25 septiembre 2020

Silencio de siglos

Estaban muy rabiosos porqué desde Capitanía General
ordenaron que pararan unas semanas los asesinatos en la Sima de Jinámar, ya que
era vox populi en la isla de Gran Canaria, lo sabía todo el mundo, que cada
madrugada arrojaban al agujero volcánico a cientos de hombres. Eufemiano le
propuso al Conde de la Vega que había que tirarlos al mar, cambiar la
metodología del crimen de estado, usando también pozos de cada rincón del
laberinto isleño. Se hacía necesario, dijo el empresario tabaquero, quitar de
en medio a toda aquella escoria de rojos y masones en el menor tiempo posible.

De forma inmediata las “Brigadas del amanecer”,
integradas por jóvenes muchachos de la oligarquía isleña, personajes de sangre
noble, hijos de terratenientes, caciques y militares, comenzaron a desviar a
las víctimas hacia las barcas que partían de madrugada desde el Puerto en ruta
hacia alta mar. No iban lejos, a pocos kilómetros de la costa, donde los tiraban
atados de pies y a manos.

Por unos días no había movimientos nocturnos por la
Sima, sus vecinos solo escuchaban los lamentos, los gritos de sufrimiento de
quienes se habían quedado malheridos, colgados en las repisas del abismo de
lava seca. Solo algún familiar de las personas asesinadas rondaba como fantasma
del alba, en silencio, con cuidado de no ser identificado por los falangistas,
por los guardias civiles que controlaban su acceso.

A la semana del cierre provisional se reunieron en
la casa de campo del cura de Telde en Lomo Magullo, allí estaban todos, desde
Eufemiano, los hijos del Conde, los millonarios ingleses, el capitán Soria, el
hijo de la Marquesa, dos hermanos de los Betancores, un sobrino de los
Melianes, el párroco de San Juan tenía preparado el sancocho, varias cajas de
botellas de ron, vino de El Monte y cerveza, fueron llegando coches negros muy
lujosos, camionetas de Falange y el ejército, en menos de media hora no cabía
la gente, mientras los vecinos miraban asombrados, nadie se atrevía a salir a
la calle, sabían que eran asesinos, que estaban matando en esos meses a miles
de hombres justos, por el único delito de pensar diferente, sindicalistas,
miembros del Frente Popular, gente buena, gente sana, que no había hecho nunca
daño a nadie. Los vecinos, las vecinas del pago miraban desde las ventanas y
puertas entornadas con asombro.

Se escuchaban muchas voces, el discurso de
Eufemiano, los vivas a Franco, a la Falange, la bendición del sacerdote, su voz
ronca de fumador empedernido hablando de “la infinita misericordia de nuestro
señor Jesucristo que nos da fuerza en esta Santa Cruzada”. El jubilo
generalizado, los brindis y las borracheras entre risas, carcajadas ante las
bromas generalizadas, una inmensa felicidad vestida de azul y negro, entre
galones, boinas, correajes y pistolas al cinto.

Cuando ya la cosa estaba ardiendo y todo olía a ron
y vino, a pescado salado, a mojo verde y carne asada, alguien tocó la campana
de la puerta, una mujer vestida de negro, más mayor para los años que
tenía,
  todos miraron, era la madre de
Julio Rosas, el joven cartero de Tirajana, desaparecido hacía dos semanas. La
mujer se plantó en la entrada muy seria. –¿Da su permiso mi amo? Solo es un momento, -le
dijo con los ojos llorosos a uno de los hijos del conde- El joven hizo un gesto
de asentimiento con la cabeza. La mujer entró despacio, era pequeñita, apenas
metro y medio de altura, un pañuelo marrón-oscuro en su cabeza, repleta de arrugas,
llegó a la altura de la parrilla, varias risas de los fascistas, uno haciéndole
muecas por detrás sin ella darse cuenta, caras de burla y sonrisas. –¿Saben dónde
está mi hijos señores? Hace dos semanas que no sé nada, desde que ustedes se lo
llevaron de mi casa de madrugada, -dijo hablando con una voz perdida, rota,
triste, impregnada de lágrimas en casa silaba-

Un silencio como de siglos se hizo en la estancia,
hasta la parranda que tocaba el timple se detuvo por un momento, todos los
hombres miraban a aquella insignificante mujer, una madre, la madre de un
pueblo masacrado, vilipendiado, asesinado por un terror añejo, que venía de los
tiempos de la sanguinaria conquista de las islas.

La mujer no se iba, nadie contestaba, solo el
capitán Soria, el joven militar teldense se levantó de su silla y le puso un
brazo por encima a la señora –Márchese si no quiere tener problemas usted
también, -dijo con un tono conciliador- Mercedita Valido lo apartó con un grito
–No me toques asqueroso, tu eres uno de los que se lo llevó, yo quiero a mi
hijo ahora, díganme donde lo puedo encontrar, -hablaba y lloraba a la vez,
mientras el militar la agarró por el cuello y le dio una fuerte bofetada. La
pobre Mercedes cayó al suelo con el labio partido, se secó la sangre con la
manga, miró a los hombres y se levantó taciturna, tambaleándose atravesó la
puerta de la casa del cura, volvieron las risas, las ironías, ella se paró en
el portal, los miró de nuevo, no dijo nada, solo salió calle abajo, por la
empedrada vía que iba para el Barranco de Los Cernícalos. En la curva la
esperaba una de sus hijas, Alicia la abrazó, también vestía de negro, las dos
caminaron abrazadas hasta perderse sin hablar tras la valla de la finca de
tomateros, más arriba comenzaba la parranda de nuevo, los timplistas y
guitarristas reanudaron la fiesta, la música canaria, entre vivas a España y al
glorioso Movimiento Nacional.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Dibujo de Conde Corbal, carpeta O Fardel da guerra
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