30 septiembre 2020

Llueve sobre la fosa de los amantes

La
llamarada de la hoguera se iba extinguiendo en las brazas rojas y
Eduardo y Julia se abrazaban bajo la manta de la abuela Rosa, el viento
traía un leve olor a flores del fondo de la Caldera de los Marteles,
septiembre era una transición de calor y frío en la nocturna cumbre
de la isla, parecía que nadie ni nadie podía interrumpir aquel rito
de amor bajo el cielo estrellado.

Entre
los pinos pensaban que la pequeña hoguera no podía despertar sospecha, pero
sabían que los falangistas y guardias civiles recorrían cada paraje
buscando a los evadidos, desde la noche del sábado 18 de julio ya
habían comenzado a matar, miles de hombres y mujeres en aquel
pequeño tramo de tiempo ya estaban en el fondo de los pozos y simas,
en las profundidades marinas atados de pies y manos dentro de los
sacos de plátanos.

Julia
Sosa recordaba cuando salieron los dos huyendo aquella madrugada por
las callejuelas empinadas de las Lagunetas, justo en el momento en
que subía de San Mateo el camión de los fascistas, recogiendo casa
por casa a todas las personas que tenían en sus listas negras, la
voz del tabaquero Eufemiano ordenando a quien llevarse, a quien
desaparecer, a quien torturar, a quien violar hasta la muerte.

En
la oscura noche dos pechos unidos, dos corazones que se escuchaban,
ambos se hacían los dormidos para tranquilizar al otro, ella se
pegaba mucho a Eduardo, hubiera querido entrar en su cuerpo y no
salir jamás, ser uno solo para poder escapar mejor de aquel
laberinto insular sin salida, el miraba las estrellas y se entretenía
viendo los trocitos de polvo estelar que entraban en la atmósfera y
se hacían pedazos, los restos de Las
Perseidas,
las últimas lágrimas de San Lorenzo el 11 de septiembre del 36.

Desde
lo profundo del bosque se escucharon pasos y los dos se pusieron en
alerta, apagaron la brasa con la manta, la voz de un hombre que
mandaba peinar en zig zag, botas militares arrasaban la pinocha.

-Huele
a hoguera y perfume mi teniente- dijo alguien joven mientras el pinar comenzaba
a convertirse en un infierno.

No
tuvieron tiempo ni de soltarse del abrazo, llegaron como fieras
salvajes y a golpes los separaron, a ella se la llevaron a una
ensenada, el tabaquero ordenó que se la dejaran para el, para luego
entregarla a la soldadesca para la habitual violación múltiple de
cada roja republicana.

Eduardo
Cabrera le gritaba a Julia mi niña que la amaba, que la amaba, que
la amaba, que jamás podrían acabar con su amor, que resistiera, que
la muerte sería la salida, pero un culatazo lo dejó sin sentido y
con parte de su masa encefálica cayéndole por la nuca.

El
jefe de centuria Borja Manrique de Lara destinó a varios falanges
que abrieran una pequeña fosa para la pareja de amantes, al el lo
tiraron primero, ya Eufemiano le había hecho de todo a Julia, que en
el suelo con la ropa destrozada respiraba aceleradamente en un charco
de sangre.

Luego
los falangistas en fila de uno, un grupo de doce hombres borrachos
entre risas y botellas de ron de caña que iban violando a Julia uno
tras otro, incluso después de muerta desangrada, hasta que el
empresario tabaquero junto al hijo del conde dio la orden de
arrojarla a la fosa.

-Bien
follada se va la hija de puta- dijo con acento inglés el hijo del
terrateniente Bonny, que también se había unido al genocidio junto
a otras familias de la sanguinaria oligarquía isleña.

Comenzó
a lloviznar a poco de marcharse los hombres en los camiones hacia la
mansión de Santa Brigida del tabaquero donde los esperaba un buen
desayuno.

La
fosa comenzó a recibir las lluvias interminables, brotaron en pocos días
las primeras flores preludio del otoño, de aquel espacio de ternura
germinó la tierra con dos cuerpos que siguieron abrazados para
siempre, perdidos entre la niebla y la esencial energía del amor.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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