19 octubre 2021

Su odio es el delito

El odio siempre lo pusieron ellos desde aquel sábado 18 de julio del 36, cuando iniciaron un brutal genocidio sin precedentes sobre la clase trabajadora española, un odio irracional, añejo, ancestral, que huele a sahumerio, apestoso sudor húmedo de sotana, semen seco de confesionario, pelotazo “gürteliano”, recortes sociales contra las personas más débiles, un odio que siempre olió a sangre y a barro de fosa común y cuneta, el mismo odio que encarcela raperos, a cualquiera que manifieste su opinión en cualquier red social o medio de comunicación.
 
Su odio no admite la disensión o la crítica, las opiniones contrarias, por lo mismo asesinaron a más de 150.000 inocentes tras su criminal golpe de estado fascista, ese odio que pone obstáculos para que miles de familias recuperen los huesos de sus muertos enterrados en cada espacio para el exterminio.
 
El odio de reyezuelos e infantas caprichosas con sueldazos vergonzosos, cuñados reales delincuentes disfrutando de lo robado en Ginebra, ese odio atávico, compulsivo, ansioso, sangriento, mugriento, viene de cientos de años de tiranía, de explotación, de saqueos y robos a costa de un sufrido pueblo sin esperanza.
 
Encarcelar por las ideas es el mayor acto de fascismo que puede cometer un estado, pretende cercenar, amedrentar, anular la disidencia a golpe de vergonzosas sentencias esperpénticas, ridículas, surrealistas, que no se sustentan en ninguno de sus preceptos ante cualquier tribunal internacional de derechos humanos.
 
Su odio de clase está impregnado de miedo a la ira de un pueblo masacrado que imparta la verdadera justicia revolucionaria, saben bien que ese día llegará como siempre ha pasado en la historia, por eso amordazan las ideas utilizando a sus sicarios para acallar las verdaderas voces de la libertad y la democracia.