27 septiembre 2020

Vientos de masacre

La Montañeta
de Tamaraceite se vio inundada en menos de media hora de cientos de falangistas,
uno en cada esquina armados con máusers y pistolas Astra 400 de 9 mm corto, las
ventanas y puertas de cada casa cerradas a cal y canto, mientras los fascistas
esperaban ordenes del lujoso coche negro que estaba aparcado delante de la Casa
Consistorial en la vieja Carretera General.
Junto a La
Cruz había ya doce hombres detenido, les amarraban las manos a la espalda con
la soga de pitera, las muñecas tan apretadas que se les cortaba la circulación
de la sangre, del coche se bajó un hombre vestido de negro, bigote fino y un
brazalete con el escudo de Falange, por la otra puerta el hijo del Conde y el
conocido empresario apellidado Fuentes.
El hombre
de negro terrateniente de Firgas de apellido Guerra encendió un habano con un
mechero de gasolina y se cruzó de brazos, formando un pequeño corro con los
otros dos fascistas:
-La clave
es barrer de arriba pa bajo casa por casa, en mi lista tengo como treinta rojos
de los que hay que matar sobre la marcha, las direcciones ya las tienen los
guardias Pernía, Santos y el Falange Paco Bravo- dijo con sorna el joven Borja
miembro de la nobleza isleña.
-Las
mujeres jóvenes hijas o nietas de los detenidos me las ponen aparte en el
camión del mayordomo de la marquesa- comentó el empresario tabaquero con una
media sonrisa.
Los tres
entraron en la sede municipal del ayuntamiento de San Lorenzo que estaba
repleta de hombres armados, bajaron al calabozo conocido como “El Cuartelillo”,
allí estaba en alcalde comunista Juan Santana Vega con una herida abierta en la
cabeza, junto a más de cuarenta hombres, todos hacinados en un espacio donde apenas
podían moverse asfixiados por el calor.
En el suelo
un señor mayor estaba desvanecido, aparentemente muerto, también varios niños
de no más de quince años que se aferraban a la reja pidiendo agua:
-A todos
estos hay “que darles café” por la vía rápida desde que venga el camión de
Verdugo, unos pa la Sima Jinámar, otros pa los pozos de Tenoya y Arucas y los
cabecillas al consejo de guerra en el cuartel de La Isleta- dijo entre risas el
cacique Guerra con su traje negro ajustado mientras daba una calada al cigarro
cubano.
De la zona
alta de Tamaraceite bajaban cientos de hombres y mujeres atados entre golpes,
patadas, puñetazos, latigazos con las varas de acebuche y las pingas de buey,
el espectáculo era dantesco, parecía una procesión de la muerte, dejaban un
reguero de sangre, mientras avanzaban y bajaban por la calle de la sede Falange,
hasta los cinco camiones que esperaban en las fincas agrícolas de Las Casas de
Abajo, cedidas por los Cabrera y los Naranjo para clasificar cada asesinato, colaborar
activamente con el genocidio.
El grupo de
reos llegaban destrozados a los vehículos de la muerte, los metían a patadas,
quien se atrevía a mirar a la cara de los falanges le golpeaban en la cabeza
con las culatas de los fusiles, tenían que ir con las cabezas gachas, mirando
al suelo, estaba prohibido girar la cara, mirar a los lados, hablar con los
compañeros, pronunciar palabra, incluso hasta gemir de dolor:
-Este
trabajo está hecho dijo el jefe de acción social de Falange con su impecable
traje negro, vamos un rato a la casa de Julita, allí hay buenas putas y bebida
gratis-
El
tabaquero dio instrucciones a los falangistas encargados del camión de las
mujeres:



-Directas
pa la hacienda de la Marquesa en Moya, yo me acerco esta noche con el grupo de
amigos, que estén limpias, encadenadas como perras y bien puestas que tenemos «fiesta»-

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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