«Las encuestas electorales se han convertido en la astrología de la política moderna: una herramienta de distracción masiva diseñada para hacernos creer que el futuro ya está decidido por algoritmos, en lugar de por nuestras propias acciones.»
Susan George
Años de bombardeo mediático nos han dejado una lección clara: en la política contemporánea, las encuestas ya no se utilizan para medir la opinión pública, sino para construirla. Vivimos en una campaña permanente donde el ciudadano ha sido desplazado por todo tipo sondeos surrealistas, esos que cada semana profetizan mayorías absolutas aplastantes de la derecha y la ultraderecha, buscando instalar un clima de inevitable resignación.
Detrás de la aparente neutralidad de los gráficos de barras y los porcentajes se esconde una intencionalidad política evidente. Al saturar el debate público con proyecciones catastróficas para las fuerzas progresistas, se activa una doble estrategia de desmovilización. Por un lado, se pretende convencer al votante de izquierda de que cualquier esfuerzo es inútil, que la ola reaccionaria y fascista es irreversible. Por otro, se normalizan discursos extremos al presentarlos de forma sistemática como la opción mayoritaria y ganadora. La «cocina» de los sondeos se convierte así en un laboratorio de diseño ideológico.
Sin embargo, los laboratorios demoscópicos no cuentan con el factor humano ni con la dignidad que se organiza. El trágico asesinato de Maricarmen —la mujer de 87 años que fue expulsada en camilla de la casa en la que habitó durante siete décadas— ha quebrado por completo el guion de la inevitabilidad. Lo que el poder financiero pretendía despachar como un desahucio rutinario se ha transformado en un catalizador histórico. Su pérdida ha encendido una llama de indignación colectiva que recorre el país de punta a punta, convirtiendo el dolor en un clamor de justicia que exige responsabilidades.
La respuesta no se ha hecho esperar, y su vanguardia tiene rostro joven. Decenas de miles de jóvenes que veían su futuro hipotecado y su derecho a una vida digna secuestrado por la especulación han decidido tomar las riendas de la historia. Las masivas manifestaciones en ciudades como Madrid, Valencia, Sevilla, Palma o Barcelona, sumadas a las acampadas en plazas de todo el estado y la convocatoria hacia la huelga general, demuestran que las nuevas generaciones no van a tolerar que un bien de primera necesidad sea tratado como mercancía de las mafias de los fondos fondos buitre. Al exigir el cumplimiento estricto del derecho constitucional a la vivienda, la juventud está devolviendo el debate político al terreno de lo real y lo justo.
Frente a la estrategia del desánimo, esta movilización sin precedentes en las calles devuelve la esperanza y rompe las proyecciones más oscuras. Demuestra que el avance de las fuerzas reaccionarias y el auge del fascismo no son un destino manifiesto, sino una narrativa que colapsa cuando el pueblo despierta y defiende sus derechos fundamentales. La historia no se escribe en los despachos de las empresas demoscópicas ni en las tertulias televisivas que jalean sus datos, sino en la soberanía ciudadana organizada que, hoy más que nunca, planta cara para asegurar que los bárbaros nazis jamás gobiernen este país.
Ante este patético escenario, la conclusión debe ser rotunda: no podemos regalarles nuestra rendición antes de que empiece la partida, ni dejarnos hipnotizar por la profecía autocumplida de los sondeos. Las encuestas nunca han sido capaces de predecir la dignidad, ni de medir la fuerza contenida del voto oculto de millones de trabajadoras y trabajadores que, en silencio pero con memoria, aguardan el momento de la verdad. Hay una mayoría social que no responde a las llamadas de las encuestadoras, que no aparece en los gráficos de las grandes corporaciones mediáticas, pero que sí acude en masa a los colegios electorales cuando se trata de blindar su futuro. El verdadero contrapeso a la ofensiva reaccionaria reside en esa ciudadanía consciente de su propio poder: un torrente invisible de votos que, cuando se moviliza, es capaz de desarmar la «cocina» de la manipulación neofranquista y cambiarlo absolutamente todo.
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