29 septiembre 2020

Serenata diurna en pozo Tenoya

María
Melián, se acercaba al pozo de Tenoya todos los jueves por la
tarde, llevaba flores, los claveles rojos que recogía en el jardín
de abuela Pinito Mejías en La Milagrosa, andaba por las montañas,
atravesaba el frondoso bosque de acebuches entre los parajes remotos
de Chanica y Marcuervo, para subir la montaña que olía a flores de
lavanda, hasta llegar al lugar solitario, donde todavía en aquellos
años 60 había peligro si te veían rondar por el profundo lugar del
exterminio.

Recordaba
las conversaciones interminables de su abuelo Antonio en el patio de
los dragos, cuando le hablaba de los explotados de la tierra, del
inmenso sufrimiento de la clase trabajadora bajo el yugo de una
oligarquía criminal, la mirada dulce de aquel hombre que marcó su
vida, que la enseñó a ser respetada, a no agachar la cabeza ante
nadie, ni siquiera a quienes comenzaron a matar desde el golpe
fascista del 36.

Estaba
segura que estaba en el fondo del siniestro agujero, desde la
madrugada que se lo llevaron entre cuatro hombres de su casa, que uno
de los que por pura suerte había logrado evitar el tiro en la nuca
lo había dicho, que ese rumor corría de boca en boca en muy baja
voz, que se libró porque entre los asesinos había un conocido,
alguien que pudo evitar su seguro asesinato, dejándolo marchar
corriendo por la ladera hasta la profunda cueva aborigen de La
Montañeta en Tamaraceite.

La
muchacha se sentaba al lado de la boca del pozo, recordando a su
querido abuelo, el sindicalista, conocido por sus luchas libertarias
en las fincas del Conde en el sur de la isla, la organización de las
huelgas contra unas condiciones laborales que rozaban la esclavitud,
por una jornada laboral de ocho horas, la abolición de los abusos
sexuales de los patronos y encargados sobre las aparceras, los
derechos sociales pisoteados por una patronal sanguinaria que no
esperaba la rebelión de los oprimidos:

-Por
eso lo odiaban tanto- pensaba María.

-Jamás
pudieron perdonarle su rebeldía- hablaba en silencio, sin poder
olvidar a quien fue tan importante en su vida, desde la noche del
accidente de sus padres cuando en el invierno del 34 se los llevó la
riada del barranco de Tirajana dejándola huérfana.

A
veces el pozo pareciera que hablara, ella escuchaba un rumor
imposible, varias voces que conversaban de la próxima acción
revolucionaria, se podía respirar una normalidad invisible que venía
de las profundidades del abismo, como si no estuvieran muertos, como
si los tiros en la nunca, uno tras otro, arrodillados, humillados,
torturados, las risas de los falangistas, las botellas de ron para
relajar el alma antes de cometer aquellas atrocidades.

María
los imaginaba juntos entre el lodo, sentados en corro, elaborando el
nuevo manifiesto para la próxima huelga, como si estuvieran en el
viejo local de Bordón en el Carrizal de Ingenio, le costaba imaginar
su muerte, que jamás podría ver a su abuelo, a los compañeros de
Arucas y Agaete, los sentía eternos, resistiendo la hemorragia
cerebral y el vuelo al fondo del agua
fría
con el cuerpo destrozado.

Caminando
de noche hacia su casa, regresaba por otro camino, siguiendo los
consejos de su abuelo:

-Acechan
estas bestias azules mi niña, toma precauciones, cambia tu rutina, deshace
los caminos, busca otras rutas, se lo tenemos que poner difícil-
recordaba andando despacio atravesando La Zarandilla, entre una
vegetación tan tupida que casi era imposible ver más allá de los
cinco metros.

En
la puerta la esperaba la abuela Pino sonriente, la abrazaba y las dos
lloraban cada instante de ausencia:

-El
pozo está solitario abuelita, allí sigue
,
algún día lo sacaremos y brillarán de nuevo tus ojos.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Un grupo de arqueólogos y técnicos a 33 metros de profundidad en el fondo del Pozo de Tenoya 2017 / EFE
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