29 septiembre 2020

¡Quiero a mi niño que me lo robaron!

Lo
primero que le dijeron a Juana Naranjo después de nacer su bebé es
que tenían que llevárselo por haber nacido con graves problemas, la
muchacha de Tenoya estaba demasiado débil para no pasar de algunos
lamentos y llantos, quería abrazarlo, besarlo, sentirlo sobre su
pecho, pero no era posible la monja se lo llevó envuelto en una
sabana a otra de las dependencias del siniestro Hospital San Martín,
gestionado por un cabildo faccioso, presidido por un falange y
terrateniente muy conocido y temido llamado Matías Vega Guerra.

Pasaron
las horas y no había noticias, Antonio Mederos, obrero panadero en
Bañaderos, marido de Juana, la consolaba con cariño, le decía que
estuviera tranquila que seguro lo estaban atendiendo bien y que se
recuperaría, pero ella no se lo creía, vio caras raras entre las
parteras, en el médico ginecólogo y falangista, Luis Alonso, el
instinto maternal le decía que algo no encajaba en todo aquello,
porque el llanto inicial del niño todavía con el cordón umbilical
parecía sano, respiraba bien, pero se lo quitaron de los brazos, no
tuvo tiempo ni de verle la cara al angelito.

Al
rato vino el médico para comunicarle con gesto serio el
fallecimiento del bebé, “nació muerto” dijo, pero la mujer se
incorporó gritando diciendo que ella “lo escuchó llorar y
respirar”, Alonso le recriminó que levantara la voz.

-¡Cállese
cojones! Está usted ante una autoridad. Le he dicho que nació
muerto, además era un monstruo por lo que es mejor que ni lo vean-
Bramó con muy mala cara, el mismo rostro
criminal
de los que habían asesinado a más de cinco mil canarios en pocos
años desde el golpe de estado del 36.

La
mujer se derrumbó agarrada por su marido, las monjas entraban y
salían y se miraban con asombro y miedo ante los gritos del médico
que salió de la habitación como una exhalación, afuera estaba otro
fascista de Firgas de la familia de los Guerra, de nombre Francisco,
que junto a un cura sacaron al niño a la calle donde esperaba un
coche muy grande de color negro, entraron rápido, la gente que
pasaba se quedó parada con la cabeza gacha por miedo, una escolta de
falangistas armados cortó el paso a los peatones.

El
auto partió a toda velocidad hacia el norte de la isla por Tamaraceite a la mansión de los Rosales,
donde tenían a una criada muy joven que acababa de dar a luz en el
barrio del Trapiche.

-Que le dé mamar esta puta desgraciada, déjenlo con ella un rato, ahora
vienen los señores de Tenerife, que se siente en la cama- Dijo
Guerra con muy malos modos a los criados que esperaban como ya era
muy habitual un nuevo bebé para su venta.

En
el hospital Juana no paraba de llorar, “quiero a mi niño, quiero a
mi niño, quiero a a mi niño que me lo robaron” decía, entre las
carreras de las monjas y la llegada del ginecólogo Alonso con una
inyección que le puso en una de sus nalgas, quedando al momento la
mujer derrumbada, inconsciente, al marido lo habían echado del
hospital, esperaba en la Plaza de Santa Ana con el alma destrozada,
sin entender nada, vigilado de cerca por dos guardias civiles.

Varias
horas después llegaron dos coches a la hacienda de los Rosales, en
el primero venía una señora mayor con
chófer,
muy bien vestida y con un gorrito estilo inglés, en el otro coche
dos hombres corpulentos con uniformes azules, el yugo y las flechas
en el pecho.

Francisco
el de Firgas los esperaba con el bebé en los brazos de la muchacha
que le estuvo dando de mamar para tranquilizarlo. La dama de la
nobleza tinerfeña cogió al niño en brazos, le abrió la boca, le
miro los genitales, “es macho” dijo, “parece fuerte”.

-Claro que si, el padre es luchador muy conocido en el norte de Gran Canaria, la
madre está muy sana y es joven, no más de veinte años- Dijo
Guerra con mucho respeto a la mujer compradora que sacó un fajo de
billetes y sin contarlos se los entregó al fascista, el falangista
los miró un instante y se los metió en el bolsillo de la chaqueta,
el cura asentía y sonriente daba bendiciones con la mano derecha.

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