29 septiembre 2020

Pintando esperanza en la Casa del Niño

Una
vez asesinaron a mi tío Braulio, el bebé de cuatro meses en su cuna, y que posteriormente fusilaran a mi abuelo Francisco en La Isleta, se llevaron a mi padre y
a uno de sus hermanos para ingresarlos en la Casa del Niño, la residencia que
montó la dictadura fascista en Las Palmas para “adoctrinar” a los hijos de los
fusilados y desaparecidos en toda la isla de Gran Canaria.

El
viejo, ahora con 91 años, todavía sin poder recuperar los restos de su padre de
la fosa común del cementerio de Las Palmas, me cuenta como se le vino el mundo
encima cuando lo sacaron en aquel coche negro, inmenso, con sillones de cuero
marrón de su humilde casita en Tamaraceite, su hermano Paco lloraba sin parar, el
traslado por la carretera general hasta el barrio de San José, donde lo
esperaban en la puerta varios falangistas muy jóvenes, vestidos de azul,
correajes y pistola al cinto, junto a cinco monjas con hábitos negros que los
metieron en las oscuras y siniestras dependencias.

Mi
abuela Lola sabía que allí se robaban y vendían niños a familias con dinero
vinculadas al nuevo régimen fascista, por eso se pasaba varios días a
la semana y se quedaba sentada enfrente vigilante, esperando que sacaran a sus
hijos en cualquier momento hacia un destino desconocido.

Lo
que sucedió dentro en todos esos años es muy largo de contar, se puede
sintetizar en la profundidad de los ojos de mi padre, allí habita todo ese
recuerdo. Los sentimientos de los niños secuestrados por aquella marabunta de
asesinos, la soledad, la oscuridad de las literas, los abusos sexuales por
parte de los curas pederastas, el maltrato generalizado, la ausencia de
referencias familiares, el castigo, el rezo, el miedo al diablo, la
culpabilización y el alejamiento de un antiguo universo de amor y cariño.

Ahora
tantos años después este recinto del horror nacional católico está abandonado,
ruinoso, en manos de un patronato de los de antes, de los creados por la
sanguinaria dictadura para administrar todo ese patrimonio del dolor.

Un
Comité Popular, integrado por decenas de personas y colectivos conscientes,
quiere que este espacio se recupere para el pueblo, que tenga un adecuado uso
sociocultural, que sus paredes oscuras se llenen de colores, de participación,
de música, de teatro, de danza, de pintura, de cerámica, de cultura popular
para todas y todos, de talleres donde las niñas y los niños puedan escuchar
cuentos, disfrutar, corretear, jugar, arrancar y destruir sin saberlo cada
gramo de tristeza que habita los rincones indescifrables de esta casa de la
muerte.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Ruinas de la Casa del Niño (ALEJANDRO RAMOS)
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