«La extrema derecha ha creado un espejo de la realidad. No les importa si sus teorías son falsas; lo que importa es que ofrecen una narrativa totalizante que hace que la gente se sienta parte de una guerra cultural y oculta las verdaderas razones de su sufrimiento económico.»
Naomi Klein
La política madrileña ha vuelto a cruzar una línea que no por habitual deja de ser intolerable. El reciente y miserable tuit de las Nuevas Generaciones del PP, mofándose de la brutal tromba de agua que inundó las tiendas de campaña en la Puerta del Sol con un despectivo «por primera vez en días se duchan», no es un chascarrillo de mal gusto. Es una radiografía exacta de cómo opera la ultraderecha más reaccionaria y franquista cuando se enfrenta a la disidencia: destilan un odio clasista y feroz contra cualquiera que salga a la calle a defender derechos fundamentales y constitucionales que les estorban a sus pelotazos. En este caso, algo tan sagrado como el derecho a la vivienda.
La verdadera asquerosidad no es el barro de la tormenta ni el cansancio de los miles de jóvenes y familias que sostienen un campamento con más de mil tiendas en pleno kilómetro cero. Asquerosidad extrema es, por ejemplo, que el líder nacional del PP, Alberto Núñez Feijóo, se fuera de vacaciones en un yate con un narcotraficante. O el aspecto manifiestamente descuidado del todopoderoso jefe de gabinete de Isabel Díaz Ayuso, cuyo talante evoca los peores excesos del vicio y la soberbia institucional. Ahí es donde la estética sí refleja una profunda y real decadencia ética.
El cinismo de este partido con una trayectoria de corrupción gigantesca viene de largo y cuenta con un historial documentado de expolio. Quienes hoy pretenden dar lecciones de higiene desde perfiles oficiales son los herederos políticos de figuras como José María Aznar y su esposa, Ana Botella. Fue bajo el mandato de esta última, concretamente en 2013, cuando el Ayuntamiento de Madrid abrió de par en par las puertas de la capital a los fondos buitre como Blackstone, vendiéndoles de un plumazo 1.860 viviendas protegidas de la EMVS por un precio irrisorio y con las familias obreras enteras dentro. Desahuciaron proyectos de vida desde despachos enmoquetados para engordar la especulación internacional.
Por eso, mientras el movimiento por la vivienda se extiende con acampadas masivas en Valencia, Barcelona o Sevilla, y la indignación empuja al país hacia una huelga general el 11 de noviembre, no hay que equivocarse de enemigo. La suciedad no está en las lonas mojadas de los cientos de miles de manifestantes que exigen el fin de los desahucios y topes reales al alquiler. La verdadera inmundicia habita en las mansiones de esta gentuza que se lucra con los sobres, las comisiones y los beneficios de los fondos de inversión, mientras la mayoría social solo exige un techo digno donde vivir.
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