29 septiembre 2020

Traficantes de muerte

Gregorio
Rodríguez aceptó con mucho miedo la propuesta del fascista de Firgas apellidado
Guerra de fugarse aquella noche de octubre, cuando estaban a punto de lanzar al
pozo de Azuaje a siete republicanos, el faccioso sonriente le pidió que
corriera hacia la pista de tierra, “no tenemos nada contra ti por lo que puedes
marcharte entre más rápido mejor”.

El
joven militante de la Federación Obrera sabía que algo tramaba el hijo mayor de
la esposa del terrateniente, Doña Julia Rosales, de Arucas. El muchacho de 17
años se decidió a salir corriendo a toda velocidad entre los acebuches y los
tiles, pero Guerra tomó el máuser y muy sereno dijo “déjenmelo a mi, no disparen”,
se colocó la culata a un ritmo lento en el hombro, apuntó como quien iba a
dispararle al sol y apretó el gatillo, viendo como Gregorio caía echando un
chorro de sangre por su cabeza.

Los
falangistas prorrumpieron en aplausos, silbidos y gritos de euforia, Manuel
Guerra, cuya familia estaba vinculada al robo y tráfico, de niños hizo una
pequeña reverencia, parecía que había tocado una sinfonía con un violín de
fuego, el resto de hombres arrodillados y con las manos atadas a la espalda no
dijeron nada, algunos lloraban en silencio, sus lágrimas regaban la tierra
arcillosa del barranco sagrado.

-Esta
es la “Ley de Fugas” señores, hay quien gana, hay quien pierde- gritó a los
presos, mientras le quitaba el tapón a la botella de ron del charco.

El
grupo de veinte fascistas seguía aplaudiendo, entre ellos el jefe insular de
Falange Antonio Juan Cardona, también vecino de Arucas, el capitán José Miguel
Soria de Telde, Heraclio Bento de Tafira, Manuel Ascanio también de Telde, los
hijos del conde y la marquesa de la ciudad de la piedra de cantería, entre
otras bestias criminales, todas ansiosas de sangre obrera, una ínfima parte de
los ejecutores del mayor genocidio de la historia de Canarias.

Siguieron
bebiendo un buen rato hasta saciarse de alcohol, algunos comenzaron a vomitar
mientras se burlaban de los reos, dándoles alguna patada y orinándoles encima.

Guerra
casi cayéndose por la terrible borrachera dio la orden de lanzar al pozo a los
hombres, cuando él falange Amadeo Bravo de Laguna sacó la pistola para darles
los tiros en la nuca, ante la inmediata oposición del cacique Manuel Guerra.

-No
les dispares, los vamos a lanzar vivos a estos hijos de puta- dijo mientras se
echaba otro trago de ron entre las risas de la cuadrilla de asesinos.

Los
hombres atados comenzaron a moverse, a gritar, a rogar que los mataran antes, otros
a insultar a los criminales, pero Guerra fue rápido, los tomaron uno a uno por
las piernas y los hombros lanzándolos uno a uno de espaldas al negro abismo,
dejando un intervalo de tiempo de unos cinco minutos entre cada ejecución, con
la idea de que el resto vieran como iban cayendo y muriendo sus compañeros.

Cuando
no quedó nadie ya había falangistas en el suelo durmiendo la borrachera sobre
sus propios vómitos, el resto partieron hacia el camión a sacar más botellas de
las cajas de madera.

Manuel
Guerra salió en su coche negro hacia Tenoya donde también estaban arrojando
hombres a su pozo, de allí casi amaneciendo partieron en varios coches negros
destino a la casa de putas del barrio de Arenales, donde los recibió vestido
con un traje blanco impecable el jefe provincial de Falange Eufemiano Fuentes,
que según dijo venía de la Sima de Jinámar de lanzar a la profunda chimenea
volcánica a 56 vecinos de Telde, Aguimes y Valsequillo.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Desfile falangista en la calle Triana de Las Palmas en pleno genocidio (1937)
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