18 septiembre 2020

Savia roja en las venas centenarias

Con el corazón roto de tristeza cayó al suelo
acribillado a balazos, su sangre regó el suelo arcilloso del bosque de
Tamadaba, penetró en la tierra y el viejo pino percibió el líquido rojo en sus
profundas raíces. No era como el agua fresca de la escasa lluvia, más bien un
abono con vida, notaba su calor, las millones de células que navegaban en aquel
fluido atemorizado, todavía impregnado del terror de último momento de la
muerte.

Recorrió la savia, subió por el inmenso tronco hasta
los lugares más remotos del árbol gigante, sus ramas, los piñones, las
acículas, solo tres, lo que lo diferenciaba de otras especies del planeta, además
de su resistencia al fuego, el don mágico tras años de evolución en aquella
tierra canaria forjada entre volcanes.

El cuerpo del sindicalista galdense de la Federación
Obrera, Juan Carlos Domínguez González, fue abandonado por los falangistas, no
lo enterraron como hacían habitualmente con todos los asesinados en cualquier
fosa, era muy grande la borrachera de ron de caña de los fascistas, venían de
Artenara de violar hasta la muerte a las hijas de Luiso Luján, antes de
arrojarlo vivo por el acantilado de Punta Faneque.

La digna putrefacción fue acogida por el viejo pino,
era como la de otros animales, solo percibió algo distinto en la composición
del abono, se notaba que no comía carne cruda, que no se alimentaba de la
hierba fresca como las cabras y ovejas que a veces se quedaban inertes sobre la
fina hierba, entre las jaras, retamas y el tomillo salvaje endémico de aquel
bosque ancestral.

Veinte años después llegaron los taladores del
Cabildo presidido por el franquista, Matías Vega Guerra, cortaban con sus
hachas los árboles más antiguos para plantar exiguos arbolitos, una labor de limpieza
dirigida por hombres bien vestidos que llegaban en coches negros, vehículos
parecidos a los que usaban los falangistas para asesinar y desaparecer a miles
de hombres y mujeres desde el año 36.

Entre los hacheros venía el que disparó en la nuca
del obrero Domínguez, ahora no llevaba uniforme, solo un mono azul, se paró un
momento junto al gigantesco tronco, parecía recordar lo sucedido aquella noche
del año 37. Se quedó mirando el suelo inundado de vegetación, de flores
primaverales, el barro húmedo que un día acogió la sangre inocente.

El falangista dio la orden de talar al gigante que
ya crecía cuando los indígenas recorrían los parajes recónditos del territorio
insular, los hombres le atravesaron sus entrañas, tardó varias horas en caer,
se resistió aferrado a la tierra que tanto amaba, se agarraba con sus profundas
raíces hasta que cayó al suelo, generando un estruendo más ruidoso que millones
de años de crecimiento de bosques enteros.

Se hizo el silencio, los hombres agotados se sentaron
y vieron salir de la solida madera un manantial de savia roja que penetraba la
tierra, el aire olía a romero, la niebla subía desde el Valle de San Pedro,
convirtiendo aquel pequeño pedazo de la Tierra en un territorio de magia y
enraizada memoria.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Restos del pino (Pinus Canariensis) de Pilancones en la isla de Gran Canaria
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