25 septiembre 2020

Mercedes y el amor eterno

-Tenía una piel tan suave, el corazón le latía
cuando me abrazaba y sus besos sabían a bienmesabe. –Le dijo la anciana
Mercedes a su bisnieta Lucy aquella tarde de agosto



Hablaba de su primer amor, del joven Ramón
Hernández, cuando fueron novios en los años 30, las enormes coincidencias en
sus formas de pensar, como les decía el viejo sindicalista aldeano, Ñito Polo, “esa
fragancia libertaria que se percibe en cada mirada, en cada caricia, pero
también en cada acción de lucha”.

Antes de la detención de su compañero siempre pensaron
que eran almas gemelas, que se conocían de otras vidas, encontrándose en los
sueños sin todavía conocerse, que solo con mirarse veían en el fondo de sus
ojos momentos, escenas, sensaciones del pasado remoto, quizá del futuro, una
especie de viaje en el tiempo, un periplo alucinante donde siempre habían
estado juntos sin saberlo.

Se le llenaron los ojos de lagrimas cuando le contó
como los padres del joven le avisaron de que ya no estaba en el centro de
detención de la calle Luis Antúnez, que seguramente lo habían asesinado y
desaparecido después de sufrir torturas atroces, en ese lugar donde colgaban
por los pies a los hombres para descuartizarlos lentamente, donde violaban
salvajemente a las mujeres, pasando uno por uno por cada chica toda la tropa de
Falange, la Guardia Civil, los Guardias de Asalto o los civiles que
participaban en la brutal represión.


-Daba igual que ya hubieran confesado. –Decía-

-La tortura era sistemática, seguían maltratando
hasta la muerte, no importaba que todo ya se supiera, que el detenido abrumado
por el dolor y el sufrimiento diera nombres, direcciones, lugares de reunión,
miembros de la organización política o sindical. El ejercicio de psicopatía era
continuo, pero no solo en aquel triste recinto de Las Palmas, sino en cada
rincón de Canarias, en cada espacio de terror, de violencia extrema ejercida
por quienes dieron el golpe de estado fascista del 36.

-Esas noches mientras torturaban a Ramón sueños extraños
invadieron de forma extraña mi mente. -Susurraba Mercedes-

-Vi a hombres de hierro, con cascos y mascaras
infernales, espadas que cortaban las extremidades de nuestros hermanos en un
palmeral, justo donde ahora es Vegueta y la catedral, miles de hombres armados,
muchos a caballo con lanzas, frailes con parte de la cabeza afeitada en forma
circular que violaban a mujeres y niñas indígenas. Allí estaba yo, también
Ramón, tratábamos de huir hacia la cumbre de la isla, pero nos cercaban, eran
demasiados.

-Los cinco años de guerra de resistencia tocaban a
su fin, llegaban barcos cargados de soldados, de curas, de monjes, de espadas,
de cruces y estatuas de sus dioses, de un polvo que se convertía en fuego
cuando lo prendían, veíamos desde los bosques de laurisilva como se destruía nuestro
universo, el fin del mundo anunciado por Adassa, la anciana harimaguada, la que
mantenía guardado en su cueva de Guayadeque el fetiche traído de más allá del
mar hacía miles de años, la mágica señora que años antes, en el ritual mensual
del Almogarén del Bentayga, nos habló de los hombres blancos y barbados que
vendrían, de un solo dios vestido de mujer con sotanas, gorros de varias puntas
y abalorios.

-Era lo mismo que pasaba a partir del 36, hombres
armados, ahora vestidos de azul, militares sin armadura, curas con sotanas
negras y pistola al cinto pegando tiros en la nuca en los fusilamientos,
terratenientes violando a las mujeres detenidas, a las esposas e hijas de los
asesinados.

-Todo se repetía mi niña, la misma masacre, el mismo
genocidio, el mismo horrible miedo que nos atenazaba las entrañas, el mismo
silencio después de las ejecuciones masivas, el mismo mar acogiendo los cuerpos
de los héroes y heroínas del pueblo. –Decía la noble y dulce mujer a su
bisnieta-

En la mente de Mercedes se visualizaba el similar holocausto
de la mal llamada “Conquista”, relataba la venta de niñas y niños por la Iglesia
Católica, igual que los Castellanos vendieron como esclavos a los sobrevivientes
del exterminio en los mercados de seres humanos de Sevilla y Valencia.



Ella sabía que esa maldad venía de atrás, de cientos
de años de crímenes de una monarquía y una Iglesia corrupta, que Canarias solo
fue un breve “ensayo” para luego invadir el continente americano, masacrando en
pocos años a más cien millones de indígenas.

Recordó también los tiempos felices, cuando se
perdían juntos para bañarse en las lejanas playas de las dunas gigantes de
arena del sur de Tamarán, los delfines y zifios que llegaban casi hasta a la
orilla como para saludarlos y jugar, enormes bancos de peces de todas especies,
las noches de estrellas en las dos épocas, la misma playa igual de virgen,
antes del genocidio indígena, antes del golpe fascista.

Instantes de amor inolvidables, una pequeña parte de
lo que Mercedes creía que era una vida eterna juntos, la que en los años 80
rememoraba en el Hospital Insular junto a su adorada bisnieta, ya desahuciada por
la medicina, pero con ganas de seguir viviendo en la inocencia de los ojos de
su amada Lucía.

-Mira mi niña querida yo sé que me queda poco, pero
estoy segura que nos encontraremos de nuevo, que el viaje no puede acabar aquí,
quizá en otro lugar del universo, donde podamos ser felices y libres de nuevo.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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