18 septiembre 2020

Sueño triste de Nitassinan

El joven Kutuasht vagaba por la autopista del
diablo, la nieve cubría el arcén y las oraciones no le habían servido para
nada, el Consejo de Ancianos hacía años que no se reunía , desde que la policía
canadiense entró en los sucios barracones, llevándose a los jóvenes guerreros
entre golpes y cadenas. Sheshatshiu suspiraba en la humilde escuelita, sabía
que era el único pueblo del planeta donde los niños se suicidaban de tristeza,
esnifando gasolina, consumiendo las nuevas “drogas milagrosas”, viendo a sus
padres alcoholizados, el maltrato, las palizas, la violencia desmedida en el
seno de sus humildes familias.

La vieja maestra sabía de dónde venía todo, cuando
en los años cincuenta la Iglesia Católica y el mal gobierno les obligaron a
dejar de ser nómadas y sedentarizarse, abandonar la caza de las nutrias, los
osos, los puercos espín, la recolección de bayas, la pesca, la persecución de las
manadas de caribúes, de las que obtenían todo (el alimento, las armas, las
ropas, las herramientas esenciales, el cálido refugio). Las inmensas ganas de
seguir viviendo en los
nutshimit (1), mientras el Gobierno entregaba sus tierras a las concesiones
mineras, la construcción masiva de carreteras, todo tipo de proyectos
hidroeléctricos.

Aquellos tiempos de los viajes épicos por los cauces
fluviales helados de Nitassinan
(2),
andando sobre raquetas o arrastrando los trineos, navegando en canoas cuando el
hielo se derretía entre aquellos parajes mágicos y vírgenes, habitando durante
milenios en el paraíso antes de llegar el hombre blanco y sus “conquistas”, los
genocidios, las oleadas de colonos destruyendo los bosques eternos de abetos y
coníferas, contaminando los lagos y ríos, extinguiendo a los animales en cazas
masivas, incendios y la creación de todo tipo de industrias perjudiciales con
la madre tierra.

Kutuasht regresó a la derruida choza junto al muro
de hormigón de la fábrica abandonada, la factoría todavía impregnada del penetrante
olor. Su hermano Atshitashuna se pinchaba la dosis diaria de heroína, ya no
tenía venas en los brazos y lo hacía en la pierna, junto al talón de Aquiles,
en la pared un cartel arrugado y viejo, la imagen de las manadas del norte
arribando al lago de la vida, ahora inundado de bolsas de plástico, residuos
fecales, mercurio, animales muertos flotando entre los árboles secos.

Por un instante sintió los cantos de los antepasados,
un ritmo ancestral más allá del horizonte de papel, el olor penetrante del
pescado asado, el brillo de las hogueras en la llanura, cuando al llegar la
noche llamaban a los niños para que se sentaran a escuhar los cuentos diarios,
leyendas ancestrales de animales mitológicos, carros de fuego entre la aurora,
justo antes de la primera nevada, guerreros inmortales reuniendo estrellas más
allá del infinito.



(1) «El campo».
(2) Es la patria ancestral de los innu, pueblo indígena del oriente de Quebec y Labrador. Significa «nuestra tierra».

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

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