21 septiembre 2020

Residencia en el viento

Los jefes falangistas grancanarios, Enrique Tadeo y
Borja Barber, decidieron a la cuarta copa de ron aldeano comenzar la nueva
sesión de tortura, hacía rato que no se escuchaban gritos y alaridos en el
centro de detención de la calle Luis Antúnez, ya tenían toda la información
necesaria extraída en los brutales interrogatorios, no era esa la cuestión,
ahora se trataba de sadismo, de maltratar hasta la muerte a mujeres y hombres
inocentes.

En la reducida estancia había un hombre y una mujer
colgados por las piernas, sin ropa, bañados en sangre, mientras un tipo gordo
les golpeaba con una vara de acebuche, la mujer ya no gritaba, tenía los ojos
abiertos, parecía mirar a un punto indeterminado, el hombre gemía de dolor, los
dos fascistas comenzaron a darles puñetazos como si fueran sacos de boxeo, el
cuerpo inerte de Felisa Mayor rebotaba contra la pared.

–Está muerta esta hija de puta, -dijo Barber, mientras
apuraba la botella de ron-

Tadeo no se podía aguantar, sus carcajadas
traspasaban los muros, llegaban a la calle por donde pasaban varios niños con
sus madres, venían de misa, las dos mujeres apuraron el paso, no contestaron a
las preguntas de los menores, aquellos inocentes que no entendían aquella
mezcla de alaridos de dolor y risas desaforadas.

Entraron cuatro uniformados con una carrucha,
desataron a la joven republicana y la cubrieron con unos sacos de guano,
sacándola para arrojarla sobre el resto de cadáveres que estaban en la
habitación contigua. El lugar desde donde los sacarían esa noche en alguna
camioneta para desaparecer sus cuerpos. Estaba todo premeditado, organizado
hasta el último detalle desde meses antes del golpe de estado de julio del 36.

Pedro Manuel Quesada estaba a punto de morir, ya no
resistía los golpes, la vara de aquella madera dura y noble se le incrustaba en
la carne, casi no quedaba lugar donde azotar. El jornalero y sindicalista de La
Isleta notaba como la nuca se le estremecía, percibía una sensación de paz
entre tanto sufrimiento, el paso previo al nuevo viaje, los ojos se le cerraban
y solo escuchaba las voces borrachas de los dos fascistas, una especie de
charla incoherente, basada en insultos y humillaciones mientras acababan con su
joven vida.

Cuando llegó el capitán madrileño de artillería,
Oscar Samper, los dos jefes falangistas estaban dormidos en el suelo abrazados
al cadáver de Pedro, olía fuertemente a vísceras, las tripas del muchacho
enredadas en el cuello y los correajes de Tadeo. El oficial se tapó la boca con
un pañuelo para evitar vomitar, les dio varias patadas a los falanges que se
levantaron tambaleándose.

–¿Este es el ejemplo que dais panda de cabrones?
Podéis matarlos pero al menos no os emborrachéis hijos de perra, ni os
revolquéis en la sangre-

Al momento como reclamo a los gritos del militar
aparecieron varios requetés que fueron recogiendo todos los cuerpos,
metiéndolos en un vehículo uno por uno, como treinta hombres y dos mujeres,
gente joven en su mayoría, solo una persona mayor, Esteban Sosa, maestro de
escuela anarquista del barrio de San José.

Prestos arrancaron, mientras Tadeo y Barber
vomitaban la borrachera, avanzaron por la calle del dolor hacia el sur de la
isla, dejando un reguero de sangre, una marca roja, una especie de rastro
indefinible hacia un lugar remoto, allá donde reside la dignidad jamás vencida.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Ilustración de Carlos Alonso, en Juan Gelman, 
Bajo la lluvia ajena
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