23 octubre 2021

Llévame a misa bajo tu manto

Cartel del documental 'Els internats de la por', dirigido por los periodistas Montse Armengou y Ricard Belis.

«Allí era raro el que escapaba de los abusos de los curas, tenías que ser muy feo para que no te tocaran, se metían hasta en nuestras camas y nadie nos protegía, las monjas callaban, todos callaban, cada noche fue un infierno».

Santiago Romero Febles

«(…) A los más pequeños nos llevaban a un centro de la Iglesia en Vegueta, cerca de la Plaza de Santo Domingo, allí estuve con más hijos de asesinados por los falangistas, creo que tenía unos siete años y cuando me trajeron en un coche desde Agüimes venían dos niños más, algo más pequeños que yo y que eran de Tunte. Los tres íbamos en silencio detrás, yo por la ventana veía llover por la carretera de La Laja, las gotas de lluvia parecían lágrimas que caían mientras al fondo se veían las olas romper contra los riscos de La Marfea, por allí me enteré años después que habían tirado a mi padre dentro de un saco, amarrado de pies y manos, hasta desaparecer en el abismo marino, por allí tiraron a cientos de hombres y mujeres tan solo por pensar diferente. El hospicio tenía un patio canario interior con árboles, dragos, palmeras y recuerdo que había jaulas con pájaros canarios dentro que nos miraban asombrados, como si supieran de nuestro desamparo, algo así como una cría de ave perdida en una carretera sin el respaldo de su madre. Así me sentía yo en aquel lugar previo a la Casa del Niño hasta que cumpliéramos los nueve años, los primeros días yo no paraba de llorar, la disciplina era muy dura con aquellas monjas, nos pegaban por todo, tan solo por hablar entre nosotros nos daban en la cabeza con una regla de madera, nos ponían de rodillas en el pasillo con libros en los brazos durante horas, si pasaba alguna y nos veía descansar nos echaban ortigas en la boca. Pero lo peor de aquel infierno era don Segundo, uno de los curas de la Parroquia de Santo Domingo cuando venía a darnos clases de catequesis, varias veces me encerró en una habitación pequeña que usaban las monjas para guardar las herramientas del jardín, allí me dijo la primera vez: -Lo que vamos a hacer no se lo puedes decir a nadie, porque si no todo olerá a azufre, se te aparecerá el diablo con rabo y cuernos, te pinchará con un tenedor muy grande y te llevará para siempre al averno- A mi me atemorizaba todo lo que tuviera que ver con el demonio, me lo creía a pie juntillas. Entonces me toqueteaba, me chupaba mis partes, me desnudaba y rozaba su pene con mi culo. Eso me lo hizo varias veces, nunca se lo había contado a nadie, también lo hacía con algunos de mis compañeros, incluso con algunos más pequeñitos, de cinco o seis años, todos niños tristes que habían visto como asesinaban a sus padres. Lo mas grave era que todas las monjas sabían lo que pasaba con el cura, lo llamaban entre bromas: «las cosas de don Segundo», se reían entre ellas, se lo tomaban a broma, como si fuera un vicio gracioso que tenía aquel sacerdote…»

Testimonio de Matías Rodríguez Trujillo, huérfano de padre asesinado por el franquismo en el Sureste de Gran Canaria, internado en el Hospicio de Santo Domingo y la Casa del Niño entre los años 1936-1948.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera, en la Playa de Arinaga, el 17 de noviembre de 1995.