24 septiembre 2020

Sor Amparo y la ternura

Sor
Amparo era la única que tenía algo de humanidad en la Casa del Niño
de Las Palmas, la monja de unos 55 años los protegía de las palizas
y las borracheras de los curas y falangistas, que venían de noche a
escoger a los chiquillos que iban a violar, estaba mal vista por el
clero canario y le habían puesto la etiqueta de “comunista”,
simplemente por no permitir los abusos sexuales, las palizas y la
venta de los chiquillos huérfanos de personas asesinadas en la isla
por los fascistas.

Aquel
infierno de adoctrinamiento en las ideas del Movimiento Nacional solo
tenía aquellos oasis de esperanza y ternura, los niños la veían y
se le abrazaban, buscaban su protección ante el maltrato, la tortura
física y psicológica, las brutales palizas con varas de acebuche o
la pinga de buey de Don José Martel el sádico cura del barrio de
San José, muy amigo de gran parte de la oligarquía insular,
responsable del genocidio canario, planificado meses antes del golpe
por Falange y la Iglesia, llevando a cabo miles de crímenes y
desapariciones de republicanos y anarquistas de cada rincón del
Archipiélago.

Los
coches de lujo llegaban los fines de semana y la madre superiora
junto al viejo cura de pistola al cinto tenía a los niños más
guapos preparados, normalmente las familias pudientes adoptantes
exigían que fueran rubios con los ojos azules o verdes a ser
posible, aunque si eran recién nacidos hijos de alguna republicana
asesinada y desaparecida no le hacían ascos.

Se
movía mucho dinero, la monja jefa y el sacerdote que siempre tenía
un inmenso tufo a alcohol por el abundante ron de caña que tomaba se
repartían las ganancias, se les veía contando el dinero en el patio
o en la oficina del siniestro recinto convertido en campo de
concentración infantil.

Venían
parejas de toda Canarias, sobre todo de Gran Canaria y Tenerife, pero
también de la península que llegaban en barco desde Cádiz y los
llevaban a la residencia del Paseo de San José en taxi o en un coche
oficial negro puesto por el Gobierno Militar, normalmente eran
personajes vinculados al régimen, jefes falangistas, mandos de la
guardia civil y el ejército, todos con las manos manchadas de sangre
de miles de crímenes de estado antes y después de la guerra civil.

Los
chiquillos lloraban cuando los colocaban en la fila expositora,
sabían que se los llevarían, separaban hermanos de hermanos, primos
de primos, en aquella especie de mercado de esclavos infantiles que
organizaba la Iglesia Católica y el régimen franquista.

Franco con el clero fascista

Aquellos señores recorrían la fila y no decían nada, solo tocaban el hombro
de los niños que iban eligiendo, hacían una primera selección y
los pasaban a una habitación más pequeña donde ya tomaban la
decisión, todo era llantos terribles, sobre todo de los hermanos que
sabían que jamás volverían a ver a lo que en aquellos momentos era
lo que más querían en el mundo.

Sor
Amparo andaba siempre angustiada esos domingos de venta de niños,
trataba de consolar, tomaba en sus brazos a los más chiquititos, los
abrazaba, no aguantaba tremenda injusticia de una Iglesia a la que
pertenecía desde que tomo los votos antes del golpe de estado en
aquel convento de clausura de Toledo.

Una
noche de julio de 1939 apareció muerta en su cama, nadie supo de que
había fallecido, no estaba enferma aparentemente, solo que esa noche
hubo fiesta de curas y falangistas con un grupo de niños, los más
mayores de los que abusaban de forma periódica, ella se presentó y
los insultó, les dijo que estaban humillando la palabra de Dios, que
eran bestias inmundas.

Al
día siguiente Amparo ya no estaba, se llevaron rápido su cadáver,
nadie supo donde la enterraron, se cree que en el cementerio de Vegueta,
no avisaron a sus familiares en el Bierzo, que se enteraron años más
tarde de la muerte de aquella buena mujer.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Niños huérfanos, sin padres sin hogar, lejos de casa, humillados
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