Mis padres Lola y Diego en un fotograma del documental “La memoria interior, los fusilados de San Lorenzo”, del director Carlos Reyes Lima
«Quiero dormir un rato, un rato, un minuto, un siglo; pero que todos sepan que no he muerto.»
Federico García Lorca
Hoy, diez de octubre, se cumplen ocho años desde que te fuiste, papá, y mi vida sigue guardando el eco de tu presencia. No hay día en que no me habite tu recuerdo, pero hoy, a pocas semanas de excavar la fosa común de Vegueta, la memoria se manifiesta de una forma distinta, más honda, más nítida. Ojalá estuvieras en ese momento histórico.
Fuiste un hombre marcado de por vida por el horror de un tiempo oscuro. El franquismo derramó su odio más feroz sobre nuestra familia, arrancándonos al abuelo en un paredón de lava y cobrándose la vida de mi tío Braulio, tu hermano pequeño, a quien sacaron de la cuna en aquel maldito registro en Tamaraceite. Viviste con ese trauma cosido al alma hasta el final de tus días; una sombra que habría vuelto de piedra a cualquiera, pero que en ti no pudo hacer pedazos la ternura. Jamás perdiste el amor limpio por los tuyos.
Me acompaña siempre el recuerdo de aquella tarde en la clínica. Tu mente ya se deshilachaba por la demencia, perdida en laberintos que nadie más podía entender, cuando aparecieron tus compañeros de trabajo del Taller “El Águila”. Tu lenguaje ya se había mudado al silencio, pero tus ojos los reconocieron. Sonreíste con esa chispa que la vida no te pudo quitar y dijiste con el hilo de voz que te quedaba: «Soy Diego González, soldador… el hijo del comunista». En esa frase, que era tu escudo y tu bandera, te plantaste ante el mundo entero para decir quién eras.
Gracias, viejo, por haberme enseñado a descubrir la ternura en mitad de la tormenta. Tu dignidad es mi herencia.
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