1 octubre 2020

Periplo de la nieve

Primero
llegó Manuel Góngora al barroco café del barrio del Ostermalm en Estocolmo, el
majorero tomó asiento en la zona más alejada de la barra, en un rincón con una
mesita llena de periódicos y revistas, se quitó el abrigo y lo colgó en la
silla de al lado, limpiando antes los copos de nieve, frotándose las manos,
recuperando el calor con la calefacción de aquel humilde lugar.

Al rato se
abrió la puerta y la vio entrar con un gorro de piel, un abrigo negro que le
quedaba grande, observó el brillo de sus ojos, su radiante rostro, era la María
de siempre, María del Carmen Hernández ¿Cuánto tiempo habría pasado? Tantos
años de ausencia.

Ella fue
directa a la mesa, Manuel se levantó y se fundieron en un abrazo muy largo,
sintió su olor, el mismo de aquellos años en Valverde antes del estallido,
antes de la sangre, antes de la masacre, antes del genocidio.

Tenía
arrugas en los ojos:

-El tiempo
no perdona querido hermano, camarada, ha sido muy duro el periplo- dijo ella
mientras se quitaba el abrigo y debajo un jersey andino de lana de alpaca.

Tomaron
asiento, vino la camarera, una chica rubia con los ojos azules, les habló en
sueco, el contestó pidiendo un café solo para el y para ella una infusión de
menta con unas galletas rellenas de nata y fresas:

No se habían
visto desde febrero de 1938 en Madrid, cuando tuvieron que separarse ante el
avance fascista, ella para Valencia, él para Zaragoza, hasta que ambos cruzaron
la frontera por distintos puntos entre el Pirineo aragonés y catalán, luego la
resistencia en Francia contra los nazis, los dos separados, tan distantes cada
uno en su lucha que los dos pensaban que el otro, que la otra ya había muerto
como pasó con tantos españoles, con tantos canarios que optaron por la defensa
de la libertad hasta la victoria o la muerte.

Por
casualidad en el exilio sueco alguien le dijo a Maricarmen que Manuel vivía en
el barrio de Avenyn en Gotemburgo, consiguió su teléfono y lo llamó, no estaba
y recibió el recado cuando llegó del trabajo de Agnetha su esposa, el corazón
se le aceleró, tuvo que sentarse en el viejo sillón de los abuelos, no se lo
creía, no imaginaba que también hubiera sobrevivido a la guerra y a los
horrores de los campos de concentración en Polonia.

Se miraron
en silencio un buen rato, se tomaron de las manos muy fuerte, los ojos de María
seguían igual de lindos, color miel con un tono verdoso, sonreía, así
estuvieron un largo instante que se hizo eterno, hasta que ella comenzó a
hablar, le contó los momentos de la huída de España tras la derrota en Madrid,
las aberraciones en el campo de Birkenau, como llegó a pesar solo treinta
kilos, las veces que se creyó muerta y cada mañana volvía a abrir los ojos, la
fila diaria de seres humanos que iban a ser exterminados, familias enteras con
niños, ancianos, mujeres y hombres que avanzaban lentamente en la fila hacia
las cámaras de gas para ser ejecutados.

No se
soltaban las manos, el le habló de la cárcel en Francia, de las torturas, de
los años en el campo de Belzet, la misma angustia, el mismo dolor, la misma
muerte, el mismo sufrimiento.

Ambos
rondaban los sesenta en aquel momento, eran chiquillos cuando salieron de El
Hierro en el barco de pesca de Santiaguito Chinea “El Gomero”, la suerte que
tuvieron de conocer a la mujer que llevaba la oficina de la empresa inglesa de
tomateros para poder escapar de la tortura y la muerte de las brigadas
falangistas del amanecer en Canarias.

Luego
hablaron de cosas banales, de los hijos, del exilio, de España, de las veces
que habían pensado volver y hacer trabajo clandestino, pero los enormes obstáculos
que a veces ponía el propio PCE de Dolores Ibarruri y Santiago Carrillo, los
camaradas muertos, la lista interminable, innombrable, era imposible recordarlos
a
 todos, hasta que decidieron guardar
silencio, en la ventana se estrellaban los copos de nieve, no se comieron
ninguna galleta, en la radio sonaba una vieja canción en inglés, parecía de
Sinatra, las manos siguieron unidas, los ojos húmedos por lágrimas ancestrales
que esperaban el momento justo para brotar, el calor de la tierra isleña en su
corazones destrozados.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Síguenos y comparte:
error12
Tweet 20
fb-share-icon20