28 noviembre 2020

La genuflexión de la primavera

El teléfono negro de la Marquesa sonó como un trueno, Mariquita
Marrero, la criada, levantó el auricular con el mismo miedo del primer día, no podía
asumir que desde otra parte de la isla del dolor alguien pudiera hablar con su
ama, era del Condado de la Vega Grande, parecía el mismo Conde, aquel grande de
España, el que llamaba con voz ronca y alcohólica:

-Póngame con su excelencia inmediatamente- dijo con ese
tono que solo podía salir de cuerdas vocales acostumbradas al abuso, a
la explotación, a la humillación, a la genuflexión, a la persecución de los oprimidos.

La Marquesa bajó presurosa la escalera con un impecable vestido celeste floreado, un abanico de
colores y una peineta oscura como la muerte, preparada para salir con Ricardo, el  chofer, en el coche Ford negro a la misa dominical en la vieja catedral de piedra de cantería:

-Niña quédate aquí, tengo cosas que ordenarte desde que
acabe de hablar con mi primo-

La muchacha adivinó la conversación al ver el rostro de
la dueña de las tierras norteñas que asentía sonriente:

-Si, si, querido, anoche se llevaron a sesenta a los
pozos del Llano de Las Brujas, Tenoya y a la Sima de Jinámar, seguí tu consejo y la “Brigada” hizo bien su
trabajo- farfulló con voz tenue y risueña.

Al otro lado se escuchaban carcajadas, como una especie
de celebración que venía de las profundidades infernales de la tierra, mientras en la
fuente una pareja de mirlos se bañaba, jugueteaban entre la espuma del agua
fría de los nacientes de Azuaje:

-Ahora ya no tendremos problemas de huelgas ni revueltas obreras, este asqueroso
populacho está desalado de miedo, han pagado muy cara la resistencia en el Ayuntamiento,
cuando vino ese diputado comunista, el tal Eduardo Suárez junto al Delegado Egea, el farmacéutico de Agaete, ya los fusilaron en La Isleta por la gracia de nuestro señor
Jesucristo- dijo la Marquesa sin dejar de abanicarse ante el bochorno de
aquella mañana de marzo del 37.

María escuchaba sin aparentar escuchar, muy tiesa, erguida,
temblorosa siempre, con las manos apoyadas a la altura de su pubis, la cabeza
alta, tal como la habían enseñado desde que su pobre madre la entregó con doce
años a la servidumbre de aquella podrida oligarquía colonial.

La Señora colgó el teléfono entre palabras de agradecimiento y un gutural ¡Arriba España!,
no paraba de sonreír, afuera el terror inúndaba las calles desde la plazoleta
de los disparos a la eterna montaña:

-Niña ve al jardín y corta algunas rosas blancas y flores de mundo para decorar el salón para la comida después de la misa, vendrá el
obispo, el general Dolla, mi amigo Barber y su señora, los jefes de Falange Eufemiano
Fuentes, Francisco Rubio Guerra, Emiliano Bonny, Ezequiel Betancor, Juan del Río Ayala y Leopoldo Colohan con su hijo, comeremos un buen asado de
carne cochino y pavo, no te olvides de avisar a Juanito para que saque de la bodega el mejor
vino español reserva, tenemos mucho que celebrar este día-

La sirvienta se despidió con una reverencia, levantando
levemente su vestido blanco y negro, corrió por el interminable pasillo hacia los
inmensos jardines, no dejaba de pensar en su hermano Carlos, se lo habían
llevado la noche anterior delante de sus hijos aquellos hombres que
dijeron pertenecer a la policía secreta.

Unas nubes negras cubrieron aquella triste primavera, venían de la
cumbre, atravesaron la montaña de Ossorio, el caserío de Teror, parecían invadir Arucas, como si fuera una plaga de siniestras cigarras azules.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Desfile falangista por la calle León y Castillo en Las Palmas GC (1937)
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