27 noviembre 2020

Un caballo para el abismo

El
que picaba la coca era el comisario Sánchez Barrientos, el alcalde y
los tres diputados miraban admirados el estilo casi artesanal del
viejo policía:

-Son
muchos años de incautaciones a pie de calle señores, desde aquellos
felices 70-80 cuando empezamos a meter la heroína en los barrios
obreros de Vascongadas, Cataluña, Galicia, Canarias…, allí donde
hubiera cualquier movimiento de jóvenes subversivos, en pocos meses
los convertimos en
zombis,
la consolidación de la Santa Cruzada- dijo el gallego sin dejar de
picar el polvo colombiano, la mirada profunda y un pin con la bandera
franquista en la solapa de la chaqueta.

El
encuentro en el chalecito de las afueras de Medina del Campo del
guardia retirado con sus antiguos colegas era para rememorar “los
buenos tiempos”, la esposa de Barrientos tenía preparado todo con
sus criadas, botellas de ginebra,
whisky,
ron reserva y abundante comida, sobre todo el asado de un jabalí de
más de setenta kilos cazado el día anterior.

Todos
eran mayores de sesenta, hacía unos cuantos años que no se veían,
desde aquellas reuniones interminables con narcotraficantes “amigos”
en la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol,
organizando la intoxicación de los movimientos sociales:

-Se
hace necesario reconocer el buen trabajo de este gran patriota, de
nuestro comisario por el bien de España y nuestro inmortal Caudillo
Francisco Franco Bahamonde- exclamó en una arenga interminable el
viejo alcalde con un jersey celeste atado al cuello, mientras se
tomaba otro
gin
tonic y la tercera raya.

Todos
prorrumpieron en aplausos y vítores hacia un Barrientos que en pie
hacía reverencias y levantaba el brazo haciendo el saludo nazi:

-Queridos
amigos, excelencias, me vienen a la mente los años destinado en la
comisaría de la Plaza de la Feria en Las Palmas, cuando llegaban los
faldos de “caballo” y comenzaba el reparto, no fue fácil llegar
a los camellos, les entregamos mucho dinero, flejes de billetes de
mil pesetas, empezamos por el barrio de El Risco de San Nicolás,
para seguir extendiendo la intoxicación colectiva por San José, San
Juan, San Roque, La Isleta, Guanarteme, Rehoyas, Polvorín, Schamann,
La Paterna, Tamaraceite, Jinámar…, tantos lugares donde en unos
meses teníamos la cosa controlada, en menos de dos años ya casi no
quedaban movimientos organizados, muchos de esos jóvenes solo
pensaban en buscarse la siguiente dosis recurriendo a lo que fuera:
robar, prostituirse, darnos chivatazos. Esta gran obra por el bien de
la patria hay que agradecérsela a todos los cuerpos de seguridad, a
tanta gente de bien, al heroico ejército que colaboró con los
narcos para facilitar la entrada de los barcos cargados de droga en
las islas, en cada rincón de este nuevo reino reconstruido y puesto
en funcionamiento por nuestro
Generalísimo
para la construcción de una nueva España- dijo tosiendo, casi
llorando, el viejo fascista, entre la algarabía de sus contertulios,
la borrachera colectiva y los efectos estimulantes del abundante
polvo estupefaciente con alto grado de pureza.

-Caballeros
por La Legión, por la Guardia Civil, por nuestro imperio sacrosanto,
por la infinita misericordia de nuestro señor Jesucristo, ¡Arriba
España! ¡Viva el Rey!- gritó uno de los diputados del partido del
gobierno español aquel crítico 2016, con todo tipo de escándalos
de corrupción política, de saqueo generalizado de las arcas
públicas.

El
viejo y laureado policía llevaba sus medallas al pecho, cruces con
camellos de las guerras de África, órdenes al honor y al merito, se
volvió a levantar y mandó callar al resto con un grito:

-El
sitio donde más problemas tuvimos fue en Vascongadas, allí estaban
muy organizados los hijos de puta y había una banda armada, tuvimos
que andar con pies de plomo e introducir a nuestros hombres en muchas
de las organizaciones, nunca les perdonamos que hubieran volado por
los aires a nuestro insigne general don Luis Carrero Blanco, por eso
no tuvimos tregua, hasta conseguir en parte nuestro objetivo, pero no
del todo porque no se dejaron anular, siempre quedaron algunos que
seguían jodiendo y movilizándose- finalizó el policía fascista,
pero ya aquello no parecía una reunión, más bien un grupo de
degenerados que pedían tomar los coches y marchar a la casa de putas
del hotel de Pitita Fuentes.

Las
criadas recogieron la mesa cuando ya no quedaba en la casa sino la
mujer de Barrientos encerrada en la habitación, no dormían juntos
hacía muchos años, vasos rotos, botellas vacías, carne asada
esparcida por los suelos, polvo blanco en la mesa, varios billetes de
cincuenta euros utilizados para esnifar.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Ilustración de Miguel Brieva (Revista Cáñamo) 
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