3 diciembre 2020

Las sandalias del pescador embarradas de sangre

“(…) Fue cuando se callaron las iglesias, fue cuando el fútbol se lo comió todo, que los padres palotinos y Angelelli dejaron su sangre en el lodo…”

León Gieco – La memoria

Cuando los grandes medios de comunicación del sistema alaban la elección del nuevo Papa Bergoglio, presentándolo como un giro en positivo de la Iglesia Católica hacia posiciones más humanas y cercanas a los sectores más empobrecidos, otros datos que estremecen son ocultados, silenciados por un poder cómplice de los brutales genocidas, que asesinaron en pocos años a más de 30.000 personas en Argentina, el país donde nació este supuesto representante de Cristo, que inicia una nueva andadura siniestra, heredero directo de su antecesor Ratzinger, que en su juventud, entre otras frivolités macabras, fue miembro de las Juventudes Hitlerianas y del Partido Nazi Alemán.

Los asesinatos durante la pasada dictadura militar argentina (1976-1983) de varios obispos, sacerdotes, militantes cristianos, agentes pastorales, le estallan ahora como barriles repletos de sangre inocente en la cara de los guardianes del infierno vaticano, desenmascarando una vez más la complicidad histórica de la curia con el fascismo, con sus crímenes más atroces y sanguinarios.

Humildes y combativos sacerdotes como Alfredo Kelly, Alfredo Leaden, los seminaristas Emilio Barletti, Salvador Barbeito, fueron hallados bañados en sangre y barro, acribillados a balazos en la Iglesia de San Patricio, en un barrio residencial, donde vivía una gran cantidad de militares. Fue un 4 de julio de 1976, justo cuando debía celebrarse la primera misa de la mañana, se hizo el silencio y la tristeza entre sus humildes feligreses inundo las vidas de un pueblo arrasado y asesinado por el fascismo.

El nuevo Papa Francisco I fue cómplice directo de la dictadura, conoce al detalle todas las operaciones del ejército comandado por el General Videla, junto a otros genocidas y criminales de lesa humanidad, ahora condenados a cadena perpetua por sus horrendos crímenes.

El homófobo y ultraderechista Bergoglio colaboró activamente en la delación, la tortura y el asesinato de sacerdotes, monjas y religiosos que defendían a la gente empobrecida, que trabajaban en barriadas de chabolas y en las zonas más humildes de la patria del Che Guevara. Nunca entendió ni entiende que existan personas comprometidas en la iglesia que ahora preside, gente sencilla con las manos y el corazón repletos de amor para entregar sin pedir nada a cambio. Luchadores y luchadoras al margen de las vergonzosas intrigas mafiosas de esta oscura y diabólica institución.

Curiosamente ahora cuando la justicia argentina condena a sus amigos y colaboradores de la dictadura es elegido Papa, en unos momentos donde la izquierda triunfa en la mayoría de los países del continente hermano, con unos pueblos cada vez más consciente y que han descubierto que el voto debe ser para los que defienden los intereses de la mayoría, no de oscuras corporaciones y mafiosas entidades financieras, que tal como viene ocurriendo en Europa, esclavizan y hunden en la miseria y el hambre a su gente.

Una estrategia diseñada en los siniestros despachos del imperio, siempre conchabado con la curia vaticana para reconstruir su particular “patio trasero”, que vuelvan las oscuras golondrinas de la derecha, usando la imagen de este nuevo sátrapa con sotana, para alienar a los pueblos alzados contra el imperio del robo y la muerte.

La connivencia de la Iglesia Católica con Hitler y con las dictaduras de Franco, Salazar, Pinochet, Stroesner, Videla y otros asesinos, culminó en los acuerdos secretos con el Pentágono, donde planificaron juntos la Operación Cóndor, que condujo a la muerte a cientos de miles de latinoamericanos a manos de militares fascistas. Un modus operandi que ahora años después y cuando el mundo creía que la incipiente democracia se consolidaba en la tierra de Bolívar, se descubre que todo era mentira, que los triunfos de la izquierda siguiendo la estela rebelde del Comandante venezolano no gustan nada, dan miedo y remueven las tripas podridas de los poderosos. Unas victorias populares que levantan ulceras purulentas en las conciencias de estos criminales imperialistas, en las pestilentes sacristías de unos inmundos personajes, buitres con rosario, comiendo siempre y engordando en la mesa de los enriquecidos.

Los nombres de los asesinados, de las asesinadas, por la sanguinaria dictadura argentina, no hacen meditar a este nuevo portador de las sandalias del pescador. El arrepentimiento y el perdón no existen en su vocabulario sectario y la idea es seguir destruyendo, apoyando al millonario, al mafioso banquero, a los militaristas dueños del mundo, que nos conducen de cabeza a la barbarie y la esclavitud.

Las muertes de los obispos, Enrique Angelelli y Carlos H. Ponce de León, del militante de la Juventud Universitaria Católica, Daniel Bombara, del cura obrero, Pedro Duffau, del agente pastoral, José Manuel González, de los sacerdotes, Gabriel Longeville, Carlos Francisco Mujica, Carlos de Dios Murias, Francisco Soarez, José Tedeschi, de la decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica de Buenos Aires, María del Carmen Maggi, del dirigente rural católico, Wenceslao Pedernera, de la joven militante de la Juventud Obrera, Elizabeth Kasemann y un largo etcétera de muertos y muertas de la iglesia de los empobrecidos, vivos para siempre en la memoria infinita de los pueblos, que jamás olvidarán, ni perdonaran unos hechos que acabaron en poco tiempo con toda una generación, con lo mejor de una sociedad destruida por la escoria militar, junto a una Iglesia Católica envilecida, condenada y que jamás será absuelta por la historia.

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