28 septiembre 2020

Profético silencio

Se
le fue la vida pero lo sabía tantos años antes, que la naturaleza
era implacable cuando llegan los años del deterioro, de la
enfermedad, supo que ya no la vería más, que todos aquellos olores,
sensaciones, canciones, imágenes inolvidables jamás volverían, la
muerte vino y se llevó todo, hasta la memoria y los instantes
dulces, risas de bebé, momentos tan lejanos que se acumularon
desvelando hasta el rincón secreto de las caricias.
Luján,
como le llamaban en la Federación Obrera, nunca se rindió, tuvo la
oportunidad de escapar en un barco francés una noche de diciembre
del 36 desde el Puerto de Las Palmas, pero decidió quedarse y luchar
en la clandestinidad, recorrer la isla a pie, por los parajes que
casi nadie conocía, escrutando la posibilidad de organizar la
resistencia, mientras miles de hombres eran asesinados por los
fascistas en cada rincón del archipiélago de la muerte.
En
el barranco de Moya olía a Romero y tierra embarrada, se le
enterraban las alpargatas de jornalero, cargado con la mochila
militar republicana no paraba de caminar durante toda la noche,
refugiándose por el día de los miles de ojos que vigilaban, que por
colaboración o miedo delataban todo lo que se saliera de lo normal.
Cualquier
hombre andando en pleno día generaba toda las sospechas de un pueblo
amedrentado, por eso antes de que amaneciera Pablo Luján se refugió
en una de las cuevas aborígenes cerca de Azuaje, todavía quedaban
algunos lebrillos de barro, los restos fecales de las cabras, dos
garrotes de salto ocultos en un rincón de la caverna.
Allí
durmió y soñó con el instante de la muerte, se vio de repente en
una cama de hospital donde las enfermeras hablaban un idioma
desconocido, pero le acariciaban la frente con miradas dulces y
cómplices, en el mismo sueño debatía consigo mismo sobre las
posibilidades de salir vivo de aquel laberinto insular.
Le
vino el cariño de seres que todavía no habían nacido, de una nieta
maravillosa estudiante de derecho, enemiga de las injusticias
sociales, luchadora en unos tiempos modernos desoladores, donde gran
parte de la clase obrera votaba por las derechas, por los mismos que
masacraron a todo un pueblo para imponer el fascismo.
El
silencio de la cueva y el agua corriendo hacia el mar del norte le
hicieron dormir profundamente, soñaba, no paraba de soñar y ya no
era capaz de saber si estaba despierto o dormido, si vivía en el
pasado, en el presente o en un futuro tan desconcertante como los
tubos inyectados en las venas de sus brazos.
Despertó
o quizá siguió dormido, cuando alguien le tocó el hombro con mucha
suavidad, era una mujer mayor con un rostro que no era de ese tiempo,
los ojos grises, abrigada con unas pieles de cabra y un collar de
caracoles marinos:
-Hermano
no debes temer porque todo acaba por volver al principio, es así el
sino, hasta el mar recupera lo que le robaron con el paso de los
siglos, estate tranquilo, descansa y déjate llevar por la paz del
oráculo, descansa, ya luchaste bastante, lo diste todo por tu gente
como tantos guerreros que ya son parte de la materia de esta isla, de
la lava de sus volcanes, del calor de la tierra vencida pero que
renace desde la profundidad de las conciencias- dijo la mujer
desvaneciéndose entre las rocas de toba basáltica que daban cobijo
al luchador.



Luján
se dejó llevar y se fue entre rostros bondadosos, familiares, de
seres que parecía conocer desde siempre aunque nunca los hubiera
visto, una paz infinita lo inundó y ya no tenía sentido lo
material, ni siquiera el miedo, nada más que un latido de sueños
imposibles, de compromiso con la santa profecía. 

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