26 octubre 2020
Los
niños estaban fuera en el salón, dentro Juan Carlos y Marisa hablaban de la
orden de desahucio, al día siguiente vendrían los agentes judiciales y la
policía para que abandonaran la vivienda, por lo que tenían que preparar cuanto
antes las maletas y bolsas con toda la ropa y los objetos personales. La pareja
era consciente de que ya era imposible una salida y todos los recursos estaban
agotados, ni siquiera en la PAH se podía hacer nada ante la contundencia de las
resoluciones de la jueza, solo montar algún ruido si ellos querían, realizar
una concentración de gente solidaria en la puerta de la humilde casa del barrio
de Tamaraceite en la isla de Gran Canaria.

La
desolación en aquel hogar era terrible, los niños de 7 y 4 años, Bentor y Jonás,
notaban la ansiedad, el miedo de sus padres, ambos en el desempleo desde que
comenzó la crisis de la construcción y todo se vino abajo, sus ilusiones, la
compra de esa casita con terreno en el barrio de La Milagrosa, con la idea de
dedicarse a la agricultura, tener varias cabras para hacer queso con su leche,
una docena de gallinas ponedoras para consumo propio, un lugar mágico para la
esperanza.

Marisa
sabía que les quitarían a los niños, no se lo había dicho a Juan Carlos,
conocía su carácter y sabía que podía estallar y cometer una locura, que jamás
consentiría que lo separarán de lo que más quería en el mundo, la idea era
tratar de que no se
  los llevaran al
centro de menores, pero ya le dijeron en servicios sociales que sería
imposible, que si iban a dormir en la calle los chiquillos estarían bajo
responsabilidad del estado.

Esa
noche de febrero sellaron aquel pacto, fue en el preciso instante en que los
pibes se durmieron, cuando la pareja decidió tomar esa determinante decisión,
recogieron lo justo, solo dos mochilas, un carrito de bebé adaptado a la
paraplejia del más pequeño, no tenían dinero para una silla de ruedas, en la
seguridad social se eternizaba aquella justa demanda.

Eran
las cuatro de la mañana cuando salieron a la calle, Jonás dormía en la sillita,
Bentor cargaba con un pequeño bolso de deportes con los juguetes que lograron
rescatar, Juan Carlos se quedó dentro, la casa solitaria en medio de aquella
urbanización inacabada, sin casi vecinos, solo algunas grúas, varios camiones y
algunos tractores aparcados, quietos como monstruos dormidos, en espera de que
llegara el bullicio de los trabajadores de la constructora, el cartel del BBVA
presidía la entrada del barrio, era el banco que los iba a desahuciar,
simplemente por no poder pagar la abusiva hipoteca, aquella estafa que le
hicieron en los años del boom inmobiliario, cuando casi les pusieron una
alfombra roja para que firmaran su anunciada sentencia de muerte.

El
hombre roció metódicamente con gasolina cada rincón de la casa, incluso los
muebles viejos que no podían llevarse, hasta la cómoda de más de cien años de
madera de tea que heredaron de sus bisabuelos.

Luego
en la misma puerta prendió una mecha elaborada con hojas de periódico y todo
comenzó a arder, un fuego reparador, que calentaba el inmenso frío de aquella
nueva injusticia: “Ellos son los terroristas”, dijo con voz rota Juan Carlos,
“ellos nos han desgraciado la vida con sus estafas y mentiras”, los niños miraban
con los ojos brillantes, muy asustados, Marisa se quedó sentada en el bordillo
de la acera con la cabeza entre las manos, era una imagen surrealista, allí los
cuatro, tan solos en la inmensidad de aquel barrio prefabricado, entre material
de construcción, mientras a lo lejos, por la circunvalación, se escuchaban las
sirenas de policías y bomberos, la casa ardía, todo ardía hasta la tristeza, un
fuego rojo como la sangre, Juan Carlos y Marisa de la mano, los niños callados,
mirando todo, la policía nacional los esposó violentamente, al hombre con una
rodilla en la espalda entre golpes en su cabeza con la porras, Jonás lloraba:
“No me quiten a mi mamá”, “No le peguen a mi padre”.

La
madrugada se diluyó, alguien de la constructora evaluaba los daños con gesto
muy serio y enfadado, la casa se derrumbó por el calor, los bomberos tardaron
varias horas en apagar los restos de ceniza, la pareja fue detenida, los niños
llevados al centro de menores de Tafira, la venganza estaba consumada, el aire
del norte elevó los restos de aquel polvo negro, la ciudad era sembraba de
rebeldía, un olor a victoria inundó aquel inmenso silencio, los periódicos no
dijeron nada, alguien habló en la radio de un incendio provocado, la policía de
terrorismo, la jueza de años de cárcel, Juan Carlos y Marisa cumplieron la
heroica promesa, solo quedaba reparar, renacer.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/


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