3 diciembre 2020

Tal vez la tiniebla

El viejo
Matías le llevaba todos los días la leche de cabra al muchacho del Granillar,  allí vivía con su abuela y su padre, siempre
resguardado del frío o del calor de aquel paraje perdido, rodeado de bosque de
acebuches entre Teror y San Lorenzo. La zona conocida como San José del Álamo
apenas estaba habitada, solo algunos pastores, casas dispersas, muy alejadas
entre las escarpadas montañas. Allí pasaba sus escasos años Javier Hernández,
desde el día en que nació, su madre enferma de tuberculosis, advirtió que no
era normal, que su mirada era difusa, como quien mira al vacío, al horizonte
del universo.

Desde que
murió Matilde Arocha, a los pocos días de dar a luz, el chiquillo fue cuidado
por su padre y su abuela, nunca fue al colegio, el cura de Valleseco que
visitaba el pago cada dos meses le recomendó que no lo llevara, que no servía
para nada, que lo mejor era que lo escondieran y lo ataran para que no se escapara
de la casa y cometiera alguna locura.

Pasaban los
días de finales de julio del 36 y aquella tarde llegó el grupo de falangistas,
encabezado por Esteban Corujo, jefe comarcal, venían buscando a varios
concejales comunistas vecinos de Tamaraceite, Pancho González y Manuel Rodríguez,
pensaban que podían estar escondidos en las cuevas del barranco de Mascuervo, en
cualquier rincón de aquel inmenso territorio propicio para tratar de escapar de
una muerte segura, de las brutales torturas de los esbirros sublevados contra
la legalidad constitucional.

Hicieron
una parada en la casa de Matías y le registraron su pequeña habitación, colocaron
al pobre viejo junto al alpendre sacando varios papeles del sindicato, el
hombre negaba que estuviera afiliado, insistía en que esos panfletos los habían
traído varios sindicalistas, que el no tenía nada que ver, justo en el momento
en que le dieron un culatazo en la cabeza, abriéndole una enorme herida. El
requeté gallego Perales le dio una patada en la cara, dejando al paisano con
convulsiones en el suelo, instantes antes de fallecer.

Corujo
ordenó que tiraran el cadáver por el acantilado envuelto en una manta,
prendiendo fuego a la humilde vivienda. Luego siguieron hacia la casa de donde
vivía Javier. Su padre, Facundo Hernández ,estaba fuera dando de comer a las
cabras, sin darse cuenta que los hombres armados se acercaban.El requeté Gutiérrez
lo agarró por la espalda y cuando se giró le dio un violento cabezazo que lo dejó
sin sentido y tirado en el suelo. –Esta es zona de rojos mi amo, -dijo el cabo
Florido de la Guardia Civil- mientras miraba al cacique Betancor, el joven hijo
del terrateniente, cojo de una pierna, que llegaba con otra partida de hombres
también en la búsqueda de los dos concejales evadidos.

Hernández
estaba inconsciente tras el brutal golpe mientras sacaban a su hijo Javier que
trataba de abrazarse a su padre entre patadas y puñetazos de los falangistas. –Es
el hijo bobo de este cabrón, como apesta el hijo de puta, se ha cagado encima,
-dijo Santiago Bravo, policía municipal de Guanarteme.

Javier
lloraba, no entendía nada, siempre había estado rodeado de cariño en su corta
vida, no superaba los dieciocho años, su padre en el suelo en un charco de
sangre, la nariz rota, los ojos en blanco, mientras la brigada de fascistas lo
golpeaban y humillaban quitándole la ropa, dejándolo desnudo en medio de las
burlas de los hombres de azul y del cacique Betancor que se entretenía fumando
un Virginio, riendo sentado en la piedra de la entrada de la humilde casita.

El
terrateniente dio la orden de ejecutar a su padre junto a su abuela María, el
falangista Juan Castejón les dio un tiro en la nuca, dejándolos fulminados en
el barro ensangrentado, mientras el resto de fascistas los metían en dos sacos
de plátanos introduciéndolos en la parte trasera del camión, para arrojarlos
esa misma noche por los acantilados de la Mar Fea.

El muchacho
fue internado en un centro religioso en Vegueta, junto al Hospital San Martín,
allí la monjas lo maltrataban de forma permanente, rodeado de hombres con gravísimos
problemas mentales, cada tarde miraba por la ventana con la camisa de fuerza
hacia las montañas, su único recuerdo era su padre, su abuela, las bromas de
Matías, el olor de las flores en primavera, de la tierra mojada, del viento
limpio, lo que le hacía mantenerse en un lugar indefinible de su cerebro, un
espacio de paz infinita, solo interrumpido por las sesiones de electroshock,
las palizas, los insultos de las religiosas, que nunca consiguieron romper ese
cordón de sueños con los instantes de amor y cariño que recibía Javier de sus
seres queridos, lo que siempre lo mantuvo enredado en una nebulosa de esperanza
a pesar del dolor, de la soledad, de la tristeza, esa energía armoniosa y pura del
páramo que habitaba en su sangre para siempre.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

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