21 de agosto de 2026

El cocido del cigoto

EFE/ Kiko Huesca

«Nadie es lo suficientemente rico para comprar su pasado, ni nadie tiene derecho a decidir sobre el cuerpo de otra persona».

Simone de Beauvoir

La imaginación burocrática de la Comunidad de Madrid ha alcanzado el nivel de comedia del absurdo. Con la nueva ley del concebido no nacido aprobada en la Asamblea, un puñado de células en el primer mes de gestación ya puntúa oficialmente como un ciudadano con derecho a rascar becas de comedor o ayudas al alquiler joven. Es alucinante ver que algo que no tiene DNI ni pulmones ya cuenta con carné de la patria madrileña, inaugurando la categoría de «familia asimilada» a partir de la semana catorce. El propio Ejecutivo regional ha calculado el chistoso coste de esta ocurrencia en 36,2 millones de euros de dinero público, una millonada destinada a financiar rebajas fiscales y ventajas de familia numerosa a entes en formación. Todo esto pasa en un limbo administrativo mientras la izquierda se desgañita pidiendo climatizar colegios para los niños que sí respiran y pasan un calor infernal en las aulas, o mientras se recortan las partidas para terapias de menores en acogida que ya sufren en el mundo real. Es un malabarismo ideológico de manual diseñado para presionar a las familias de clase trabajadora, pretendiendo que unos euros virtuales sustituyan al derecho legítimo, libre y gratuito a decidir sobre el propio cuerpo.

Lo verdaderamente sangrante es la asombrosa elasticidad ética de la derecha más identitaria y sus aliados de siempre. Se les quiebra la voz defendiendo la inviolabilidad de un embrión microscópico, pero su memoria histórica y su sensibilidad geopolítica sufren una amnesia crónica en cuanto las vidas tienen nombres, apellidos y fecha de nacimiento. Esta doble vara de medir se vuelve grotesca al mirar la geografía del horror que ignoran o justifican sin despeinarse. En Gaza asisten con total frialdad al bombardeo sistemático de barrios enteros, donde miles de niños ya nacidos son borrados del mapa bajo toneladas de escombros mientras la comunidad internacional maquilla la carnicería. En el Cono Sur americano, los herederos de esta corriente siguen minimizando los crímenes de la Operación Cóndor, aquella red de terror estatal que secuestró a mujeres embarazadas en las dictaduras de Argentina o Chile, esperó pacientemente a que parieran en cautiverio y luego hizo desaparecer a las madres mientras repartía a los bebés como botín de guerra entre militares. Y sin ir más lejos, en nuestra propia casa se les ve el plumero con su indisimulable complicidad con el franquismo, evidenciada en un boicot sistemático para bloquear las leyes de memoria democrática, lo que condena al olvido la exhumación de más de 120.000 demócratas que siguen abandonados en fosas comunes. Un desprecio por los derechos humanos que camina de la mano de su total compadreo con la ultraderecha institucional y con grupúsculos de corte abiertamente nazi, a los que blanquean socialmente mientras persiguen con saña los derechos civiles más básicos.

Esa es la gran paradoja del eterno manual falangista e imperialista: una devoción mística por el embrión de pocas semanas y un desprecio absoluto por la vida humana una vez que esta sale del paritorio y empieza a tener opiniones políticas, a sufrir bombardeos o a exigir derechos laborales. Les encanta meter el rosario en los ovarios ajenos para tutelar a las mujeres, pero les horroriza firmar tratados internacionales que detengan las masacres reales del presente o desenterrar a los asesinados del pasado. Todo se cocina en los despachos de la Real Casa de Correos, el antiguo centro de tortura, donde el Partido Popular mercadea descaradamente con la ultraderecha para blindar su sillón a costa de subastar la dignidad de las mujeres. Han convertido los presupuestos públicos en una tómbola reaccionaria, pagando sus facturas políticas con el dinero que debería ir a la sanidad o a la educación de los niños que sí existen. La próxima vez que vayan a pedir una ayuda social o a cenar a un restaurante en la capital, no se olviden de dejar una silla vacía, pedir cubiertos en miniatura y solicitar el menú infantil para el cigoto. En el Madrid del compadreo ultra, el no nacido ya cotiza en la foto oficial de un Gobierno rehén de sus propios complejos y supersticiones de la Edad Media.

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