26 septiembre 2020
-Lo
fácil que sería tumbar este corrupto gobierno de los herederos de
Franco, que sencillo sería salir todos a las calles y no volver a
nuestras casas hasta que se marchen de España estos ladrones, ni su
policía represora y fascista podría detenernos, qué fácil sería
Teresita- dijo sereno en la cama del hospital del Sabinal Demófilo
Umpierrez a su nieta cuando lo fue a visitar aquel sábado
de enero.
-Abuelo
ya no es como antes, ahora la gente está dormida, casi nadie lucha,
esta gentuza del PP y del PSOE son la misma mierda, todo lo que hacen
es para beneficiarse y llenar sus cuentas corrientes de dinero robado
de las arcas públicas, los comunistas del PCE traicionaron y
firmaron la Constitución y se jodió la cosa, perdonaron a todos los
asesinos y torturadores fascistas con la Ley de Amnistía del 78 y
ahora lo que llaman democracia no es más que un montaje con unos
Borbones hasta el cuello de mierda, herederos del criminal general Franco-
le contó su nieta Teresa Cabrera en el oído del pobre Demófilo
entubado, con oxígeno y con el corazón latiendo pausadamente, como
si en cualquier momento pudiera detenerse para siempre.
Al
viejo le costaba hablar por el exceso de flema en sus pulmones y
garganta, tardaba en arrancar y decir lo que pensaba, Teresa lo
calmaba, le acariciaba su cabeza, su pelo blanco enredado olía a
medicinas, la nauseabunda fragancia del alcohol y el agua oxigenada
de los hospitales, de aquel rincón compartido con dos enfermos más,
un espacio para la muerte, la esquina de los desahuciados.
Desde
la otra cama otro señor mayor le sonreía, llevaban juntos casi
cuatro meses, la complicidad los delataba:
-A
por ellos Demófilo me cago en Dios, esta escoria no merece otra cosa
que la lucha armada, hijos de puta, que me
enfermaron tras toda mi vida trabajando en la cantera de San Lorenzo,
aquí estoy con un cáncer de pulmón por la mierda de los productos
químicos y el polvo de la toba basáltica de esos explotadores,
malditos asesinos- exclamó con una voz casi inaudible Diego
Sarmiento, vecino de El Saldo, obrero picador desde que apenas tenía
doce años.
-Si
nos dieran una metralleta a nosotros sabrían lo que es bueno estos
jediondos del gobierno, la juventud de hoy no tiene cojones y se deja
pisotear por un grupo de mafiosos que ocupan escaño en el
Parlamento- musitó como una letanía Pablo Mederos desde la cama que
estaba junto a la puerta, el paciente que nunca recibía visitas y se
entretenía hablando con las familias de los otros, lo sabía todo,
sabía que moriría en pocos meses por su avanzada cirrosis de
hígado.
Teresita
les llevaba chocolatinas, bombones, caramelos y se los daba a
escondidas, hasta cigarros para Pablo que se los fumaba con la
ventana abierta vigilando que no aparecieran las sanitarias:
-Si
tuviera treinta años menos te cortejaría hasta tu casa cada día y
sabrías lo que es un galán de verdad chiquilla preciosa- le decía
siempre entre risas Diego mientras saboreaba el chocolate Cadbury.
Aquella
habitación habilitada para la muerte emitía una especie de halo de
resistencia, una cuadrilla unida para la vida, con sus más de
treinta pastillas diarias, los pinchazos con las inyecciones de todo
tipo de líquidos inútiles que nos les quitaban el dolor, solo se
alegraban cuando venía la muchacha y les ponía música con su
pequeño radio casete, tangos de Gardel, la
voz inmensa y romántica de Javier Solis y sus “Sombras nada más
entre tu vida y mi vida”, la voz rota de Louis Armstrong y su «Whats a
Wonderful World», mientras los tres hombres sin destino movían sus
manitas en una especie de mágica coreografía inventada.

Las
canciones sonaban entre carcajadas roncas y desde fuera la
gente que pasaba se quedaba extrañada, alguna enfermera se sumaba a
la fiesta mientras metía morfina en las botellitas de suero, las
cortas tardes de sábado se tornaban cálidas cual selva guerrillera,
como si todavía existiera la esperanza.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Pintura de Vincent van Gogh 
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