17 de agosto de 2026

Terremoto en la isla

Campo de concentración del Lazareto de Gando en Gran Canaria (Cortesía de Fernando Caballero Guimerá)

«El fascismo se basa en un racismo de Estado: un racismo que no es solo ideológico, sino que se convierte en un instrumento del poder estatal para depurar y controlar a la sociedad».

Michel Foucault

Fueron dos semanas de agonía las que pasaron desde aquella noche en Valsendero hasta que Reyes Santana se amarró el pañuelo negro a la cabeza y le dijo a su nieta que no podían seguir esperando en la cocina. El rumor de que a los hombres del norte se los estaban llevando hacia el sur de la isla corría de boca en boca por los caminos reales, susurrado entre los árboles por miedo a que el viento soplara a favor de los de la camisa azul.

La caminata desde Valleseco hasta el campo de concentración de Gando no se midió en kilómetros, sino en el peso de un silencio que doblaba la espalda. Bajaron de la cumbre a la costa como dos espectros, devorando senderos con las alpargatas gastadas, dejando atrás la tierra húmeda de las medianías para adentrarse en un paisaje seco, azotado por un aire de playa que sabía a sal y a desgracia.

Cuando Gando apareció ante sus ojos, a María del Pino se le encogió el pecho. El antiguo lazareto sanitario se había convertido en un corral de alambre de espino que cercaba la miseria. A través de las alambradas, el paisaje era dantesco: miles de hombres se hacinaban bajo el sol implacable del este, con las ropas deshechas por la mugre, las miradas perdidas en el picón y la piel quemada por el viento. Algunos caminaban en círculos; otros permanecían tumbados en la tierra baldía, esperando un rancho escaso o la saca nocturna que nadie quería nombrar. Aquello no era una prisión; era un sumidero donde se despojaba a los hombres de su condición humana.

Reyes se plantó ante la garita principal con la dignidad de las mujeres viejas de la cumbre. Sus manos nudosas, acostumbradas a bregar con la tierra, se aferraban a las ropas de la nieta para infundirle un valor que a ella misma le faltaba. Un falangista que custodiaba el acceso, con un cigarrillo pegado al labio, las miró de arriba abajo antes de abrir un cuaderno de tapas negras donde se anotaba el destino de los vivos y de los desaparecidos.—Manuel Rodríguez Cabrera —pronunció Reyes, con una voz que no admitía quiebres a pesar del cansancio.

El hombre pasó varias hojas con desgana, deteniéndose a mitad de un listado emborronado con tinta. Cerró la libreta de golpe, provocando un chasquido seco que sonó como un disparo en mitad del llano.—Ese ya no está aquí. Fue liberado hace tres días.

María del Pino dio un paso al frente, con los ojos abiertos por el espanto. La mentira era burda, ensayada, repetida cientos de veces ante las madres y esposas que llegaban desesperadas desde todos los rincones de Gran Canaria.—A Valleseco no ha vuelto, señor. En Valsendero nadie lo ha visto —acertó a decir la muchacha con un nudo en la garganta.

El guardia sonrió de medio lado, acomodándose el cinto del fusil antes de soltar la respuesta oficial, esa burla cruel que se convirtió en el epitafio de toda una generación de isleños:—Ese no es nuestro problema. Se habrá ido pa’ Venezuela. Ya saben cómo son estos rojos cuando ven las orejas al lobo; no miran atrás.

Las dos mujeres no replicaron. Sabían de sobra que insistir en aquel desierto de alambres era peligroso, que una palabra de más podía dejarlas al otro lado de la cerca. Se retiraron despacio hacia una explanada baldía, a pocos metros del recinto, bajo el sol que rajaba las piedras. Allí se quedaron quietas, desoladas, asimilando con el peso de la certeza que la supuesta «liberación» no era más que el prólogo de la muerte. A Manuel lo habían asesinado.

Mientras iniciaban el regreso a pie, desandando el camino hacia las medianías, las piezas del mapa del horror que se comentaba en voz baja en las cocinas de la isla encajaron en sus mentes. Manuel jamás regresaría. Su cuerpo pertenecía ya a la geografía del exterminio: tal vez arrojado vivo al abismo oscuro de la Sima de Jinámar, esa chimenea volcánica que devoraba represaliados en el silencio de la noche, o quizá sepultado bajo una capa de cal viva en la fosa común del Cementerio de Vegueta.

La oscuridad de la noche comenzó a cerrar sobre los senderos de Gran Canaria, cubriéndolo todo con un manto de calima. Fue en ese instante exacto cuando el suelo bajo sus pies crujió. Un temblor sordo, profundo y violento sacudió las piedras del camino, haciendo que las paredes de los barrancos vibraran con un lamento de piedra de cumbre a costa.

Los periódicos y los registros oficiales dirían después que aquel octubre de 1937 la isla sufrió un fenómeno sísmico. Pero Reyes y María del Pino, que caminaban en la penumbra como dos fantasmas que retornaban a una casa vacía en Valsendero, supieron la verdad: no eran las profundidades de la tierra las que se movían; era la propia isla la que temblaba, incapaz de soportar el peso de tanta muerte silenciada en sus entrañas.

El luto no entró en la casa de Valsendero como entra la muerte natural, con un velatorio de café, rezos compartidos y vecinos que vienen a apretar las manos. Al revés: el luto en aquella casa se instaló como una sombra clandestina, un dolor que había que esconder detrás de los postigos para que nadie viera que se lloraba a un «paseado». En las medianías de Valleseco, llevar la pena por fuera en esos días del 37 era casi como declararse culpable.

Reyes Santana tiñó de negro sus pocas ropas en un caldero grande de hierro puesto al fuego del patio. Las sábanas viejas, las sayas y los pañuelos se volvieron de un color oscuro y espeso, como la noche en que se llevaron a su hijo. Pero ese luto de caldero y ceniza no se podía lucir con orgullo en la calle. Cuando la vieja salía a buscar agua a la acequia o a comprar un puñado de gofio, se ponía el pañuelo gris para no levantar sospechas entre los del brazalete. Solo al cruzar el umbral de su puerta, cuando pasaba el cerrojo de madera, Reyes se tapaba la cabeza con la tela negra y se sentaba junto al hogar apagado a mirar el suelo.

La casa se volvió un lugar donde apenas se hablaba. María del Pino aprendió a limpiar la loza y a barrer la tierra sin hacer ruido, como si temiera despertar un eco peligroso. En el pueblo, la gente les vació el saludo. Amigos de toda la vida cambiaban de acera al verlas venir por el camino real, no por maldad, sino por ese miedo pegajoso que te hace mirar a otra parte para que no te confundan con el bando de los desgraciados. El nombre de Manuel dejó de pronunciarse; se convirtió en un hueco, en un aire frío que cruzaba la estancia cada vez que soplaba el viento del norte.

No hubo entierro, ni cruz con su nombre en el camposanto de Valleseco, ni una tumba donde llevar un ramo de flores silvestres en el día de los finados. Para Reyes, el cementerio de su hijo era toda la isla: la Sima de Jinámar, la fosa común de Vegueta o cualquier rincón volcánico donde los burros y los cuervos guardaran el secreto. Cada noche, antes de echarse en el duro colchón de paja, la anciana ponía un vaso de agua limpia en la ventana y encendía una mariposa de aceite metida en una taza de loza. Era el único homenaje permitido, una luz diminuta que temblaba en la oscuridad de la cumbre, guiando el alma de un hombre que la tierra se había tragado y al que el pueblo se vio obligado a olvidar para poder seguir viviendo.

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