30 septiembre 2020

Resistencia en el infinito de la oscuridad

-Separatista
cabrón te voy a abrir la cabeza- le dijo el falangista tinerfeño Heliodoro Conejo
al joven teldense Juanjo Ojeda, cuando lo llevaba preso al centro de detención y
tortura del barrio de Arenales.
El muchacho
de dieciocho años fue detenido en Casa Pastores esa misma madrugada, lo sacaron
a la fuerza de su casa, escuchó los golpes y los gritos cuando dormía
profundamente, al rato lo metieron en un camión del Conde repleto de hombres
detenidos de toda zona sureste y sur de Gran Canaria, se encontró con
compañeros del sindicato de Tunte, Juan Grande, Cercados de Araña, Ingenio, Agüimes,
Arinaga, todos atados, sentados en el suelo, con muchas magulladuras y heridas
por los constantes golpes de los fascistas.
La
improvisada comisaría estaba repleta de uniformados, falanges, guardias
civiles, guardias de asalto, tipos vestidos de civil con varas de acebuche en
las manos azotando a los recién llegados, insultando, amedrentando a quienes
habían traído a la fuerza desde los más remotos rincones del territorio
insular.
A Juanjo lo
metieron en una sala donde había un hombre mayor colgado por las piernas boca
abajo, se estaba desangrando por las profundas heridas generadas por la pinga
de buey, lo miró un instante, le sonó su cara y al rato supo que era Juan Pérez
el maestro de Mogán, militante anarquista de la CNT, muy querido por los
vecinos de este pago, por las niñas y niños, a los que ofrecía una educación
liberadora, siempre en la naturaleza, en las montañas, en las playas más
remotas, tratando al alumnado con un cariño desconocido hasta esos años de la
incipiente República.
Dos de los
torturadores salieron un momento por que se formó una pelea en otra de las
salas, don Juan se le quedó mirando, los ojos vidriosos, rojos, tras varias jornadas
ininterrumpidas de todo tipo de vejaciones:
-No les
ruegues, no te quejes, no les llores, no les des ningún dato de los compañeros,
te va a doler mucho, vas a sufrir lo que nunca has sufrido, pero piensa en esos
instantes en los mejores momentos de tu vida, en tu infancia, en el cariño de
tu madre, en las mujeres que has amado, pero no te hundas, no les des el placer
de verte llorar, porque ya estamos muertos, ni tu ni yo vamos a sobrevivir,
hagas lo que hagas, digas lo que digas nos van a matar de la misma forma- dijo
el viejo maestro antes de que volvieran a entrar los verdugos.
A Juanjo lo
dejaron en un rincón de la siniestra habitación, para seguir golpeando al
docente, los torturadores ya no preguntaban nada, solo le pegaban tan fuerte
que la carne y la sangre salpicaba contra la pared.



En unos
minutos el hombre colgado dejó de respirar, exhalo todo el aire que llevaba en
los pulmones, no le quitó la mirada a los ojos desalados del muchacho, mostraba una leve sonrisa.

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Pintura página «Verdad Histórica»  guerra interna en Perú
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