18 septiembre 2020

Los amantes de Tamadaba

El
dolor en su pierna era terrible, sentía como si tuviera cristales
microscópicos clavados en sus articulaciones, en las zonas más
sensibles de sus huesos. María Rosa Cabello le ponía trapos mojados
en el agua fría que venía de las zonas más altas de Tamadaba, pero
era imposible evitar el sufrimiento, dolía demasiado y Miguel Lozano
no podía gritar, si lo hacía se escucharía en medio Valle de
Agaete, advertiría a los sicarios falangistas que llevaban una
semana buscándolo.
La
bala le había partido en dos el fémur y cualquier movimiento le
generaba una molestia indescriptible, la mujer lo había recogido
cuando lo vio llegar arrastrándose entre las tuneras, dejando un
reguero de sangre que casi parecía un manantial de liquido rojo,
María sabía que arriesgaba su vida al dar cobijo a un perseguido de
los fascistas, pero lo decidió enseguida, ni siquiera se le pasó
por la mente dejarlo abandonado y correr hasta el pueblo para avisar
de la presencia de un rojo herido.
Lo
metió como pudo en la vieja casa de una sola habitación, era un
hombre de más de 1,90 de estatura y ella una mujer pequeña, frágil,
delgada, pero tras casi media hora lo acomodó en su camastro sobre
el colchón de paja, preparándole varias infusiones de hierbas
recolectadas en al zona para tratar de que se durmiera y relajara.
Le
entablilló el muslo con dos maderas atándolas muy fuerte, con la
esperanza de que el hueso fracturado se pudiera pegar tras un tiempo
de cuidados.
María
vivía sola desde que su marido Pablo Dámaso había fallecido de
tifus, a los pocos meses de casarse se aislaron del resto de la
población y se internaron en el bosque para construir la pequeña
cabaña de tejado, allí eran felices, solo bajaban a Agaete o Gáldar
si tenían que hacer alguna gestión urgente, ya que en su refugio
tenían todo lo que querían, varias cabras que daban leche y podían
hacer queso, unas veinte gallinas que les suministraban huevos y en
algunos momentos muy especiales su carne, los frutos del bosque en
las laderas del El Hornillo, el agua que no paraba de brotar de la
tierra, con la que regaban los escasos cultivos en varios bancales
que construyeron.
Eran
felices con muy poco y no tenían que soportar los abusos constantes
de los terratenientes y sus perros de presa, tipos que ejercían de
encargados de cada hacienda, que a la mínima usaban la violencia
física con los hombres y la sexual con las mujeres.
A
Pablo se la tenían jurada cuando aquella tarde de 1934 se enfrentó
al mayordomo de los caciques de Arucas, de apellido Rosales, dándole
un cabezazo tras el latigazo en la espalda que le dio con una vara de
acebuche para que aumentara el ritmo de recogido de tomates. Le
partió el tabique nasal y abandonó el trabajo, esa misma noche lo
detuvo la guardia civil en su casa del barranco de Moya y le dieron
una horrible paliza en el cuartelillo de la benemérita de Santa
María de Guía.
Esa
mañana cuando regresó repleto de heridas y magulladuras fue cuando
decidieron aislarse de aquella sociedad feudal, recogieron lo poco
que tenían y partieron andando hasta encontrar el paraje más
lejano, más alejado de aquellos criminales que masacraban a los
trabajadores con condiciones laborales que rozaban la esclavitud.
María
le contó todo a Miguel Lozano y comenzó a comprender porque lo
había acogido, refugiado en la casita de las flores y los árboles
gigantes, donde el único sonido que se escuchaba era el de los
manantiales, las águilas, los cuervos, los pinzones y jilgueros.
En
unos meses Lozano empezó a caminar con unas rudimentarias muletas
que le construyó María, la ayudaba en lo que podía en las tareas
agrícolas, limpiaba la casa, le hacía la comida, unos potajes de
berros con zanahorias, papas y batatas, que inundaban aquellos
páramos de un olor que invitaba a disfrutar, a saborear en cada
cucharada todo lo bueno que les entregaba la naturaleza.

Una
noche cuando menos lo esperaba y mientras veían las estrellas sobre
una manta María lo besó en los labios y le incendió el corazón,
sintió el sabor de aquella boca pura, el calor de su cuerpo en el
abrazo interminable, el amor que ambos habían olvidado huyendo de la
tristeza, de la opresión, del sufrimiento y de la muerte, no
salieron de la cama en varios días, se amaron como nunca habían
amado, a manos llenas, saboreando cada poro, cada centímetro de
piel, de ternura, cada caricia de un amor que en unos días parecía
que se había hecho eterno.
Miguel
sabía que aquella felicidad no podía durar mucho, que tarde o
temprano lo encontrarían y que María pagaría por haberlo
escondido, también tenía muy claro que ya no se podían separar
pasara lo que pasara, que se amaban demasiado.
La
tarde del 4 de mayo de 1937 escucharon varios disparos y enseguida
supieron que no eran cazadores, los máuser sonaban de otra forma,
era otro estruendo que estremecía el alma, se subieron al pino
ancestral de más de cuatrocientos años y vieron un grupo numeroso
de falangistas persiguiendo a dos hombres cerca de la Vecindad de
Enfrente, como los acorralaban golpeándolos salvajemente, hasta que
uno de los fascistas dio la orden de acribillarlos a balazos:
-Tenemos
que irnos de aquí mi niña si queremos salvar la vida- dijo Miguel
entre lágrimas y abrazado a María sobre el viejo árbol.
Esa
misma noche soltaron las cabras y rompieron el gallinero para que las
aves camparan libres por la foresta, recogieron provisiones, dos
lebrillos de gofio, varios quesos duros, la carne salada y seca de
varios conejos, una caja de sardinas saladas, partiendo lentamente
hacia la inmensa cuesta, se ataron unos trozos de mantas sobre las
alpargatas para no dejar huellas, cambiaban constantemente de ruta y
con una hoja de palmera iban borrando cada paso, ya no se escuchaba
nada, ni un disparo, pero sabían que aquellas bestias los buscaban,
que no pararían hasta encontrar su refugio y asesinarlos.
Cuando
llegaron a Tamadaba desde el acantilado se veía todo, los barcos
llegando al puerto de Agaete, los movimientos de los fascistas
subiendo al valle, avanzando hacia La Aldea de San Nicolás, parecían
estar en el cielo y observar cada trozo de vida, cada pedacito de
existencia.

Allí
se desvanecieron en la nada, nunca más se supo de los amantes, solo
Juan Amador, pastor de cabras de Guayedra, contó una noche a unos
caminantes alemanes que eran dos fantasmas, que a veces se les veía
volar entre los pinos, que se encendían fuegos en lugares imposibles
de acceder, pero que luego se apagaban como luciérnagas de invierno,
seres mágicos que a veces dejaban un rastro que olía a flores
salvajes, a orégano de monte, al poleo de los riscos de Faneque.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Vista del Roque Faneque desde Tamadaba y el Teide al fondo
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