27 septiembre 2020

Y aquel vuelo no era solo para pájaros

«(…) Ya en el fondo Ignacio era como uno más; nadie estaba extrañado y él parecía como si viviera de toda la vida en el mismísimo fondo de la Sima».

José Luis Morales

Los
colocaron en varios grupos en la pequeña explanada de la Sima tras
el largo trecho andando desde Caserones, el grupo de hombres no se
podía casi mover porque las cuerdas se le clavaban en las muñecas,
los falangistas hicieron un pasillo hasta la “Bajada de la muerte”,
una especie de tobogán natural en la piedra que daba al vacío de
casi cien metros:
-Primero
los de Agaete que son los más jóvenes- dijo Juan Del Río que junto
a Francisco Rubio y al hijo más viejo del Conde de la Vega, de
nombre Borja, que eran quienes dirigían la operación esa madrugada
de septiembre del 36.
Unos
jóvenes fornidos de toda la vida trabajando la tierra, con camisas
blancas, algunos con boinas negras, que se tambaleaban con los cuerpos magullados, tras una noche entera de torturas, desde que los
detuvieron en la Vecindad de Enfrente del Valle de San Pedro, en fila
de dos y rodeados por los fascistas los acercaban al abismo, los
alzaban en volandas y los lanzaban de espalda y sin mediar palabra,
en muchos casos sin darles el tiro en la nuca, por lo que caían
vivos hasta el fondo de la chimenea volcánica.
Se
escuchaban sus gritos de horror, los golpes violentos contras las
afiladas paredes volcánicas, algunos no decían nada y se
precipitaban en silencio hasta el fondo, se tardaba en llegar,
segundos que se hacían eternos para quienes estaban arriba, hasta
que se escuchaba un ruido seco, como cuando un saco de papas caía de
los camiones de los terratenientes agrícolas, los mismos vehículos
que ahora usaban para trasladar a quienes iban a ser asesinados y
desaparecidos.
Ignacio
Morales temblaba de miedo y ya no sentía sus brazos atados a la
espalda, iba viendo como tiraban a sus compañeros al agujero del
diablo, uno a uno iluminados con la antorchas que sostenían los
falanges más jóvenes.
No
dejaba de pensar en su madre que se había quedado sola cuando lo
sacaron hacía tres días de su humilde casa de Agüimes, la
enfermedad de su vieja le impedía caminar y estaba postrada en su
cama, el cáncer se la comía, no pudo hacer nada para que no se
llevaran a su chiquillo, ni siquiera don Antonio el cura de Ingenio
que vino a verla como hacía cada quince días puedo evitar la
detención:
-Mi
niño no ha hecho nada, no ve que no tiene más de quince años, el
solo iba a las reuniones de la Sociedad Obrera porque había
muchachas que le gustaban- le decía Angélica Hernández al
sacerdote que negaba con la cabeza y se persignaba.
Ignacio
esperaba resignado el momento de ser asesinado, había una brisa
helada que venía de las costas de Bocabarranco, no aguantaba el frío
y ni siquiera tenía fuerzas para intentar salir corriendo, lanzarse
por la ladera sobre la tabaibas gigantes, pero no podía, le dolía
la espalda, las piernas, el estómago, fueron demasiados golpes,
pensaba, mientra tiraban al último de los hombres y llegaba su
turno:
-Traigan
a esta maricona que tenemos que bajar ya a la casa de putas de
Candidita- dijo Del Río Ayala descorchando una botella de ron del
Charco, ante la mirada atónita del resto de falangistas.
-Es
casi un niño mi amo- exclamó el mayordomo del conde Eustasio López,
que tenía un tic nervioso que le hacía mover los hombros, abriendo
la boca compulsivamente en una mueca que daba miedo en aquella
oscuridad.
-¿Y
si le metemos una jalada y lo dejamos tirado por aquí?- gritó
borracho como una cuba el requeté de Telde Juan Curbelo, al ver que
iban a tirar a la Sima a un menor de edad.
El
jefe Francisco Rubio Guerra los mandó a callar y ordenó que lo
arrojaran al agujero:
-Aquí
no es cuestión de edades señores, este hijo de puta es un rojo y da
igual que tenga cinco o cincuenta años, la consigna de la Santa
Cruzada es acabar con toda esta escoria-
Ignacio
se mantenía erguido, no agachó la cabeza y los miraba a la cara,
sentía miedo, pero quería mantener la dignidad hasta el último
momento y habló con la voz rota:
-Así
matan los fascistas a un hombre indefenso, los que hablan de patria y
unidad de España no son más que unos asesinos cobardes- no había
terminado la frase cuando el guardia civil de Las Palmas Esteban
Junco le golpeó en la espalda con la culata del máuser.
El
muchacho cayó al suelo destrozándose la nariz contra el picón,
quedando unos instantes inconsciente, hasta que abrió los ojos y vio
como dos falangistas lo habían colocado de espaldas en el filo de la
Sima, no dijo nada, se mantuvo mirándolos hasta que lo tiraron con
un fuerte empujón.
Se
vio en el vacío, solo se dio un golpe con uno de los laterales que
lo desplazó del nuevo al centro hasta caer sobre los cuerpos de sus
compañeros.
Sintió
que no podía mover las piernas, un terrible dolor en el brazo
derecho, sintió que lo tenía fracturado, las cuerdas se habían
roto en la caída, sintió el calor de su camaradas destrozados, y
abundante sangre, se arrastró como una serpiente unos veinte metros
hasta llegar a uno de los extremos del abismo, miró hacia arriba y
vio la luz del amanecer que iluminaba el infierno, le pareció una
catedral inmensa, ya no tenía frío, olía como la lonja de la carne
por la mañana, cuando Juan “El Carnicero” hacía su trabajo
junto a la iglesia de San Sebastián.
También
vio muchos cráneos, huesos amontonados, también cadáveres en
estado de descomposición que habían arrojado hacía días, quizás
semanas o meses, también a varias mujeres con sus vestidos
destrozados, dos chicas morenas muy jóvenes, pudo reconocer a la
maestra de Agüimes Maribel Castro que estaba en un rincón en
posición fetal, pensó que también había sobrevivido a la caída
para luego morir desangrada.
De
sus piernas y cuello no paraba de manar la sangre hasta
que decidió dejarse ir, abandonarse a la tierna caricia de la
muerte.

Se
acostó boca arriba y se dio cuenta de que no se escuchaba nada,
arriba los fascistas se habían marchado, un silencio que no le daba
miedo, que lo relajaba sabiendo que ya era el final de la dulce vida,
se acordó de nuevo de su madre, dormido profundamente soñaba con
las flores de Guayadeque, con el agua que corría imparable por el
barranco de las momias ancestrales.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Portada del libro Sima Jinámar de José Luis Morales
Síguenos y comparte:
error11
Tweet 20
fb-share-icon20