1 octubre 2020

Navegantes del exilio

Por la
costa de La Aldea muy cerca del barranco de Guguy avanzaba la barquilla atunera
de dos proas con los doce hombres y las cuatro mujeres, salieron del muelle de
Sardina del Norte la madrugada del lunes 11 de septiembre del 36, cuando se
vieron sin salida ante el brutal genocidio que comenzó dos meses antes, la
noche del golpe de estado fascista del sábado 18 de julio.

En la
oscuridad solo las estrellas se reflejaban en la mar, escucharon el chapoteo de
los delfines que viajaban a toda velocidad hacia el sur, varios cetáceos jóvenes
jugueteaban entre ellos dando saltos entre la embravecidas olas azules, María
Teresa Guzmán la maestra de Santa Lucía estaba acurrucada en un rincón de la
embarcación de madera, miraba al cielo, deseaba que jamás amaneciera para que
no les vieran desde tierra y los capturaran.

El objetivo
era llegar hasta Veneguera y desde allí seguir a toda vela hacia el continente
africano, a cualquier costa que no fuera España, donde con absoluta seguridad
los falanges y la guardia civil les asesinarían después de torturas y
violaciones brutales

Juana
Medina ayudaba en el pilotaje de la nave, como buena hija de pescadores de San
Cristóbal sabía de la mar y sus secretos, de las corrientes frías que venían
del Polo Norte y que ayudaban a nadar a las ballenas gigantes hasta las playas
del desierto del Sahara.

Iban viendo
las luces de Tasarte y Tazartico, debían guardar silencio, no decir nada
comunicarse con gestos, toda precaución era poca ante el peligro de ser
localizados, había barcas de pesca que surcaban la bravura de las aguas, cualquiera
podía dar el aviso, pero siguieron a toda velocidad con la velas latinas alzadas
hacia el horizonte cuando comenzaba a amanecer, a la izquierda ya se divisaba
Fuerteventura y al otro lado África que aparecía gigante entre la bruma y el
polvo en suspensión del siroco.

Las aletas
de los tiburones martillo aparecían lentas sobre el manto cristalino como en un
baile, daba la impresión de que los mágicos animales marinos conocían el
destino de aquel grupo de navegantes desesperados, una rorcual con su hija
avanzaba en la misma dirección, debían costear las infinitas playas saharauis
hasta Mauritania, algún territorio al margen de la influencia de los criminales
fascistas españoles.

Gregorio
Guerra, Ataúlfo Rodríguez y Daniel Estupiñán empezaron a cantar una folia, el
resto daba palmas, se podía hablar, se podía gritar, los rostros se alegraron, medias
sonrisas, respiraciones aliviadas, el recuerdo de los amigos y camaradas
asesinados, la libertad manchada de exilio y dolor. 

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Pintura «La caída del Ángel» (Marc Chagall)
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