21 septiembre 2020

Miles de gritos callados

Cuando
Chanita tenía el sancocho preparado avisó a los comensales que
hablaban junto al estanque de barro de la Vega de San Lorenzo, un
grupo reducido de vecinos y familiares, allí estaba Dolores que
acababa de llegar de Tenerife donde estudiaba tratando de huir de los
cientos de asesinatos fascistas en la isla hermana, dejó la carrera
justo en diciembre del 36 cuando comenzaron a
desaparecer sus compañeros, en Tamaraceite habían asesinado al bebé
Braulio González García en su cuna, más de 20 hombres
desaparecidos en el pueblo en pocos meses y el alcalde comunista Juan
Santana Vega y cuatro compañeros vinculados al castigado
ayuntamiento del Frente Popular condenados a muerte.

Cuando
la muchacha entró en la vieja estancia un chico joven la miraba
mientras amasaba el gofio, su cara le sonaba mucho, eran unos ojos
marrones con la tristeza incrustada en lo más profundo de sus
pupilas, la saludó con la cabeza y una leve sonrisa con restos de
dolor ancestral y comenzó la comida entre un silencio sepulcral.

Estaba
presente el genocidio que se estaba llevando a cabo en cada rincón
de Canarias, en cualquier momento se podían llevar a cualquiera,
todo tipo de caciques, terratenientes, guardias civiles, curas y
obreros vendidos integrados en Falange, ejercían un poder demoledor
y manchado de la sangre de miles de personas desaparecidas
simplemente por pensar diferente.

A
Dolores no le bajaba la comida, el pescado salado se le atragantada,
las papas sancochadas con mojo verde no sabían a nada, ni siquiera
el vino de Bandama alegraba el encuentro, la comida más triste de
sus vidas, ya no había parranda, los timples y guitarras descansaban
en el fondo del alpendre como animales muertos en espera de ser
enterrados.

-¿Gerardo?-
dijo la muchacha, recordando de repente su vinculación a la CNT de
Tenerife, los días de campaña con los obreros del Puerto de Santa
Cruz.

El
chico sonrió porque no se había olvidado de aquella mujer tan bella
y combativa, conversaron sobre las desapariciones y fusilamientos
masivos de tantos amigos y compañeros, la persecución de los
maestros de escuela, de sus profesores, de tanta gente buena ahora
encarcelada o asesinada.

Chanita
cerró la puerta y los dejó solos en la parte de atrás de la casa,
allí pudieron hablar de todo lo que estaba sucediendo, del terror de
ser detenidos, de lo que le pasaba a las mujeres jóvenes, la
violación masiva por parte de la soldadesca después de pasar por la
cama del cacique de turno, las aberraciones, la muerte, la segura
desaparición.

Gerardo
partía esa noche hacia el norte de la isla a un lugar indeterminado
entre Artenara y La Aldea de San Nicolás, intentaba estar escondido
un tiempo, para luego intentar salir en barco hacia Venezuela o
cualquier punto de la costa africana.

Los
dos jóvenes se abrazaron, no pasaban de los 22 años, lloraron como
cinco minutos sin soltarse, como si desde el 18 de julio hubieran
envejecido millones de años, el abrazo reparador envuelto en
lagrimas y sollozos les dio fuerzas para partir con una mirada
cómplice y libertaria.

-¡Salud
hermana! Nos espera un mundo oscuro pero la fragancia de la libertad
acabará inundando este paraíso invadido por lo peor de la especia
humana- dijo Gerardo y Dolores cerró el puño en señal de
despedida.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Manifestación obrera en Hermigua (La Gomera) en 1936
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