematura lo invitaron al sueño pasado, a descubrir
que seguían en la tierra, que a pesar de tanto dolor y muerte no habían partido
hacia el otro lado. Juan la abrazó, las palomas revoloteaban asustadas entre
los muros de la catedral de Las Palmas.

La mujer no entendía como había sobrevivido, el resto
de compañeros del sindicato habían muerto ahogados, con las manos y los pies
atados dentro del saco. Los falangistas y la guardia civil no perdonaban, tiraron
a la Mar Fea a cientos de comunistas y anarquistas entre julio del 36 y marzo
del 39.

Aquellas madrugadas de “Brigadas del amanecer», de
persecución, detenciones, movimiento de camiones cargados de miles de hombres
torturados, siempre camino de la muerte, hacia la Sima de Jinámar, los pozos de
Tenoya y Arucas, el agujero volcánico de Los Giles, lugares del dolor, del masivo
genocidio franquista en las Islas Canarias.

Una ola de muerte que Lucía había vivido desde su
puesto de maestra en la Aldea de San Nicolás, el pueblito donde conoció en las
fiestas patronales al joven jornalero anarquista Juan Herrera, donde pasaron
hermosos momentos de amor y ternura, perdiéndose por el sendero de Tamadaba, las
excursiones por el barranco de Guguy, pasando la noche en aquella playa
solitaria, el silencio, los labios salados, unos cuerpos entregados a la inconmensurable
tarea de la pasión.

Los dos se apartaron tomados de la mano, por unos
instantes el mundo alrededor no existía, solo el sonido lejano de aquella
música, la gente inundando las calles de Vegueta, pero ellos se fueron deprisa,
caminaron hacia el Paseo de San José, se sentaron junto a la ermita, en aquel
banco de piedra. Lucía lo miraba alucinada, Juan lloraba emocionado, entre
sollozos le dijo que se había soltado, que antes de tirarlo por el acantilado
ya se había desamarrado los pies, que rompió las ataduras bajo el oscuro mar,
el agua fría del Atlántico, saliendo a la superficie y viendo los tricornios
sobre el risco, los falangistas dando palos, los gritos de aquellos asesinos
fascistas tirando al mar a sus compañeros.

Lucía escuchaba atenta: “¿Qué hiciste luego
Juanillo?” El viejo le habló de cómo nadó entre la fuerte corriente hasta la
playa de San Cristóbal, que se fue directo a la casa de Carmelo Sosa, el
pescador del Partido Republicano arrojado a la Sima de Jinámar, que su mujer lo
acogió asombrada, de cómo lo escondió varias semanas en la habitación de la
azotea, lejos de las miradas de vecinos curiosos, de los cientos de confidentes
de los golpistas, del espanto de los crímenes, de las razias indiscriminadas en
las casas de todo hombre o mujer que defendiera la libertad.

El hombre relataba en baja voz la salida hacia el
muelle, de cómo logró meterse en aquel barco hacia Venezuela, de los años en
aquel país, del exilio, de su meditada decisión de volver a finales de los 70,
del tiempo que pasó encarcelado en Barranco Seco, detenido por la policía
armada nada más llegar al Puerto de la Luz.

Había tanto que contarse, tantos nombres casi
olvidados, que casi no había tiempo antes de la despedida, ya era entrada la
noche, creyeron que no era seguro seguir juntos, alguien los podía conocer, pasaron
varios coches de la policía, había “democracia” decían los voceros del régimen monárquico,
ellos no se lo creían, ambos pensaban que todo había sido un montaje para que
los mismos criminales siguieran gobernando, que hasta el Partido Comunista
había entrado en ese juego siniestro, que todo se había construido sobre los
restos de cientos de miles de personas asesinadas en todo el estado español.

Juan agarró las manos de Lucía: “¡Salud y libertad!”, le dijo,
mirándola, sonriendo cómplice, antes de partir camino de la calle Reyes Católicos, quedaron en
volver a verse, pero el cáncer de pulmón no dio tiempo de nada, el viejo murió solo
dos semanas después en el hospital de La Garita, ella se enteró por un
compañero de la CNT, esa noche salió a la azotea de su casa de Pedro Hidalgo,
se quedó mucho rato sentada, sola, mirando el inmenso mar, lejos del bullicio
de sus nietos, recordando, sintiendo el olor, el sabor de los besos furtivos,
los entrañables ojos verdes del amor de su vida.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/


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