3 diciembre 2020

Luis Antúnez: Templo del horror

A la
entrada del centro de detención de la calle Luis Antúnez,  en Las Palmas, siempre había un falangista
viejo apodado “El Galleta”, que iba anotando en una libreta negra los nombres
de las personas que iban a torturar, llegaban coches y camiones repletos de
hombres y mujeres atadas, detenidos en distintos puntos de la isla, sacados de
sus casas a golpes con la intención de asesinarlos directamente arrojándolos a
pozos o simas, o torturándolos en ese lugar del horror para sacarles
información, para violar a las mujeres o masacrar a los hombres hasta la
muerte.

Desde la
calle se escuchaban gritos y alaridos de dolor, incluso a la hora en que las
niñas y niños iban o venían del colegio, sus madres trataban de evitar pasar
por ese edificio cercano a la playa de las Alcaravaneras, pero muchas veces era
inevitable, todo el mundo sabía que desde la noche del sábado 18 de julio del
36 allí se torturaba, se violaba, se asesinaba.

Una
vecina llamada María Luisa del Toro veía desde la oscuridad de su habitación
con la ventana casi cerrada el movimiento, el trasiego de los falangistas y
guardias civiles sacando a cientos de republicanos a culatazos y patadas de los
vehículos.

Esta
mujer casada con un empleado del Cabildo y afiliado a Falange veía la dinámica
de aquel templo del terror, no podía dormir porque escuchaba todo, incluso
cuando colgaban con ganchos por los ojos a los hombres, los chillidos de las
mujeres en las violaciones múltiples donde participaban falanges, guardias
civiles y curas, los gritos de los niños cuando eran torturados en presencia de
sus padres para conseguir que hablaran al ver el dolor de sus hijos, que
delataran a sus compañeros, que dieran nombres, direcciones o el lugar de la
isla, el punto exacto donde estaban escondidos para que no los mataran.

Luisa había
aprendido durante varios años a identificar cada sonido, la respiración de los
hombres torturados, el nivel de
  la
borrachera de los torturadores, el momento en que amontonaban los sacos de plátanos
repletos de cuerpos, vivos o muertos para llevarlos a los puntos de exterminio
y desaparición: la Sima Jinámar, la Marfea, los pozos de Arucas, Tenoya,
Tamaraceite, Casa Ayala, Tinoca, Los Giles, Azuaje, Barranco de la Mina, Los Cernícalos…,
las fosas en las fincas del Conde, de la Marquesa, de los terratenientes más
criminales de la isla que cedían sus terrenos, camiones e infraestructura
material y humana para la perpetración del genocidio.

La noche
del domingo 24 de enero de 1937 cuando “Calcine” abrió la puerta de su casa se
tropezó con las piernas de Luisa colgada por el cuello, en el suelo un charco
de orines y la cara desencajada de la mujer. Su marido la trató de elevar para
evitar el ahogamiento, pero llevaba horas ahorcada y una nota en la mesita de
madera con la frase “No puedo más”.

El hombre
se quedó arrodillado delante del cuerpo
 
colgado, maldecía a Falange, al golpe de estado, los crímenes, la
brutalidad, las torturas, las desapariciones, sacó la pistola lentamente del
cinto y se disparó en la boca.

La
detonación se escuchó en el interior del centro de detención y tortura de la
calle Luis Antúnez, por un instante se pararon las torturas, unos minutos de
silencio, los falanges salieron a la calle, un guardia civil sacó su pistola,
recorrió la acera hacia el sur buscando a quien dispararle, entró en la casa de
Luisa y vio los dos cuerpos, cerró la puerta y en ese momento llegaba otro camión
con nueve hombres y cinco mujeres con las manos atadas a la espalda, se reanudó
la masacre.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Pintura de Don José Cupertino Delgado Camposeco
sobre el genocidio fascista en Guatemala
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