3 julio 2020

Santa Rosa de Lima

Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela.
Gabriel García Márques
Vivía mis primeros años de vida rodeado de cariño, de flores, de perros cariñosos que te lamían para mostrarte su amor, con varias madres y padres al vivir juntos abuelos, hijos y nietos. Un mundo maravilloso de cuentos, de fantasía, de cantos de grillos y pájaros a la luz de la luna. Un lugar sin violencia, sin gritos, de paz y armonía, donde mi abuelo freía papas por las noches y se echaba los rones con sus amigos y familiares, entre charlas de política, futbol y música de antiguas emisoras de radio.
Al cumplir los 4 años mi familia decidió que tenía que ir a la escuela, comenzar a estudiar, a formarme para la vida. Decidiéndose en principio por una escuelita de preescolar en La Montañeta de Tamaraceite, un humilde colegio en una cueva de este antiguo poblado troglodita de los antiguos aborígenes de las Islas Canarias. Curioso pensar que en esa misma cueva desarrolló su vida otro pueblo, otra cultura que nada tenía que ver con la nuestra, una cultura más cercana a la madre tierra, a la naturaleza, al cosmos que todo lo invadía en los cielos limpios de estas castigadas islas atlánticas.
Allí aprendí las primeras letras del abecedario, los primeros números, una formación rudimentaria pero que servía para comenzar a saber algo del mundo. Tengo todavía el recuerdo en mi mente de los primeros amores infantiles, una niña que me miraba, que sonreía, que se sentaba a mi lado y los dos juntos iniciamos este camino de la formación. ¿Quien sabe donde estará ahora aquella compa de juegos? Ni siquiera recuerdo su nombre. Solo me queda un recuerdo lejano y tierno de unos cuatro años perdidos en el tiempo, en nebulosas dulces que casi parecen habitar en los sueños.
Con cinco años mis padres trataron de hacer un esfuerzo para que tuviera una educación que marcara mi vida, que me formara, que me hiciera un niño-hombre de provecho. Decidiéndose por un colegio privado, no muy caro, pero que suponía un esfuerzo para cualquier familia obrera. A pesar de su honrada pobreza me matricularon. Ahí comenzó el infierno.
Recuerdo el primer día obligado a entrar en un micro entre lagrimas, llantos por sacarme de mi pueblito, de un universo que amaba, comprobando como ya en ese transporte con bancos de madera, sin ninguna seguridad en caso de accidente, gobernaba un chofer con cara de asesino a sueldo, que si hablabas o jugabas con tus compañeros te apuntaba en una lista negra de castigo, que era entregada al llegar al destino en la calle Triana de Las Palmas de Gran Canaria, al director de ese templo de terror llamado Colegio Santa Rosa de Lima, un hombre gordo con cara de pocos amigos, que olía siempre a una colonia extraña, desagradable, siempre con gesto de enfado y unos ojos que te penetraban si sonreías o hablabas con un compañero.
Mi primer día fue de miedos terribles, al comprobar que ese colegio era un lugar de gritos, de palizas con palos o palmetas. Un recinto de pena, con niños y niñas arrodillados en los pasillos cara a la pared, gritos de lamento, llantos y miedo, mucho miedo, un miedo que se respiraba en el ambiente, que se palpaba, que se olía, que traspasaba y destrozaba todo el amor que un niño de cinco años podía haber recibido en su hogar.
Todo ese cariño se convirtió de repente en terror, en palizas, en golpes en la cabeza, en humillaciones si no te sabías algo, con profesores, por llamarles de alguna forma, que se burlaban de ti ante los compañeros, que te utilizaban para hacer reír a la clase, humillando, siempre humillando si te equivocabas, gritándote si fallabas, generándote una inseguridad y unos miedos que en muchos casos hicieron mella en la vida de muchos de nosotros.
Allí en aquel recinto siniestro pasé ocho años de mi vida entre palizas, gritos y angustia. Allí no se cantaba el fascista Cara al Sol, pero había otro tipo de terror, un terror que impregnaba los pasillos, las clases, los lavabos. Llegué a ver a una compañera de Tamaraceite que pedía ir al baño y este inmundo director se lo negaba, le decía que esperara a que acabara la clase. Ella insistía que no podía aguantar, pero llegó un momento que no podía más y se lo hizo encima, instante en que el supuesto educador tuvo el vegonzoso arranque de tomarla por los pelos y decirle que ahora lo limpiaba con la lengua, pegándole, humillándola entre los gritos y llantos de esta pobre niña.
Recuerdo mis malas notas, mis suspensos, las constantes humillaciones de profesores, como un tal Antonio que daba ingles y que te golpeaba la cabeza violentamente contra la pizarra si pronunciabas mal, ridiculizándote constantemente. El propio director y sus terribles palizas al que todos conocían por D. Manuel, «La masa» o «El malmo» como le llamábamos los compañeros, cuando hablábamos en voz baja asustados, siempre mirando alrededor por si aparecía de repente y nos golpeaba con sus enormes manos o con los palos.
Me acuerdo de alguna profesora buena que llegó de rebote a aquel centro educativo, como la Señorita Nina y otras pocas con las que en pocos meses sacábamos sobresalientes, simplemente porque nos trataban con cariño, porque hacían de la educación algo divertido, misterioso, entrañable. Precisamente estas buenas docentes de alguna forma eran despedidas, no duraban casi nada, seguramente porque en aquel lugar de miedo y violencia no interesaban educadores con conciencia y con un planteamiento educativo humano y solidario.
Se podría contar mucho más, muchas aberraciones, palizas, siempre las humillaciones, el hacerte sentir inseguro, ridículo, a veces rondar por tu cabeza la posibilidad del suicidio, tirarte por la ventana y caer en medio de una calle Triana por donde todavía circulaban los coches. Pero creo que es mejor dejarlo aquí, que quede constancia de que ese colegio era un lugar de terror, donde maltrataban a niños y niñas inocentes, donde mentían a nuestros padres, donde te condenaban a un fracaso escolar premeditado, donde a muchos nos marcaron y traumatizaron de por vida, costándonos mucho salir y poder estudiar, comprender que la educación es algo necesario para mejorar nuestras vidas, para cambiar el mundo, para liberar conciencias.
Aquí les dejo esta pequeñita parte de mi vida, el relato de alguien que un día fue un niño sin maldad, que se vio de repente solo, golpeado, humillado y ridiculizado por personajes sin escrúpulos, por educadores de la maldad, de la oscuridad más lúgubre y siniestra. Una parte de mi que sigue presente y que a veces me llega en forma de inseguridad, de miedos desconocidos, seguramente incrustados en alguna parte de mi subconsciente.
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