28 octubre 2021

La genuflexión de la primavera

Desfile falangista por la calle León y Castillo en Las Palmas GC (1937)

El teléfono negro de la Marquesa sonó como un trueno, Mariquita Marrero, la criada, levantó el auricular con el mismo miedo del primer día, no podía asumir que desde otra parte de la isla del dolor alguien pudiera hablar con su ama, era del Condado de la Vega Grande, parecía el mismo Conde, aquel grande de España, el que llamaba con voz ronca y alcohólica:
 
-Póngame con su excelencia inmediatamente- dijo con ese tono que solo podía salir de cuerdas vocales acostumbradas al abuso, a la explotación, a la humillación, a la genuflexión, a la persecución de los oprimidos.
 
La Marquesa bajó presurosa la escalera con un impecable vestido celeste floreado, un abanico de colores y una peineta oscura como la muerte, preparada para salir con Ricardo, el  chofer, en el coche Ford negro a la misa dominical en la vieja catedral de piedra de cantería:
 
-Niña quédate aquí, tengo cosas que ordenarte desde que acabe de hablar con mi primo-
 
La muchacha adivinó la conversación al ver el rostro de la dueña de las tierras norteñas que asentía sonriente:
 
-Si, si, querido, anoche se llevaron a sesenta a los pozos del Llano de Las Brujas, Tenoya y a la Sima de Jinámar, seguí tu consejo y la “Brigada” hizo bien su trabajo- farfulló con voz tenue y risueña.
 
Al otro lado se escuchaban carcajadas, como una especie de celebración que venía de las profundidades infernales de la tierra, mientras en la fuente una pareja de mirlos se bañaba, jugueteaban entre la espuma del agua fría de los nacientes de Azuaje:
 
-Ahora ya no tendremos problemas de huelgas ni revueltas obreras, este asqueroso populacho está desalado de miedo, han pagado muy cara la resistencia en el Ayuntamiento, cuando vino ese diputado comunista, el tal Eduardo Suárez junto al Delegado Egea, el farmacéutico de Agaete, ya los fusilaron en La Isleta por la gracia de nuestro señor Jesucristo- dijo la Marquesa sin dejar de abanicarse ante el bochorno de aquella mañana de marzo del 37.
 
María escuchaba sin aparentar escuchar, muy tiesa, erguida, temblorosa siempre, con las manos apoyadas a la altura de su pubis, la cabeza alta, tal como la habían enseñado desde que su pobre madre la entregó con doce años a la servidumbre de aquella podrida oligarquía colonial.
 
La Señora colgó el teléfono entre palabras de agradecimiento y un gutural ¡Arriba España!, no paraba de sonreír, afuera el terror inundaba las calles desde la plazoleta de los disparos a la eterna montaña:
 
-Niña ve al jardín y corta algunas rosas blancas y flores de mundo para decorar el salón para la comida después de la misa, vendrá el obispo, el general Dolla, mi amigo Barber y su señora, los jefes de Falange Eufemiano Fuentes, Francisco Rubio Guerra, Emiliano Bonny, Ezequiel Betancor, Juan del Río Ayala y Leopoldo Colohan con su hijo, comeremos un buen asado de carne cochino y pavo, no te olvides de avisar a Juanito para que saque de la bodega el mejor vino español reserva, tenemos mucho que celebrar este día-
 
La sirvienta se despidió con una reverencia, levantando levemente su vestido blanco y negro, corrió por el interminable pasillo hacia los inmensos jardines, no dejaba de pensar en su hermano Carlos, se lo habían llevado la noche anterior delante de sus hijos aquellos hombres que dijeron pertenecer a la policía secreta.
 
Unas nubes negras cubrieron aquella triste primavera, venían de la cumbre, atravesaron la montaña de Ossorio, el caserío de Teror, parecían invadir Arucas, como si fuera una plaga de siniestras cigarras azules.