27 septiembre 2020

Los claveles rojos de Juana

En el lecho
de muerte del Hospital de La Garita Juana pidió que llamaran a “la chiquilla”,
la joven Rosa acabada de llegar del muelle, tuvo que abandonar a toda prisa la
Universidad de La Laguna, donde cursaba la carrera de Derecho. Afuera llovía
mucho en aquel diciembre de 1983. La viejita esperaba ansiosa, entubada,
llorosa, en las últimas horas de su desgraciada vida, a la personita que más
quería en la tierra.

Cuando Rosa
entró en la habitación le temblaban las piernas, no la había visto desde Semana
Santa, cuando todavía su abuela estaba en su casa del barrio de Guanarteme, le
vino a la mente el olor del potaje de lentejas, las papas fritas con huevo, sus
platos favoritos, desde que se los preparaba en su infancia, cuando llegaba de
jugar en la Playa de Las Canteras, las eternas y placidas tardes en La Cicer
con aquel ejercito amigos y amigas, en aquellos años cuando el barrio era un
barrio y no un nido de especulación urbanística y corruptos constructores.

A Juana se
le alegró la vista cuando la vio entrar con la mochila, la blusa de colores,
las pintaderas en el cuello, el momento que se abalanzó sobre la cama para abrazarla,
al lado una señora sola agonizando, con una respiración que anunciaba el final
inminente de otra vida. La muchacha lloraba, no decía nada, solo juntaba su
mejilla con la de su adorada abuela, su pelo rizado, enredado como siempre
parecía acariciar el rostro enfermo de aquella mujer encendida de amor.

-Déjame
decirte algo Rosi, no queda mucho tiempo –dijo con una voz casi inaudible,
ronca, como un susurro de un tiempo antiguo, ancestral y perdido en la nebulosa
de los años. –Solo quiero que sepas que los años que estuve en la cárcel de
Madrid y que tu no habías nacido fueron para que ahora tu vivieras mejor, que
todas las presas sufrimos mucho cuando se llevaron a “Las Rosas” para
fusilarlas, eran mis amigas, mis camaradas, jamás imaginamos que pudieran hacer
algo tan terrible, que también asesinaran a unas mujeres que no habían hecho
nada malo, solo defender la democracia, la clase trabajadora.

Rosa
emocionada solo escuchaba, la abrazaba, le daba besitos llenos de lagrimas en
aquella cara pálida, desnutrida, como un ser de otro mundo que se aferraba a un
universo abandonado hacía meses, donde solo le interesaba que su chiquilla
pudiera ser feliz, que conociera aquellos años de dolor, de luchas fraternas,
de banderas rojas y negras en las calles de la ciudad del “¡No pasarán!”.

-Chiquilla
acércate cuando me vaya a la Sima de Jinámar, allí están Roberto, Juan Carlos,
Guille, Carlitos, Antonio, Luisa y los demás, llévales un ramo de claveles
rojos, uno para cada uno, arrójalos al fondo, pero no vayas sola, que te
acompañe tu hermano Enrique, estaré con ustedes, me sentirán, estoy segura. –Dijo
mientras la voz se le diluía como una brisa lejana, cerrando los ojos en un
suspiro final, aferrada a la mano de Rosa mientras partía, se iba tranquila,
sintiendo el calor de lo que mas amaba, el amor de aquella niña morena y bella.

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