29 septiembre 2020

Las tres rosas del salitre

Cuando sacaron de su casa a Julia Lafora, la maestra
de Triana, era de madrugada, apenas tuvo tiempo de vestirse, se quitó el
camisón en presencia de los falangistas que la custodiaban, para ponerse el
vestido negro de luto por su marido fusilado dos días antes. Afuera, dentro del
lujoso vehículo donde la introdujeron, dos mujeres más que lloraban, ambas con
la cara ensangrentada por los golpes de los requetés.

El auto enfiló directo hacia el sureste de la isla,
entrando por una carretera de tierra hacia la Playa de Melenara en Telde, allí
esperaban varios miembros de la guardia civil y del ejército de tierra, algunas
caras conocidas de la oligarquía isleña, un empresario tabaquero, el hijo del
conde, un terrateniente del sur de origen inglés, propietario de gran parte de
la industria del tomate.

Las mujeres fueron sacadas a la fuerza de los
coches, Julia fue la última, las dos chicas era Josefa Rodríguez del barrio de
La Isleta, 25 años,sindicalista tabaquera de la CNT, Dolores Zapata, 22 años, madrileña
y trabajadora contratada en la Federación Obrera, se encargaba de la tramitación
de las denuncias contra los empresarios por abusos y explotación laboral.

Ya junto a la explanada previa a la playa los
hombres con correajes empezaron a insultarlas, a llamarlas “putas”, “asquerosas”,
“tortilleras”, “guarras”… Julia solo pensaba en su marido asesinado, su mente
no era capaz de asimilar aquel momento tan terrible, todo se le iba en el
recuerdo de los buenos momentos en la consulta del “médico de los pobres” que
tanto amaba, el joven licenciado en Madrid, que había dedicado gran parte de su
carrera a atender en su humilde despacho a la gente necesitada sin cobrarles
nada “¿Quizá ese fue el motivo de su condena a muerte?” se preguntaba, no
entendía tanta crueldad, ese odio atávico contra ellas, contra todo lo que
representaban al ser mujeres formadas, comprometidas, cultas, antifascistas,
republicanas y defensoras de los derechos de su género, de su clase.

Un guardia civil con un parche en el ojo se
acercó
  a las mujeres y les rompió los
vestidos a la altura del pecho, quedaron semi desnudas entre los gritos de unos
40 hombres ebrios y desatados. El seminarista Juan José Samsó, se encargó de
raparlas con unas tijeras una a una, sus cabelleras caían al suelo entre las
burlas del grupo de fascistas: “¡Follatelas Cabrera!”, dijo uno de los
requetés, el más joven del grupo, el viejo capataz Froilán Cabrera no
respondió, prefirió golpear a Dolores con la culata del fusil, que cayó al
suelo semiinconsciente, subirle la falda a Josefa para burla general de la
soldadesca.

Las mujeres arrodilladas, abrazadas en aquel suelo
repleto de piedras y arena, humilladas, temblando de miedo, protegiéndose unas
a otras con sus cuerpos de las agresiones verbales, de los escupitajos de
algunos, de las patadas y golpes de aquellas caras conocidas, de hombres que
habían visto alguna vez en las calles, en sus trabajos, en los bailes y fiestas
de los pueblos, varones de los que nunca imaginarían un comportamiento tan
atroz, tan violento contra mujeres que no habían cometido ningún delito, solo
defender la libertad, la democracia, un mundo mejor para el pueblo canario,
para la gente más desfavorecida de unas islas sometidas a la esclavitud, a los
caprichos del caciquismo ancestral, el que junto a la Iglesia Católica, durante
cientos de años, había sometido a todo un pueblo a vejaciones y abusos
indescriptibles.

Después de varias horas algunos soldados por orden
de capitán Morera rodearon a las mujeres que ya casi desnudas iban a ser
violadas por todo el grupo de hombres, los vecinos se habían soliviantado por
el escándalo, había gente asomada en las lomas vecinas, luces encendidas en los
pequeños poblados de apareceros, los organizadores del linchamiento múltiple decidieron
por seguridad que había que llevarse de allí a las tres mujeres. 

Las metieron
en uno de los coches ante la indignación de la enfervorizada multitud de
fascistas, varios mandos de la guardia civil discutían a gritos medio borrachos
con los dirigentes de Falange, en medio del caos las sacaron hacia la carretera
del sur a un destino desconocido, las mujeres no se habían hablando entre ellas
hasta ese momento de silencio entre el ruido del viejo motor, al oído, Julia, le
dio a Josefa: “Mi niña nos sacan del infierno, pero nos llevan a otro. No digas
nada te hagan lo que te haga, no reveles los nombres, ni las direcciones de los
camaradas”.

Las tres mujeres tuvieron un final misterioso, no se
supo más de ellas, aún se les recuerda en la memoria colectiva de la lucha por
la justicia, la ternura y la dignidad. En el exilio de la Francia ocupada por
los nazis, Roberto Macías, nombraba el caso de las “Tres rosas del mar” en las
reuniones clandestinas de la resistencia en los pisos francos de París. Era
hermano de Dolores, salió de Gran Canaria en agosto del 36 hacia África en un
barco de pesca, nunca pudo olvidar aquellos sucesos ocultos de forma
premeditada hasta la actualidad, cada 19 de septiembre antes de morir se iba
con sus hijas y nietos esa noche a la playa de Melenara, allí pasaban un rato
de charla escuchando como rompían las olas, mientras echaba al mar en silencio las
tres flores rojas. 


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