17 de agosto de 2026

Cómplices del Holocausto

«Me sentí como un nazi en Gaza. Se veía exactamente como si nosotros fuéramos los nazis y ellos fueran los judíos».

Testimonio anónimo de un soldado de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI)

Las últimas declaraciones de Itamar Ben Gvir, ministro de Seguridad Nacional de Israel, ya no sorprenden a nadie, y eso es precisamente lo más peligroso. Pedir abiertamente en un podcast el asesinato de «30 o 40 personas cada noche» en Gaza no es una simple provocación política en este genocidio planificado por el sionismo.

Lo más retorcido es el escenario que eligió. Ben Gvir soltó estas frases ante Rom Braslavski, un joven que sufrió en carne propia el secuestro de Hamás. Usar el dolor real de un exrehén para soltar un discurso de odio y decir que los palestinos «ni siquiera son personas» es caer muy bajo. Es utilizar a las víctimas como una excusa para justificar una limpieza étnica.

Muchos analistas restan importancia a sus palabras recordando que Ben Gvir no controla el ejército, sino solo la policía y las cárceles. Dicen que no tiene poder real para ordenar esos asesinatos. Pero se equivocan. Su verdadero poder no es militar, es ideológico. Su función en el Gobierno es decir barbaridades para que, cuando el ejército bombardee un barrio entero, la opinión pública lo vea como algo «moderado» en comparación con lo que él propone.

El fondo de este problema no es solo un ministro extremista, sino el sistema que lo mantiene en su puesto. Benjamín Netanyahu sabe perfectamente con quién está pactando. Mantiene a Ben Gvir en el poder por pura matemática: si el ministro se va, el Gobierno se cae. Así de simple y así de cínico. Puro fascismo.

Mientras la comunidad internacional sigue mirando para otro lado y redactando comunicados tibios, estas palabras se van quedando en la mente de la gente. El verdadero peligro de escuchar estas cosas a diario es que nos terminemos acostumbrando. Cuando pedir decenas de ejecuciones por noche se vuelve un titular normal de periódico, lo que se destruye no es solo la posibilidad de paz, sino nuestra propia capacidad de sentir empatía por los demás.

Este silencio no sería posible sin el paraguas diplomático y el flujo constante de armas que Estados Unidos y la Unión Europea siguen garantizando al Estado terrorista de Israel. Al mirar hacia otro lado o emitir tibias condenas que jamás se traducen en sanciones reales, Occidente se convierte en cómplice directo de la masacre. Esta política de deshumanización sistemática, donde se etiqueta a todo un pueblo como «no personas» para justificar su exterminio ante la indiferencia del mundo, evoca inevitablemente los capítulos más oscuros del Holocausto nazi. La historia vuelve a demostrar de forma macabra que para que un genocidio ocurra, no solo se necesitan ejecutores ruidosos como Ben Gvir, sino también una comunidad internacional que

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