«La traumatización extrema causa un daño psíquico transgeneracional a través de la intersubjetividad alterada, la negación social y el duelo congelado. Las segundas y terceras generaciones heredan el trauma no expresado.»
Elizabeth Lira Kornfeld
Llevo más de treinta años escuchando el silencio impuesto en las Islas Canarias. Tres décadas de militancia activa en la memoria histórica, de sentarme frente a cientos de personas para recoger los pedazos rotos de sus vidas. He mirado a los ojos a víctimas directas e indirectas del horror fascista; he escuchado relatos de cámaras de tortura, de persecuciones agónicas y de brigadas del amanecer, de pelotones de fusilamiento que truncaron el destino de miles de familias durante la dictadura franquista. Pero con los años, descubrí que mi trabajo voluntario no solo consistía en registrar la historia escrita con sangre, sino en descifrar un enigma que habitaba en mi propio cerebro, en mi cuerpo y en el de quienes me rodeaban.
Siempre supe que algo extraño sucedía. Al cruzar los testimonios, empecé a notar un patrón que se repetía con una insistencia macabra. No eran solo los recuerdos; eran los diagnósticos. La ansiedad, tristezas indefinibles, la depresión profunda, la fibromialgia, el síndrome de fatiga crónica y diversas afecciones que desconozco si por casualidad se manifestaban una y otra vez en las casas que visitaba. Y lo más inquietante: yo mismo he padecido algunas de esas patologías toda mi vida como nieto de asesinados.
Fue entonces cuando comprendí que el dolor inmenso se hereda. Pasa de padres a hijos como una herencia de lágrimas y suspiros que no se disuelve con el tiempo. La violencia política de Estado no termina cuando cesan los disparos o cuando se cierran los calabozos. Lo que presenciamos hoy es un síndrome de transmisión generacional que recoge perfectamente la profesora universitaria Clara Valverde en su obra maestra “Desenterrando las palabras”, una onda expansiva que viaja en el tiempo y golpea con fuerza a la segunda, la tercera o a la cuarta generación. Son las nietas, las bisnietas y las sobrinas nietas quienes cargan en la actualidad, sin saberlo, con el peso de un castigo que no les correspondía.
Hoy la ciencia empieza a ponerle nombres técnicos a lo que algunos investigadores de la memoria que quizá por sensibilidad y empatía hemos vivido de forma empírica en los rincones infinitos de nuestras islas. Hablan de epigenética y de trauma transgeneracional para explicar cómo el terror extremo altera la mente, la biología de un ser humano y cómo esa huella se transmite a su descendencia. Pero más allá de los términos médicos, lo que vivimos es una auténtica pandemia de dolor ilimitado, un sufrimiento somatizado en lo más profundo de la conciencia y, si se me permite, del alma.
Escribo esto desde mi experiencia más íntima, no como un observador lejano, sino como alguien que comparte el mismo mapa del dolor que estudia. Romper el pacto del silencio y poner palabras a este malestar, que no es solo un acto de justicia histórica; es una necesidad urgente de salud pública y humana, que tristemente jamás han asumido los sucesivos gobiernos del Estado, para que las próximas generaciones puedan, por fin, respirar en paz.
Algo extraño y sistemático estaba ocurriendo. No era una anécdota estadística que compartiéramos los mismos cuerpos y corazones rotos. Entendí entonces que la violencia política no es un evento con fecha de caducidad; es una enfermedad heredada. El terror inoculado por el régimen franquista fue de tal magnitud que perforó la psicología de quienes lo sufrieron y mutó en una herencia de lágrimas y suspiros. Ese dolor inmenso, al no encontrar justicia, canales de reparación ni palabras para ser nombrado debido al manto del silencio, buscó otra vía de salida: se inscribió en los tejidos, en la química de nuestras células, somatizándose en lo más profundo.
Cuando me siento sin fuerzas, triste, desmoralizado, cansado y el cuerpo me duele sin razón aparente, sé que no es solo mi fatiga; es el cansancio acumulado de generaciones a las que se les prohibió llorar a sus muertos. Cuando las nietas, bisnietas o sobrinas nietas de aquellos hombres y mujeres me confiesan sus crisis de angustia, veo la onda expansiva de una pandemia invisible que sigue cobrándose víctimas en pleno siglo XXI.
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