1 octubre 2020

Lucía y el viento

Para llegar a la casa de Mariquita Bosa había que
recorrer todo el intrincado laberinto del Risco de San Nicolás, subir la cuesta
con discreción por que muchas veces había somatenes vigilando quien andaba por
ese rincón de Las Palmas, quienes entraban y salían del barrio o pasaban la
noche en la casa de la curandera.
Lucía Mayo, la joven gallega nacida en Pontevedra
había venido a Canarias con apenas cinco añitos, su padre fue trasladado al
Gobierno Civil y allí sufrieron la brutal represión de los fascistas,
desapareciendo al progenitor Amancio Mayo en la Sima de Jinámar la noche del 9
de agosto del 36, su madre falleció por la tortura en el centro de detención de
la calle Luis Antúnez, la muchacha con apenas 16 años, fue trasladada a la
conocida finca del Conde en Fataga donde fue violada durante varios meses en
los asaderos-fiesta que montaba la oligarquía isleña, donde las mujeres
republicanas más jóvenes y bellas sufrían todo tipo de aberraciones y abusos
por parte de los caciques y terratenientes entre botellas de ron de caña,
borracheras, palizas y juergas nocturnas, que estas mujeres sufrían hasta
que llegaba el momento de asesinarlas y desaparecerlas.
El garito azul” como le llamaba entre risas
Santiago Román, secretario del obispo, se convirtió hasta casi 1940 en el lugar
perfecto para el encuentro de los fascistas, cada semana había nuevas mujeres,
hijas y esposas de asesinados, otras vinculadas a sindicatos y varias maestras,
el criterio de Eufemiano, jefe provincial de Falange y del hijo del Conde es
que “fueran jóvenes y tuvieran buenas tetas y culos”, luego las recluían
semanas o meses en unos barracones utilizados anteriormente para los tomateros,
espacios infrahumanos, sucios, nauseabundos, con un calor sofocante y varias
literas traídas del campo de concentración y exterminio de Gando.
Lucía tras dos meses de vejaciones
indescriptibles y cuando ya creía que la iban a desaparecer tuvo un gravísimo
virus de estomago con vómitos y diarreas, lo que generaba asco y repudio en los
borrachos caciques, mandos de la guardia civil y del ejército, junto a los
falanges más destacados, ordenando Eufemiano que la llevaran a casa de Julita
Reina la curandera de Arteara, allí la mujer muy mayor y media ciega la acostó
en su cama, le preparó varios brebajes con hierbas y plantas recolectadas en el
barranco de Tirajana.
Allí pasó la muchacha casi una semana y la vieja
le cogió mucho cariño, la veía tan inocente, tan niña, tan 
frágil, le sorprendía que no pudiera
emitir palabra desde la noche que se la llevaron al prostíbulo del Conde.
-No entiendo mi niña lo que te han hecho esas
bestias del demonio, pero tiene que ser terrible y se que nunca podrás 
contármelo– dijo la anciana la noche que
pactó con ella que iba a esconderla en el alpendre de Cho Sebastián en la
montaña de Ayacata junto a las cuevas de “Los Canarios”.
Subieron andando la noche siguiente, la muchacha
seguía sangrando mucho por el ano por los desgarros, la vieja la ayudaba, se
sentaron como diez veces hasta llegar al páramo perdido, olía a hierba
manzanilla, al 
estiércol de las vacas y las águilas no dejaban de
sobrevolar sus nidos colgados en lo más alto de acantilado.
Allí pasó Lucía casi seis, meses, los fascistas
se creyeron la historia de la anciana de que había fallecido y tuvo que quemar
su cuerpo porque tenía cólera o peste y quería evitar cualquier contagio, les
mostró los restos de la hoguera y los huesos quemados de una cabra, los
falangistas bajaron alarmados a la finca del conde, temerosos por si estaban
contagiados.
Las dos mujeres siguieron subiendo la intrincada
cuesta, Mariquita la esperaba en el Risco, llegó Lucía con su abuela y la
curandera tenía preparado todo para practicarle el aborto, fue rápido, muy
doloroso, pero rápido, “dentro llevaba la semilla del mal”, pensaba, el odio de
los que habían asesinado a su padre, los que la habían violado durante meses.
Al día siguiente llegaron temblorosas hasta el
Castillo de San Francisco, la dos se sentaron junto a un drago milenario, en su
sombra se estaba bien, miraban al mar, se veían barcos militares arribando al
Puerto de la Luz, la playa de Triana estaba abarrotada de hombres que hacían
ejercicios militares.
Lucía no dijo nada, seguía sin hablar, jamás
volvió a emitir palabra, ya lo había dicho todo cuando gritaba de dolor y miedo
en la hacienda de los criminales.

Del barranco Guiniguada subía una brisa fresca,
el mismo olor del refugio de Ayacata, el mismo sabor ancestral de la leche de
cabra, la misma energía de amor femenino y solidario.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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